lunes, 8 de julio de 2013

Insurrección en Guantánamo obliga a alimentar reclusos por sondas nasogástricas


El tour de Guantánamo para la prensa se creó en la década pasada. El País de Madrid ya lo ha hecho en tres ocasiones anteriores, y esta es la cuarta.

Aquí sigue textual la nota publicada en la edición de hoy del diario español, sobre la insurrección que se está produciendo en el centro de detención de terroristas de Guantánamo. 

“La identidad de quienes acceden al interior del Campo 5 y del Campo 6 —todos los números de campos anteriores son historia, y el Campo 7 es secreto— se preserva de forma escrupulosa. Los periodistas dejan sus credenciales en la garita de la entrada. Los soldados arrancan de su uniforme el velcro que les identifica por su apellido, y los guardas —policías militares— solo portan un número por toda identificación. En el teatro del absurdo en que se ha convertido el centro de detención de Guantánamo, los soldados que dan atención médica a los presos encerrados en la base naval estadounidense en territorio cubano se hacen llamar por nombres tomados de obras de Shakespeare. Así, la psiquiatra es Dionisia (tomado de la obra Pericles, príncipe de Tiro), que confiesa, ingenua, no saber muy bien las razones por las que los reos no reclaman sus servicios de sanidad mental.

Malvolio, Feste y Orsino (de Noche de reyes) forman parte del grupo de enfermeros de refuerzos que el Pentágono se vio obligado a enviar hace un mes para atender el creciente número de alimentaciones forzosas que se estaban llevando a cabo en la cárcel como consecuencia de la cada vez mayor cantidad de presos en huelga de hambre. Oficialmente son 104, sobre una población reclusa total de 166, según datos de la semana pasada, cuando este periódico fue autorizado a realizar una visita guiada de cinco días a la polémica prisión que EE UU abrió en 2002 en tierra extranjera para poder burlar un buen número de leyes, entre ellas la Convención de Ginebra, que garantiza derechos a los prisioneros de guerra.

Cuando pasan pocos minutos de las cuatro de la madrugada reina un silencio absoluto dentro del Campo 6. Se acerca la plegaria de las cinco, que, debido a la redacción de un guion esperpéntico, se permite escuchar a la prensa, como si el rezo de los prisioneros se tratase de un espectáculo de tortugas desovando o de la exhibición del último oso panda llegado a un zoo. De manera paralela, los guardas —la mayoría, entre los 19 y los 21 años, unos niños cuando se produjeron los ataques del 11-S y George W. Bush iniciase la guerra contra el terrorismo— preparan los desayunos, de los que más de un centenar acabarán en la basura.

“Nuestras órdenes son seguir las normas que se aplican en las prisiones federales de EE UU y alimentar a la fuerza a los seguidores de la huelga en peores condiciones”, asegura uno de los médicos al frente del centro sanitario, exclusivo para los reos (los militares de la base son tratados en un hospital distinto). “Hasta que no nos ordenen lo contrario, esa práctica no va a cambiar, no dejaremos que ningún detenido muera de hambre”, asegura este miembro de la Marina que salpica su discurso con la frase: “Yo cumplo órdenes”. “Aquí, todo se hace siguiendo la más absoluta legalidad”, explica, y refuerza su tesis con el siguiente argumento: “Mi madre me llama asustada por todo lo que lee sobre Guantánamo, y yo solo puedo tranquilizarla diciéndole una cosa: ‘Mamá, estoy orgulloso de lo que hago”, dice este hombre en la cincuentena.

Lo que este comandante de la Marina hace, al menos dos veces cada día y con ayuda de otro militar, es atar a una silla —específicamente diseñada para esta labor— al preso que debe ser alimentado, y que llega allí por su pie o a la fuerza. Una vez atado se le coloca una máscara sobre la cara que impide que mueva la boca, así como que pueda morder o escupir. Hasta aquí el primer paso.
El segundo comienza con la aplicación en las fosas nasales de un lubricante quirúrgico —“también vale aceite de oliva”, apunta el comandante mostrando un bote de plástico relleno de un líquido viscoso de color verde— antes de introducir un tubo por la cavidad nasal. Según los abogados de los detenidos, en este punto sus clientes se quejan de sufrir un dolor intenso y no poder dejar de lacrimar, ya que en esa zona existen muchas terminaciones nerviosas.

