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lunes, 28 de octubre de 2013

Liberan las FARC-EP a norteamericano



Comunicado: La Delegación de paz de las FARC-EP, informa:
1. Que el veterano de guerra estadounidense, KEVIN SCOTT, ha sido liberado unilateralmente por las FARC en un lugar del río Inírida, en las selvas del Guaviare, Colombia. El ciudadano norteamericano fue entregado, en la mañana del 27 de octubre, a una misión humanitaria integrada por el CICR, los países garantes en la mesa delos diálogos de paz, Noruega y Cuba, y un representante del gobierno colombiano.

2. El gesto de paz de la organización insurgente había sido postergado por la intransigencia del gobierno de Juan Manuel Santos al no permitir durante meses la intermediación humanitaria, primero, de la ex senadora Piedad Córdoba, y luego, del Reverendo Jesse Jackson. Sin duda, en la concreción de esta liberación, jugó papel decisivo la determinación del Departamento de Estado de los Estados Unidos.

3. Agradecemos al CICR, a los gobiernos de Cuba y de Noruega, sus buenos oficios para que Kevin Scott pudiera reencontrarse con los suyos en su propio país. Noruega y Cuba actuaron con la misma eficacia y discreción que los distingue como garantes en los diálogos de paz que se escenifican en La Habana entre el gobierno de Colombia y las FARC-EP.

Nuestro reconocimiento también a Piedad Córdoba y a Jesse Jackson.

4. Aspiramos que esta decisión unilateral de las FARC, que no exigió nada a cambio, ejerza influjos positivos en el avance de los acuerdos de paz.

*DELEGACIÓN DE PAZ DE LAS FARC-EP*

La Habana, Cuba, sede de los diálogos de paz, octubre 28 de 20131

lunes, 29 de abril de 2013

Guatemala: un juicio revive su historia de sangre y horror

Vicky Peláez

Guatemala tiene un río pensativo, y  otro que se tiñó de sangre...Tiene un volcán de agua, otro de fuego y  una montaña de huesos y cadáveres (Luis Alfredo Arango, escritor y poeta guatemalteco, 1936-2001)

