El horror no es una palabra
caprichosa para definir lo que sucede en la Libia actual. Como es
sabido, el desgobierno, los enfrentamientos armados y atentados, el
permanente aumento en la cifra de muertos por el conflicto interno que
asola al país del norte de África, y la confirmación de que esa tierra
–que años atrás llegó a ser un modelo de sociedad para el continente
negro- es caldo de cultivo y base de entrenamiento para mercenarios y
terroristas que desestabilizan a Medio Oriente, son los puntos
constantes y permanentes que cruzan a la nación.
Por más que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) junto a
otros organismos internacionales alerten sobre lo que ocurre en Libia, y
por más que las potencias encabezadas por Estados Unidos, ahora
condenen el accionar de los terroristas que ellos financiaron y
respaldaron, la crítica situación en territorio libio continúa en un
espiral de violencia y caos que parece no tener fin.