El enfermero de turno relata en menos de ocho segundos lo que sucede a continuación, pero para los presos, aseguran sus letrados, se trata de una agonía que parece no acabar nunca. El tercer paso se inicia con el descenso del tubo quirúrgico por la garganta hasta el estómago, que hace que se haga difícil la respiración y se produzca la sensación que algunos describen como ahogamiento.

El cuarto paso comienza por sujetar el tubo a la nariz con un esparadrapo, para evitar que el preso lo muerda y, una vez asegurado, se inicia la tarea de volcar a través del mismo 750 mililitros de una sustancia rica en nutrientes. En este punto se puede incorporar al suplemento alimenticio una medicina conocida como Reglan —que tiene como efectos secundarios en el largo plazo síntomas parecidos a los que provoca el párkinson— para mitigar la sensación de náuseas o hinchazón en el preso.

 “Todo el procedimiento dura 20 minutos”, asegura el uniformado que con frialdad quirúrgica ha explicado el desagradable proceso.Puedo garantizar que no es doloroso, yo me lo he hecho a mí mismo”, explica este sargento segundo que, como todos los demás, practica el anonimato y se le conoce solo por la denominación MED-OIC (sanitario; oficial al cargo).

Sobre Guantánamo solo se sabe una parte de la historia, la que las autoridades militares quieren contar y que, en un acto de circense transparencia, publicitan con las visitas al penal, indeleble mancha en el historial de derechos humanos de Estados Unidos. La prensa no tiene acceso a los presos, 86 de los cuales han obtenido el visto bueno para poder abandonar la isla y ser transferidos a terceros países y, sin embargo, ven los días pasar sin que nada suceda. Algunos llevan 10 años encerrados sin cargos. De los 166 que quedan —a mediados de la década pasada llegó a haber cerca de 600—, 151 están calificados bajo la etiqueta “bajo valor”. Solo seis enfrentan estos días las audiencias previas a los juicios que están por llegar: el responsable del ataque con bomba contra el portaaviones USS Cole en 2000 en un puerto de Yemen, Abd al Rahim al Nashiri, y los cinco supuestos responsables de los ataques terroristas del 11 de septiembre.

La versión oficial sobre la huelga de hambre, según narra el director de asuntos públicos del Pentágono en la base, el capitán Robert Durand, es que 104 ejercen la huelga de hambre de forma activa. Pero, a partir de ahí, cualquier número vale. Según uno de los médicos entrevistados, “hay presos que llevan seis años en huelga de hambre”. Ante la mirada atónita de quien escucha esa respuesta, el oficial de la Marina adopta un tono de confidente y asegura que los presos mienten, que claro que comen, a veces poco, pero comen. “Solo quieren llamar la atención”, finaliza. Un objetivo que, sin duda, han conseguido ya hace meses.

El verano pasado, como reconoce el capitán Durand, Guantánamo fue abandonado por la prensa. “Ni siquiera fue un tema en la campaña electoral presidencial”, cuenta. Tampoco lo fue en el discurso del Estado de la Unión de febrero, pronunciado por Barack Obama pocos días después de su segunda toma de posesión. Si en 2009 el presidente prometía cerrar Guantánamo en el plazo de un año, la realidad política y el obstruccionismo del Capitolio —con la Cámara en manos de los republicanos— se impusieron, y un año más tarde el penal no solo seguía abierto, sino que a continuación se reanudaron las comisiones militares que Obama había desterrado.

Guantánamo quedaba una vez más suspendido en un limbo jurídico e indiferente a la opinión pública. Hasta que el pasado mes de febrero, seis presos iniciaron una protesta dejando de comer. En principio, se atribuyó, por parte de sus abogados, a que los soldados que los vigilan habían dado un trato irrespetuoso a sus ejemplares del Corán. La protesta fue en aumento. En una semana eran ya 12 los que no ingerían alimentos. Al acabar marzo, los letrados de los reos aseguraban que eran un centenar quienes se habían sumado a la huelga.