Las páginas de la historia moderna de América Central transmiten, sólo  al ojearlas, una sensación de sufrimiento, injusticia, violencia. Huelen a la sangre que derramaron   cientos de miles de hombres, mujeres y niños, víctimas inocentes de la Guerra Fría desatada por los ricos y poderosos del planeta bajo el lema de “preservar la democracia y prevenir la diseminación del comunismo en la región”. Guatemala en este contexto había sido uno de los países más sufridos donde el Estado había cometido los crímenes más aberrantes contra los indígenas mayas durante la guerra civil que duró 36 años (1960-1996) y en especial en los años 1980.
Recién 17 años después de la firma de los Acuerdos de Paz, cuando el pasado 19 de marzo el tribunal de Alto Riesgo de Guatemala inició el juicio por genocidio y delitos de lesa humanidad en  contra del exdictador  general Efraín Ríos Montt y el también general José Mauricio Rodríguez, quien fuera el jefe de inteligencia militar G-2 durante el mandato de Ríos Montt entre 1982 y 1983, el país dio un suspiro de alivio, como si se acabara la pesadilla que ha estado aplastando su alma y su conciencia durante todos estos largos años.
A la vez el inicio de este juicio, llamado por muchos como histórico, ha hecho revivir cierta inquietud en el pueblo guatemalteco al hacer despertar su memoria dormida.  Según el estudioso y periodista Andrés Cabanas, la mayoría de la gente que tuvo que convivir durante largo tiempo con la violencia creó su propio mecanismo interno de sobrevivencia: “Las primeras muestras de crueldad conmovieron; las siguientes asustaron; las posteriores paralizaron; a partir de entonces, muchos guatemaltecos impusieron en su subconsciente el olvido como mecanismo de defensa”.
El juicio provocó también una reacción completamente diferente en las elites guatemaltecas y amplios sectores de la población educados en las ideas anticomunistas que percibieron las acusaciones de genocidio contra los dos generales como un “proyecto maquiavélico, progresista globalizado”. Según el periodista guatemalteco Pedro Trujillo, “las falsas historias de genocidio son de fabricación extranjera  o de las personas como Rigoberta Menchú quienes buscan una sentencia condenatoria”. En la percepción de las elites una condena por genocidio alertará otros procesamientos cuyos primeros perjudicados serían propietarios de las fincas en las que se cometieron asesinatos masivos de los indígenas  y empezaría la lucha por la expoliación de tierras. Todo esto estigmatizaría el país por décadas.
Como por magia, toda la derecha guatemalteca y el mismo presidente Otto Pérez Molina  hicieron la causa común con varias organizaciones  militares de veteranos cerrando las filas respecto a lo ocurrido en el país durante la guerra. En seguida promovieron manifestaciones frente a la embajada norteamericana con la consigna “Genocidio es Mentira”. Lo curioso es que este sector ultraconservador de la población considera a los Estados Unidos como el promotor del juicio contra los militares y se siente traicionado por su inspirador y el auspiciador de la limpieza étnica en el país durante la guerra civil. El poder y la presión de los oligarcas, del mismo presidente y  los militares han sido tan fuertes que la jueza de Mayor Riesgo, Carol Patricia Flores resolvió anular el 18 de abril último todo lo actuado en el proceso contra los militares retirados Efraín Ríos Montt y José Mauricio Rodríguez Sánchez que llevaba 20 jornadas de su etapa oral.
También la jueza ordenó regresar el proceso hasta la fase en que se encontraba el 23 de noviembre de 2012 y los magistrados de la Corte de Constitucionalidad prácticamente ampararon a los dos generales acusados de genocidio. Las protestas de las víctimas que llevan más de 30 años esperando justicia, de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) y las exhortaciones de las Naciones Unidas de proseguir con el juicio no han sido tomados en cuenta  por el momento  por el poder judicial.
Tal como se están desarrollando los acontecimientos parece que este proceso nunca va a terminar, porque sorpresivamente uno de los testigos del genocidio contra los indios mayas, Hugo Ramiro Leonardo Reyes señaló al actual presidente del país Otto Pérez Molina como coordinador de la “quema y saqueo de la gente indígena para luego ejecutarlos”. Como se supo de las declaraciones del periodista norteamericano del programa de la radio y televisión pública PBS “Democracy Now”, Allan Nairn,  quien fue citado a aparecer en este juicio,  el entrevistó en 1982  junto con varios de sus colegas extranjeros  en destacamento de Quiché a un mayor Otto conocido como comandante “Tito Arias” y anteriormente “Capaitán Fosforito”.  En las imágenes divulgadas se ve al mayor contestando las preguntas mientras que a sus pies yacen los cadáveres de varias personas torturadas y ejecutadas. Resultó que aquel “Comandante  Tito Arias” es el actual presidente de Guatemala, general Otto Pérez Molina. Entonces, seguir con el juicio significa involucrar al presidente quien podría ser el próximo en el banquillo de acusados al terminar su presidencia.
En la misma situación podrían estar muchos de sus miembros del gobierno, partícipes directos e indirectos de las masacres de los años 1980. Para entender la complejidad de este proceso habría que revisar, aunque brevemente, los acontecimientos del aquel período  de la guerra civil que durante los 36 años arrojó 200.000 muertos, 50.000 desaparecidos de los cuales el 83 por ciento eran indígenas mayas y el 17 por ciento mestizos. Según la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, el 93 por ciento de las violaciones a los derechos humanos fueron cometidos por el Estado, de ellos el 85 por ciento por el Ejército y el 18 por ciento por las Patrullas de Autodefensa Civil (PDC) armadas y entrenadas por los militares. El tres por ciento de las violaciones es atribuido a los guerrilleros de la Unidad  Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) y la autoría del restante cuatro por ciento no está determinada.
