domingo, 23 de febrero de 2014

No lo olvidemos: Maduro representa la obra de Chávez


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Hoy que he visto cómo te atacan, Nicolás, te satanizan, te tildan de dictador y te hacen centro de la infame guerra ideológica contra la Venezuela Bolivariana, siento indignación. Pareciera que el odio hacia la obra iniciada por Chávez se centrara solo en ti y muchos ingenuos no ven que, al atacarte, agreden a Chávez, a toda su obra y atentan contra el pueblo al que hoy diriges con humildad y sabiduría.

La manipulación contra tu persona es una burda jugada mediática contra lo más puro del ideario bolivariano. Muchas matrices de opinión han tratado de impostar nuestros enemigos: te han atacado de debilidad ante la inseguridad los mismos que la fomentan; te han atacado de no amar la paz cuando siempre -siguiendo las orientaciones de Chávez-, has buscado la convivencia pacífica entre tus conciudadanos; te han atacado de entregar Venezuela a Cuba los que no conocen el verdadero sentido de la solidaridad más pura entre los pueblos; te han tildado de vacilante quienes no saben  que un estadista actúa siempre frente a los acontecimientos en desarrollo con una apreciación dialéctica de los mismos; te han tildado de coartar la libertad de prensa cuando te has enfrentado al tinglado de los grandes medios de comunicación -manipuladores ingeniosos y falsarios-,  con valentía y oportunidad; al igual te han tildado de alejarte de las ideas de Chávez cuando -en realidad-, has logrado continuar su obra transformadora en un escenario complejo y delicado, permeado por una criminal guerra económica, acciones desestabilizadoras, violencia fascista, planes magnicidas, campañas manipuladas desde el exterior, sin dejar de serle fiel como hijo pródigo y consecuente.

Para mí sigues siendo el digno hijo de Chávez y admiro su sabiduría al escogerte para continuar su obra transformadora. Creo que los compañeros venezolanos deben tener en cuenta que el legado de Chávez está en peligro si no se te apoya con la suficiente confianza que mereces. Eres un presidente elegido constitucionalmente y como tal debes ser defendido por los que apoyan sinceramente la democracia. No hacerlo, es fomentar la maligna división que, como guadaña implacable, siempre frustra a las revoluciones sociales. 

Venezuela exige de ti sabiduría y grandes sacrificios, entrega sin límites a la búsqueda de soluciones adecuadas para garantizar la paz y forjar una unidad de todos sus ciudadanos, más allá de las diferencias políticas, las apreciaciones sectarias de la realidad y los viejos odios anquilosados en las gentes.

Aún recuerdo las palabras de Chávez aquel 8 de diciembre de 2012, lleno de certeza sobre la necesidad de continuar su obra en caso de un infausto desenclace: "Y sobre todo para asumir el nuevo período para el cual fui electo por ustedes, por la gran mayoría de ustedes, si algo ocurriera, repito, que me inhabilitara de alguna manera, Nicolás Maduro no sólo en esa situación debe concluir, como manda la Constitución, el período; sino que mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que —en ese escenario que obligaría a convocar como manda la Constitución de nuevo a elecciones presidenciales— ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Yo se los pido desde mi corazón. Es uno de los líderes jóvenes de mayor capacidad para continuar, si es que yo no pudiera —Dios sabe lo que hace—, si es que yo no pudiera, continuar con su mano firme, con su mirada, con su corazón de hombre del pueblo, con su don de gente, con su inteligencia, con el reconocimiento internacional que se ha ganado, con su liderazgo, al frente de la Presidencia de la República, dirigiendo, junto al pueblo siempre y subordinado a los intereses del pueblo, los destino de esta Patria."

Tambien hoy recuerdo algunos párrafos de mi "Mensaje urgente a Nicolás Maduro", publicado en este blog el pasado 5 de diciembre de 2013", que traigo a colación por su total vigencia:

“Un día, allá en Caracas, tuve el alto honor de que varios de ustedes escucharan mis palabras, salidas de lo más profundo de mi corazón. No hablé en nombre de nadie, ni representaba a nadie. Simplemente lo hacía como un latinoamericano más. Me encontraba conmocionado de estar allí, abrazándolos como camaradas y tener la enorme oportunidad, gracias a la sabiduría de la vejez y de haber batallado en las entrañas del monstruo, para ofrecerles mis más humildes consejos.

Ha pasado un tiempo y mi estancia allá ha dejado de ser un secreto. Encontré en ti, Nicolás, a un hombre pleno, incapaz todavía de medir las enormes responsabilidades que caerían sobre ti y el reto enorme de continuar la obra maravillosa  de Chávez. Por ello, cuando te abracé, te dije: "No imaginas el rol que te tocará jugar por Venezuela". Luego les dije a varios de tus compañeros: "Antes de irse a dormir, dediquen unos minutos a mirarse en el espejo, con total transparencia, y pregúntense honestamente, ¿estoy satisfecho por lo que he hecho hoy por Chávez y mi Revolución?" Lo hice, porque eso es lo que debe hacer cada revolucionario verdadero, evaluarse a sí mismo con total honestidad, ser su más duro crítico antes que todo.