Para entonces, los responsables de la base explicaban que la protesta se debía a la frustración de detenidos por no ver avances en su situación, lo que se agravó con la callada por respuesta que dio el Departamento de Estado a la hora de sustituir al enviado especial encargado de transferir a los detenidos, y la confirmación, poco después, de que el puesto quedaría vacante. Hoy, sin embargo, vuelve a tener dueño: el abogado Clifford Sloan, que esta semana ha volado a la isla.

El 6 de abril, según la versión oficial del Pentágono, se hizo necesario entrar en las zonas comunes que compartían los reos y sofocar una protesta que comenzó al tapar estos con cajas de cereales las cámaras con las que la policía militar los vigila. La decisión fue tomada por el coronel John Bogdan, el comandante a cargo del conocido como JDG (Joint Detention Group, el grupo responsable de todas las operaciones que se llevan a cabo con los detenidos). No es esta la primera vez que en Guantánamo ha habido una huelga de hambre, pero Bogdan decidió afrontarla de manera diferente a como se había hecho antes. En lugar de tratar de restaurar el orden encontrando soluciones junto a los detenidos, el coronel consideró que la huelga no era una protesta, sino una insurrección, y que no negociaría nada hasta que abandonaran su decisión de no comer.

La Operación Antes del Amanecer se llevó a cabo pocas horas después de que una delegación del Comité Internacional de la Cruz Roja abandonara suelo cubano, visita que se había adelantado ante la creciente presión de la opinión pública por conocer lo que en realidad estaba sucediendo dentro de los muros de Guantánamo. Con dos simples frases Bogdan se defiende de aquellos que le acusan de haber provocado un profundo deterioro en la vida en los campos de detención y responder con mano dura a la huelga: “Cumplimos con nuestro trabajo. En Guantánamo están los mejores hombres de la nación sirviendo a su país”.

Este coronel del Ejército de Tierra llevaba poco más de seis meses al frente de los campos de detención cuando estalló la huelga, y fue destinado al puesto sin haber dirigido nunca antes una prisión, lo que no le ha impedido ser el autor del manual de seguridad conocido como SOP (siglas de Protocolo de Actuación, en este caso referente a los presos).

El Ramadán está a punto de comenzar —el próximo martes 9 de julio—, y Bogdan asegura que, excepto que reciba órdenes en contra, seguirán las alimentaciones forzosas, aunque intentarán hacerlas después de la caída del sol. Los musulmanes ayunan durante esta festividad religiosa, y obligarles a comer solo supondría añadir más agua a un vaso que desborda de desesperación desde hace ya tiempo. Un grupo de abogados de los presos encerrados en Guantánamo ha pedido ya a un tribunal federal en Washington que ponga fin a “la grotesca práctica” de alimentar por la fuerza a los reos. Los letrados argumentan que sobre sus clientes no pesan cargos y que, por tanto, no se les puede someter al régimen federal de prisiones que permite ese castigo para evitar su muerte.

Bajo el puño férreo de Bogdan, al margen de los campos de detención la vida sigue como si nada en la base de Guantánamo. Las cocinas siguen preparando menús —que irónicamente incluyen uno para presos a régimen— y la responsable de los fogones muestra orgullosa la última hornada de galletas. Pero dentro de la visita al que fue denominado el Gulag del siglo XXI no se incluye ningún contacto con los presos. Ninguna manera de comprobar si se corresponde con la realidad la idílica situación que describen las autoridades para los encerrados en Guantánamo: “Tienen DVD, 25 canales de televisión, libros de Harry Potter y mejor asistencia sanitaria que la que disfrutan los ciudadanos de EE UU”, lo que siendo un supuesto halago es una pésima publicidad para la nación más poderosa del mundo. Las entrevistas están fuera de toda cuestión. Ni tan siquiera una fotografía de espaldas, “para proteger sus derechos”, justifican para negarlo, lo que no deja de ser irónico respecto a personas que no tienen ningún otro.