Nadie de los militares, estudiantes y trabajadores  que participaron en la Revolución de 1944, que dio lugar a las primeras elecciones libres en Guatemala e inició programas en beneficio de la clase trabajadora, habían imaginado que diez años después de la “Edad de Oro”, el país entrará en una vorágine de muerte y desolación  que durará hasta 1996 y cuyos residuos se harán sentir 70 años después. El ciclo de la violencia comenzó con un golpe de Estado que derrocó al presidente legítimamente elegido, Jacobo Árbenz Guzmán que se atrevió a perjudicar a los intereses de la dueña del país, the United Fruit Company (UFCO) que con la participación de las elites, la Iglesia Católica,  la Evangélica y la CIA promovió la destitución del presidente en 1954.
Así se inició el proceso de desplazamiento masivo de los indígenas mayas de sus tierras, acompañado por la extrema violencia y el abuso. En respuesta a la injusticia surge en 1960  la guerrilla URNG iniciándose la guerra civil. Su momento más sangriento fue en los años 1980 cuando asumió el poder en los Estados Unidos Ronald Reagan (1981-1989) que lanzó la consigna de “Exterminar” no sólo “la Guerrilla Marxista en América Latina”  sino “erradicar todo el apoyo civil” a los subversivos. Su secretario de Estado, general Alexander Haig despachó con este fin a uno de los hombres poco conocidos pero uno de los más siniestros de la CIA, general Vernon Walters a Guatemala. El enviado de Washington instruyó primeramente al presidente Fernando Romeo Lucas García en los secretos de la Guerra Contrainsurgente en términos del Conflicto de Intensidad Baja (LIC) y posteriormente al general Efraín Ríos Montt que en 1982 dio con la bendición de Vernon Walters  el golpe de Estado, tomando el poder.
Ríos Mont fue percibido por Ronald Reagan como “hombre de gran integridad personal” y “totalmente dedicado a la democracia”. “Fortalecer democracia” significa en términos de la Doctrina Reagan, eficiencia en la erradicación del marxismo, sus partidarios y simpatizantes en el país. Definitivamente el general Ríos Montt era muy “eficiente” pues en 18 meses de su presidencia fueron arrasados 625 pueblos mayas por los miembros de las fuerzas especiales Kaibiles entrenados por los instructores de la CIA, Sayeret Matkal israelí y  la GIGN de Francia. Los Kaibiles son asesinos profesionales cuya consigna es “Si avanzo sígueme, si me detengo aprémiame, si retrocedo mátame”. El mismo general Ríos Montt supervisó personalmente la masacre de 1,771 indígenas mayas Ixil. En los años 1980 también se cometieron actos de genocidio contra los pueblos mayas Achi, ´Qanjobal y Kiche.
En algunos casos los militares no necesitaban el pretexto ideológico para masacrar los pueblos nativos, sino el económico, como sucedió con  la hidroeléctrica de Chixoy construida en el territorio de la comunidad maya Achi de Río Negro. Allí el ejército asesinó a 400 miembros de la comunidad entre hombres, mujeres y niños, para “limpiar el terreno” para la construcción de la hidroeléctrica, cuyo proyecto fue diseñado y financiado por el Banco Mundial (WB) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Por supuesto los ingenieros alemanes de Lahmeyer International, suizos de Motor Columbus, norteamericanos de International Engineering Co. y los constructores italianos de Gogefar y los suizos de Swissboring no han percibido ningún signo de genocidio y no vieron a ningún muerto. Tampoco los ejecutivos del WB y del BID recibieron algún informe sobre actos de masacre  o tuvieron alguna curiosidad sobre el destino de los habitantes Achis de esta zona.
Así ha estado funcionando siempre el mundo neoliberal globalizado cuyos líderes perciben cada ser humano como un número. Uno más o uno menos y en especial si representa a un indígena no tiene mucha importancia en la realización de macro proyectos tanto físicos como ideológicos. El pueblo guatemalteco lo conoce bien, especialmente el 53.7 por ciento de su población que vive en la pobreza cuyo índice en los pueblos maya llega inclusive al 93 por ciento. En pleno Siglo XXI la expectativa de vida del 12 por ciento de hombres y el 6 por ciento de mujeres es apenas de 30 años, según la estadística del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo para 2011-2012 (PNUD).
El índice del analfabetismo es del 69.1 por ciento. El 70 por ciento de la población, que son jóvenes, tiene pocas posibilidades para estudiar y encontrar un trabajo adecuado. Por eso no es de extrañar la expansión del narcotráfico. De acuerdo a la DEA, el 75 por ciento de las 400 toneladas de droga que entran cada año a los Estados Unidos pasan por Guatemala. El 70 por ciento del territorio nacional es controlado por el cartel de  los ZETAS cuyos, sicarios están entrenados por los Kaibiles. Se calcula que solamente en la capital del país, la Ciudad de Guatemala unos 10,000 adolescentes están involucrados en las pandillas o en grupos relacionados con el narcotráfico.
¿Entonces, qué juicio se puede esperar en el país donde el 30.9 por ciento de la población es analfabeta, tres cuartos de su territorio es controlado por el cartel de Los ZETAS, las elites nacionales siguen con el cuento del “peligro marxista”, el mismo presidente es señalado como uno de los violadores a los derechos humanos y donde la “democracia”, de acuerdo a la periodista Petrona Ixcoy, “está asentada en el silencio y la resignación de las grandes masas populares”?
Dijo alguna vez el educador, poeta y escritor guatemalteco, Luis Alfredo Arango que “en Guatemala cada veinte años retrocedemos veinte”. ¿Será cierto?
Columna semanal por Vicky Peláez
Ria Novosti

