domingo, 7 de diciembre de 2014

Puerto Rico: Esos muertos que no mueren

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Se despide el 2014 con pirotecnia de tragedias. Impactan, entre tantas, la masacre de 43 estudiantes en el estado mexicano de Guerrero y la ejecución de un adolescente negro por un policía blanco en una calle de Ferguson, Missouri. Ambas vuelven a apuntar el reflector de la conciencia sobre los escenarios siniestros del crimen de estado.

Distantes y ajenas podrían muy bien parecernos esas atrocidades a los puertorriqueños de no ser por el asedio recurrente de los malos recuerdos. Recuerdos diluidos a fuerza denegaciones y omisiones, retazos de un pasado silenciado que resurge rebelde cuando menos se espera.

“Flashback” a los tumultuosos setenta del siglo veinte. El planeta acumula cataclismos políticos. Estados Unidos sale vencido de Vietnam. El presidente Salvador Allende es derrocado en Chile. Mueren Francisco Franco y Mao Tse-tung. Triunfan los sandinistas en Nicaragua. Cae el sha de Irán y sube el ayatola Jomeini.

Puerto Rico padece sus propias convulsiones. Se ha cerrado la era del partido único. Dos gobiernos novoprogresistas y uno popular se relevan al mando. La juventud imparte arrojo y brío a un renovado movimiento independentista. Y un sector extremista del exilio cubano, empeñado en librar sus batallas contra el comunismo sobre suelo boricua, conspira con las autoridades coloniales y federales para descargar operativos de escarmiento.

Ha diluviado mucho desde entonces. Con cada mención esporádica que aflora en la prensa como respuesta a algún reclamo obstinado, unos nombres borrosos atraviesan el tiempo y penetran las brumas de nuestra indiferencia: Antonia, Luis, Santiago, Enrique, Arnaldo, Carlos, Ángel. Como espíritus insumisos invocados por la palabra impresa, los nombres hablan y cuentan sus verdades.

Antonia Martínez Lagares –protagonista de una conmovedora canción de “El Topo” -fue una muchacha arecibeña que quería ser maestra y murió, el 4 de marzo de 1970, a sus 21 años, en un balcón de Río Piedras. Un policía, irritado por los gritos de protesta de la estudiante, le disparó un tiro a la cabeza. Alguien fue acusado y absuelto. Aún no se han disipado las dudas sobre la verdadera identidad del asesino.

Luis Ángel Charbonier, militante socialista catañés de 25 años, fue víctima de una bomba plantada, el 11 de enero de 1975, durante la conmemoración del natalicio de Hostos en Mayagüez. Terroristas cubanos se adjudicaron el ataque. El grupo fue vinculado con miembros de una organización juvenil penepeísta de la época. Nadie resultó imputado.

Santiago Mari Pesquera, hijo del histórico líder independentista Juan Mari Bras, falleció el 24 de marzo de 1976, a los 23 años, a manos de un vecino alegadamente perturbado. El FBI tenía conocimiento previo de una conspiración del ultraderechismo cubano para ultimar a Mari Bras, pero nunca le alertó de la amenaza que cobró la vida de su hijo. El crimen permanece impune con la complicidad y la desidia de las agencias investigativas de San Juan y Washington.

Los asesinatos del Cerro Maravilla han sido objeto de una mayor divulgación gracias a las vistas televisadas que delataron la participación de elementos de la Policía y de la judicatura estatales. En las alturas de Villalba, a donde los condujo un agente encubierto, fueron ejecutados, el 25 de julio de 1978, el obrero Arnaldo Darío Rosado y el estudiante Carlos Enrique Soto Arriví. El primero tenía 24 años y el segundo apenas 18. Todavía andan sueltos los autores intelectuales.

El 28 de abril de 1979, muere Carlos Muñiz Varela, un empresario de 25 años que había montado una agencia para posibilitar los viajes entre Cuba y Puerto Rico. Un tal “Comando Cero” anticastrista se atribuyó el golpe. Pese a los múltiples requerimientos que se le han presentado, el gobierno federal ha guardado un mutis absoluto. Según la CIA, el FBI no puede divulgar los datos en su poder por tratarse de información “clasificada”.

El 11 de noviembre de ese mismo año, Ángel Rodríguez Cristóbal, cialeño de 33 años irregularmente encarcelado en una prisión de Tallahassee, Florida, por haber practicado la desobediencia civil en Vieques, apareció colgado en su celda. El incidente se despachó como suicidio, pero las heridas en su cuerpo desmentían el dictamen forense. Aun así, la investigación solicitada no produjo ningún resultado.

“Mi memoria tiene puesto su cinturón de cadáveres”, declara el poeta martiniqués Aimé Césaire en su magistral “Cuaderno de un retorno al país natal”. La nuestra también debe ceñirse el suyo. Tomados de la mano, radiante la sonrisa, la frente siempre en alto, los siete jóvenes sacrificados en pleno esplendor de la existencia nos miran a los ojos y nos dicen: sólo el olvido mata.

Ana Lydia Vega/ Escritora

Nuevo Día

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