Guantánamo, como todo lo que le rodea desde que en 2002 fue creado por la Administración de Bush —las comisiones militares, la farsa de defensa para los presos—, es puro circo. De nada vale que las autoridades militares intenten convencer —sin pruebas— de que los prisioneros son tratados con humanidad. Esos detenidos carecen incluso del derecho más básico que tiene un reo: saber de qué se le acusa.

Pensando en su bienestar y alegando respeto por su religión, la mente brillante que diseñó las celdas pintó una flecha de color negro en el suelo que apunta hacia la Meca. “Para la orientación de los detenidos a la hora de practicar sus plegarias”, explica una teniente coronel como el agente inmobiliario que muestra el solárium de un dúplex en la playa. Gran tacto. No lo es tanto el hecho de que la alfombra para rezar esté justo al lado de la taza del inodoro (si es que se habla de no herir sensibilidades).

Atendiendo a lo anterior, los responsables de los campos de detención consideraron apropiado que los presos contaran con un “consejero cultural”, alguien que pudiera servir de puente entre los reos y los militares porque sus raíces estuvieran entre esos dos mundos, el musulmán y el castrense. Sin lucir estrellas y siendo extremadamente vago sobre quién paga su nómina —“el Pentágono”, dice, pero hasta ahí—, Zak luce amplia sonrisa de encantador de serpientes mientras asegura que en Guantánamo los presos tienen todas sus necesidades cubiertas —“hasta pan de pita”, dice— excepto una: no tienen relaciones sexuales, ni, por supuesto, la posibilidad de visitas vis a vis.

Zak —“los prisioneros me llaman Zaky”, comparte— no quiere que su apellido aparezca escrito en la prensa, ni accede a ser fotografiado. Dice que muchos de los que practican la huelga de hambre lo hacen por la presión que ejercen sobre ellos los líderes. “Pero sobre todo”, prosigue, y para él ahí está el verdadero motivo de que hayan dejado de comer, “lo hacen para no tener deseo sexual. El hambre lo aletarga y les quita ese apetito”, prosigue con un ejemplo de lo contrario: “Los presos chinos, sin embargo, han engordado bastante en estos años”. Ya solo quedan tres prisioneros de esta nacionalidad, tres personas de la minoría china musulmana conocida como uigur y que están encerrados ellos solos en el centro conocido como Campo Iguana.

“No permitiremos que nadie muera de hambre”, anuncia Zak siguiendo la tesis oficial. A pesar de las buenas intenciones de todos, 104 personas siguen negándose a comer hasta que vean una salida a la situación en la que están atrapados. Y a pesar de Zaky, quien dice que habla con ellos “una vez al mes” —y se indigna y no contesta cuando se le pregunta qué hace el resto del tiempo—, un prisionero de Campo 6 y otro de Campo 5 intentaron suicidarse —ambos trataron de colgarse con su propia camisa— la noche anterior a que el coronel Bogdan diera orden a sus hombres de que entraran en los centros comunes y desalojaran a los reos y los condenaran a vivir en celdas individuales.

El centro de detención que se inició como algo temporal está valorado hoy en cientos de millones de dólares, y el Pentágono reclama 200 más para mejorarlo y construir una prisión de máxima seguridad que sustituya al secreto Campo 7. Todo, paralelo a la intención renovada de cerrar el penal que recientemente —forzado por las huelgas de hambre— ha manifestado el presidente Barack Obama.

Pero no hay esperanza a la vista. Guantánamo ha mejorado con los años para empeorar. Lejos queda ya Campo X, el que todo el mundo tiene impreso en la retina cuando se menciona el infame penal: aquel al aire libre cerca del mar Caribe en el que los presos vestían de naranja y eran transportados en carretillas de madera por sus captores y que hoy está devorado por la maleza y unos roedores gigantes apodados banana rats. Hoy, los reclusos, sin embargo, pasan frío debido al brutal aire acondicionado que congela unos módulos construidos a imagen y semejanza de prisiones de máxima seguridad estadounidenses”.

 Por Ana De Salvo

El Pais de Madrid 

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