viernes, 25 de enero de 2013

Guatemala exige justicia



Nuestros muertos jamás nos los pueden regresar, pero es necesario que sus asesinos sean sentenciados. También necesitamos respuestas, ¿qué les pasó, dónde fueron a parar, y donde están sus restos?
Paulina Chiguil
 
El Diario Militar y la Condena del CIDH
 
En el mes de mayo de 1984 una gran parte de la dirigencia de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU), fue desaparecida por el régimen militar encabezado por el General Oscar Humberto Mejía Víctores. En el año 1999, nombres de decenas de los líderes estudiantiles, a la par de nombres de otras personas civiles que desparecieron en los ochentas, aparecen en  el Diario Militar, filtrado desde las fuerzas castrenses por individuos anónimos. El documento contenía fichas de 183 individuos que fueron desaparecidos entre agosto 1983 y marzo de 1985. La mayoría de las fichas aparecen marcadas como “código 300”, que significaba que la persona ya había sido asesinada; en muchos casos después de meses en el cautiverio militar. El hallazgo del Diario Militar es único porque permitió documentar  el último paradero de más de un centenar de miles de víctimas de la desaparición forzosa durante la guerra. Además prueba la existencia de un minucioso sistema de exterminio de aquellas voces que el Estado consideraba los enemigos del orden establecido y obstáculos para los intereses económicos y políticos de los oligarquías en el país. 

Paulo René Estrada Vázquez es hijo de Otto René Estrada Illescas, quien fue secuestrado el 15 de mayo del 1984. Su ficha contiene el código 300. “El hallazgo del Diario Militar fue la evidencia de que no estábamos locos, y de que efectivamente el secuestro de mi padre fue como nosotros decíamos.  A mi papá lo secuestran en el centro de la capital el 15 de mayo del 1984, y lo ejecutan el  1 de agosto del mismo año, lo que quiere decir que lo tuvieron durante varios meses, saber bajo qué torturas”. Paulo forma parte de una asociación de 28 familias que han promovido el caso del Diario Militar ante la CIDH. Recibieron la noticia sobre la sentencia de la CIDH con satisfacción, pero a los pocos días, por acuerdo gubernamental, Guatemala decidió no reconocer las sentencias sobre casos que ocurrieron antes de que Guatemala se adhiriera al sistema interamericano de justicia, que fue en 1987. A pesar de que el acuerdo fue derogado solo unos días después, presuntamente por presiones internacionales, el hecho muestra la falta de voluntad del Estado guatemalteco de reconocer su responsabilidad sobre los crímenes de guerra y acercarse a una justicia para los y las víctimas. 