 A pesar de tu juventud me llevé un grato recuerdo de ti. Sabía, de antemano que sabrías cumplir el reto, aunque te tocara seguir los pasos de un hombre insustituible y excepcional, de la dimensión que solo he visto en el Che y en Fidel. Chávez es único y pervive así en cada uno de nuestros corazones. Es alguien que no se puede imitar o sustituir enteramente, pero sí seguir lo valioso de su ejemplo y su manera de ver el destino de la Patria. Es alguien sobre el que nunca se hablará en pasado.

Te ha tocado lidiar con grandes confrontaciones y en casi todas has salido airoso. En otras, para ser justo, ha faltado algo, por pequeño que sea.  Sabía que sobre ti caería el más despiadado ataque mediático de nuestros enemigos y muchos de ellos albergarían el absurdo y criminal sueño de atentar contra tu vida y la de tus camaradas. Has ido aprendiendo el valor de la unidad y de dirigir colectivamente, pero siempre junto al pueblo, cercano a él, porque de él hemos surgido y nunca hemos de darle la espalda. Creo que aún queda mucho por hacer para lograr la verdadera unidad que Venezuela necesita de sus hombres más dignos. Unidad que tratan de vulnerar nuestros enemigos y que -en ocasiones-, nosotros mismos vulneramos al no valorar que nuestra lucha ha de ser -primeramente-, inclusiva, lo que supone unirnos con la gente honesta y sincera que, aunque tenga diferentes apreciaciones de la realidad, persiguen nuestros mismos fines. A fuer de ser sincero, aún nos falta un buen trecho para que esa unidad sea tan sólida como lo necesita Venezuela. ¡Apartemos el individualismo, el nepotismo, el amiguismo, las corruptelas, los viejos vicios que minan la pureza de las convicciones, toda aquella brecha que regalamos al enemigo, al no escuchar el sentir y la opinión de nuestros militantes y del pueblo, incluso de esa parte del pueblo, confundido por el discurso mediático de la derecha, para lograr esa ansiada unidad!

Como ven, amigos venezolanos, a pesar de la falaz campaña mediática contra el presidente Maduro, es la hora de apoyarlo incondicionalmente, con el mismo sentido de respeto y admiración con el que los hacemos los revolucionarios en todo el mundo, seguidores de la obra de Chávez, quienes vemos en él la continuidad histórica de una obra maravillosa que pasará a la historia como una de las páginas más hermosas de la humanidad, consternada hoy por la ausencia de aquel hombre maravilloso del que todos aprendimos a ser más dignos, humildes y humanos.

¡No a la intentona golpista contra Nicolás Maduro!

¡No al fascismo!


Percy Francisco Alvarado Godoy.

Un día, allá en Caracas, tuve el alto honor de que varios de ustedes escucharan mis palabras, salidas de lo más profundo de mi corazón. No hablé en nombre de nadie, ni representaba a nadie. Simplemente lo hacía como un latinoamericano más. Me encontraba conmocionado de estar allí, abrazándolos como camaradas y tener la enorme oportunidad, gracias a la sabiduría de la vejez y de haber batallado en las entrañas del monstruo, para ofrecerles mis más humildes consejos.

Ha pasado un tiempo y mi estancia allá ha dejado de ser un secreto. Encontré en ti, Nicolás, a un hombre pleno, incapaz todavía de medir las enormes responsabilidades que caerían sobre ti y el reto enorme de continuar la obra maravillosa  de Chávez. Por ello, cuando te abracé, te dije: "No imaginas el rol que te tocará jugar por Venezuela". Luego les dije a varios de tus compañeros: "Antes de irse a dormir, dediquen unos minutos a mirarse en el espejo, con total transparencia, y pregúntense honestamente, ¿estoy satisfecho por lo que he hecho hoy por Chávez y mi Revolución?" Lo hice, porque eso es lo que debe hacer cada revolucionario verdadero, evaluarse a sí mismo con total honestidad, ser su más duro crítico antes que todo.

A pesar de tu juventud me llevé un grato recuerdo de ti. Sabía, de antemano que sabrías cumplir el reto, aunque te tocara seguir los pasos de un hombre insustituible y excepcional, de la dimensión que solo he visto en el Che y en Fidel. Chávez es único y pervive así en cada uno de nuestros corazones. Es alguien que no se puede imitar o sustituir enteramente, pero sí seguir lo valioso de su ejemplo y su manera de ver el destino de la Patria. Es alguien sobre el que nunca se hablará en pasado.