El genocidio ayer y hoy
 
Los acuerdos de paz se firmaron entre el estado guatemalteco y la dirección de la Unión Nacional Revolucionaria Guatemalteca (URNG) en 1996. Guatemala procuraba salir de una guerra que entre el golpe de estado del 1954 y los Acuerdos de Paz en 1996 dejó más de 200 mil asesinados, más de 45 mil desaparecidos, millón y medio de desplazados internos, y comunidades enteras arrasadas por las fuerzas castrenses. Según la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH) de la Naciones Unidas, el 93 por ciento de las atrocidades cometidas en contra de la población fueron realizadas por las fuerzas del Estado, regulares e irregulares. La misma comisión confirmó que entre los años 1981 y 1983 el Estado guatemalteco identificó a grupos del pueblo maya como el enemigo interno, y que cometió genocidio en contra de los cuatro grupos lingüísticos Maya-Q’anjob’al y Maya-Chuj, en Barillas, Nentón y San Mateo Ixtatán del Norte de Huehuetenango; Maya-Ixil, en Nebaj, Cotzal y Chajul, Quiché; Maya-K’iche’ en Joyabaj, Zacualpa y Chiché, Quiché; y Maya-Achi en Rabinal, Baja Verapaz[1].

A pesar de una lucha incansable de miles de sobrevivientes de torturas y masacres, familiares de asesinados, y organismos de lucha social, Guatemala ha dado pocos pasos hacia lograr justicia y poner fin a la impunidad que día tras día ata el país a su pasado. Las estructuras militares y oligarcas se mantienen intactas, y los sistemas de justicia son débiles o corruptos.  Las causas sociales y económicas que dieron origen a la guerra siguen permitiendo el despojo, la explotación  y el desprecio a la mayoría de la población.  Los megaproyectos de minería, hidroeléctricas y monocultivos siguen condenando a la muerte la población maya y rural; o a aguantar descargas de represión si deciden hacer uso de su derecho a la consulta y a la vida. El 4 de octubre pasado ocurrió la primera masacre perpetrada por el ejército contra indígenas en tiempos de “paz”.  Siete indígenas del departamento Totonicapan, que participaron en una manifestación pacífica en contra de las altas tarifas de luz eléctrica, cayeron muertos después de que sus cuerpos recibieron múltiples balas de armamento militar.  La condena internacional es casi ausente. Las embajadas que en los ochentas también fueron blancos de guerra, hoy cuidan sus intereses económicos en el país, muchas veces ligados al sector extractivo. 

Pocos militares han sido sentenciados por las atrocidades cometidas durante la guerra, y hasta ahora ninguno de ellos por genocidio.  El capítulo más oscuro de la guerra fue entre 1981 y 1983, durante los periodos presidenciales de Romeo Lucas García y del General Efraín Ríos Montt. Doctrinas militares ocultadas ante la sociedad, que con los años fueron filtradas, como Victoria 82, Firmeza 83, Plan Sofía visibilizan y documentan la planificación y la ejecución de la estrategia contrainsurgente y de tierra arrasada en los territorios indígenas del occidente altiplano guatemalteco. Como miembro del Congreso, el ex General  Efraín Ríos Montt ha gozado de inmunidad, y hasta enero del 2012, cuando dejó su puesto después de 12 años en el Congreso, se logró iniciar el juicio por genocidio en su contra. 

Gobierno electo- estado militarizado
 
En 2012 asumió el poder el Partido Patriota, encabezado por el ex General Otto Pérez Molina, quien tuvo a su cargo la región Ixil durante los años sangrientos de Ríos Montt. El pueblo de Ixil sufrió los costos más altos por la campaña miliar de tierra arrasada durante los ochentas, y el CEH confirma que entre 70 y 90 por ciento de las comunidades de la región fueron exterminados, ya que el gobierno consideraba que los Ixiles tenían “un carácter subversivo”. Hoy, las atrocidades cometidas en contra de los Ixiles forman parte del expediente en contra de Ríos Montt, y el interés del presidente actual en trabar el juicio parecería evidente.  A mediados del 2012 el gobierno de Pérez Molina desmanteló los Archivos de Paz, una de las instituciones creadas a partir de los acuerdos de paz de 1996 para promover la paz, la verdad y la reconciliación en el país. Los archivos fueron fundados hasta el año 2008, pero durante el breve tiempo que funcionó se habían logrado digitalizar alrededor de dos millones de documentos gubernamentales relacionados a la guerra en contra del pueblo de Guatemala. En días recientes su gobierno decretó restringir la información sobre la organización y equipo del ejército de 1982 por siete años, decisión que muchos consideran como parte de la estrategia encaminada a obstaculizar los procesos de justicia y verdad en el país, y cerrar las puertas necesarias para que él y sus colegas evadan la justicia. 

María, de Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia Contra el Olvido y el Silencio (HIJOS), Guatemala,  explica: “tenemos un Estado militarizado, no sólo por el hecho de que el presidente actual es un militar kaibil, sino porque en este gobierno, todas las Secretarias del Estado tienen a un militar metido. Con los gobiernos pasados tampoco hubo mucha voluntad, pero por los menos eran civiles; y algunos pasos, por chiquitos que fueran, se lograron dar. Pero ya no nos importa que los militares kaibiles intenten ocultar esta información, tenemos suficiente ya para documentar el genocidio y la responsabilidad del actual presidente en las masacres”. 

¿Amnistía para las genocidas?
 
A pesar de que el juicio contra Efraín Ríos Montt lleva ya un año, sus abogados hacen lo posible por trabar el proceso.  Una negación de los hechos carecería de credibilidad, y su defensa hasta ahora ha consistido en utilizar el recurso del amparo por amnistía para que su cliente quede impune. 

El martes 22 de enero la Corte de Constitucionalidad resolverá si validan la amnistía o no. La propuesta de los abogados de Ríos Montt parece ser posponer lo que con sentido común debería de ser inevitable y necesario; una condena al ex general Efraín Ríos Montt por genocidio. “Los delitos de lesa humanidad y los crímenes de guerra no pueden ser amnistiados y Guatemala debe cumplir su compromiso internacional de investigar, enjuiciar y sancionar a los responsables de esos casos”, afirmaron los abogados del organismo de derechos humanos CALDH, que acompañaron a las víctimas en una audiencia la semana pasada. 

El actual juicio en contra del ex General es fruto de muchos años de lucha de amplios sectores de la sociedad civil en Guatemala. La lucha por la justicia no es fácil, y las personas que han decidido ser parte de ella, saben que la determinación de luchar puede tener costos muy altos. Muchos y muchas han sido asesinados durante esta búsqueda.  La Asociación para la Justicia y la Reconciliación (AJR), fundada por 22 comunidades de cinco regiones del país donde se cometió genocidio, lleva el caso en contra del ex General. Si los jueces resuelven a favor de otorgar amnistía a Ríos Montt, los víctimas y sobrevivientes de la guerra deberán presentar el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, lo cual significaría esperar otros años más antes de obtener la justicia. Ante la pregunta de para qué sirve una sentencia, si Ríos Montt y otros generales sentenciados alegan que por su avanzada edad no podrán permanecer en la cárcel, María explica: “Yo creo que para mucha gente lo más importante quizás no es la encarcelación, o no sólo eso. Es más bien poder sentarnos en frente de los que nos asesinaron, verlos y pronunciar ante la Corte qué nos hicieron, y nombrarlos por lo que son:  genocidas. Y que quede grabado en la historia de Guatemala, para sus hijos y sus nietos que ellos son los genocidas que masacraron a muchos pueblos en Guatemala”. 

Por mas información sobre general Efraín Ríos Montt:  http://www.cipamericas.org/es/archives/6854 

Publicado el 21 de enero de 2013  en: http://desinformemonos.org/2013/01/guatemala-exige-justicia/ 

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