Te ha tocado lidiar con grandes confrontaciones y en casi todas has salido airoso. En otras, para ser justo, ha faltado algo, por pequeño que sea.  Sabía que sobre ti caería el más despiadado ataque mediático de nuestros enemigos y muchos de ellos albergarían el absurdo y criminal sueño de atentar contra tu vida y la de tus camaradas. Has ido aprendiendo el valor de la unidad y de dirigir colectivamente, pero siempre junto al pueblo, cercano a él, porque de él hemos surgido y nunca hemos de darle la espalda. Creo que aún queda mucho por hacer para lograr la verdadera unidad que Venezuela necesita de sus hombres más dignos. Unidad que tratan de vulnerar nuestros enemigos y que -en ocasiones-, nosotros mismos vulneramos al no valorar que nuestra lucha ha de ser -primeramente-, inclusiva, lo que supone unirnos con la gente honesta y sincera que, aunque tenga diferentes apreciaciones de la realidad, persiguen nuestros mismos fines. A fuer de ser sincero, aún nos falta un buen trecho para que esa unidad sea tan sólida como lo necesita Venezuela. ¡Apartemos el individualismo, el nepotismo, el amiguismo, las corruptelas, los viejos vicios que minan la pureza de las convicciones, toda aquella brecha que regalamos al enemigo, al no escuchar el sentir y la opinión de nuestros militantes y del pueblo, incluso de esa parte del pueblo, confundido por el discurso mediático de la derecha, para lograr esa ansiada unidad!
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Un día, allá en Caracas, tuve el alto honor de que varios de ustedes escucharan mis palabras, salidas de lo más profundo de mi corazón. No hablé en nombre de nadie, ni representaba a nadie. Simplemente lo hacía como un latinoamericano más. Me encontraba conmocionado de estar allí, abrazándolos como camaradas y tener la enorme oportunidad, gracias a la sabiduría de la vejez y de haber batallado en las entrañas del monstruo, para ofrecerles mis más humildes consejos.

Ha pasado un tiempo y mi estancia allá ha dejado de ser un secreto. Encontré en ti, Nicolás, a un hombre pleno, incapaz todavía de medir las enormes responsabilidades que caerían sobre ti y el reto enorme de continuar la obra maravillosa  de Chávez. Por ello, cuando te abracé, te dije: "No imaginas el rol que te tocará jugar por Venezuela". Luego les dije a varios de tus compañeros: "Antes de irse a dormir, dediquen unos minutos a mirarse en el espejo, con total transparencia, y pregúntense honestamente, ¿estoy satisfecho por lo que he hecho hoy por Chávez y mi Revolución?" Lo hice, porque eso es lo que debe hacer cada revolucionario verdadero, evaluarse a sí mismo con total honestidad, ser su más duro crítico antes que todo.

A pesar de tu juventud me llevé un grato recuerdo de ti. Sabía, de antemano que sabrías cumplir el reto, aunque te tocara seguir los pasos de un hombre insustituible y excepcional, de la dimensión que solo he visto en el Che y en Fidel. Chávez es único y pervive así en cada uno de nuestros corazones. Es alguien que no se puede imitar o sustituir enteramente, pero sí seguir lo valioso de su ejemplo y su manera de ver el destino de la Patria. Es alguien sobre el que nunca se hablará en pasado.

Te ha tocado lidiar con grandes confrontaciones y en casi todas has salido airoso. En otras, para ser justo, ha faltado algo, por pequeño que sea.  Sabía que sobre ti caería el más despiadado ataque mediático de nuestros enemigos y muchos de ellos albergarían el absurdo y criminal sueño de atentar contra tu vida y la de tus camaradas. Has ido aprendiendo el valor de la unidad y de dirigir colectivamente, pero siempre junto al pueblo, cercano a él, porque de él hemos surgido y nunca hemos de darle la espalda. Creo que aún queda mucho por hacer para lograr la verdadera unidad que Venezuela necesita de sus hombres más dignos. Unidad que tratan de vulnerar nuestros enemigos y que -en ocasiones-, nosotros mismos vulneramos al no valorar que nuestra lucha ha de ser -primeramente-, inclusiva, lo que supone unirnos con la gente honesta y sincera que, aunque tenga diferentes apreciaciones de la realidad, persiguen nuestros mismos fines. A fuer de ser sincero, aún nos falta un buen trecho para que esa unidad sea tan sólida como lo necesita Venezuela. ¡Apartemos el individualismo, el nepotismo, el amiguismo, las corruptelas, los viejos vicios que minan la pureza de las convicciones, toda aquella brecha que regalamos al enemigo, al no escuchar el sentir y la opinión de nuestros militantes y del pueblo, incluso de esa parte del pueblo, confundido por el discurso mediático de la derecha, para lograr esa ansiada unidad!
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