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viernes, 19 de septiembre de 2014

CIA: Jorasán, terrorismo peligroso para EE UU

Exdirector de la CIA revela un grupo terrorista más peligroso que Estado Islámico


Exdirector de la CIA revela un grupo terrorista más peligroso que Estado Islámico

Mike Morell, exsubdirector de la CIA, dijo a CBS News que existe un grupo terrorista que representa una amenaza más grave y directa para EE.UU. que el Estado Islámico.

Morell ha afirmado en una entrevista para la cadena CBS News que la organización radical pakistaní Jorasán, conocida hasta hace poco solo por el Gobierno de EE.UU., centra su actividad en las amenazas contra la aviación del país norteamericano. De acuerdo con el exjefe de la CIA, el grupo cree que atentando contra las líneas aéreas perjudicarán el conjunto de la economía estadounidense, como demostró el 11-S.
"A diferencia del Estado Islámico, del que se cree que en la actualidad lucha mayoritariamente por controlar territorios, Jorasán está desarrollando nuevos escenarios para centrarse en la aviación estadounidense e intentan reclutar a los occidentales que han acudido a la lucha en Siria, algunos de los cuales se han unido a la franquicia de Al Qaeda en el país, conocida como Frente al Nusra", declara Morell. 

miércoles, 8 de enero de 2014

Al Qaeda ha vuelto

En noviembre de 2001, la plana mayor de Al Qaeda, cercada por las tropas de la alianza occidental liderada por los Estados Unidos, se refugió en las montañas del Este de Paquistán. Pocos días antes del cese de las hostilidades, Osama Bin Laden lanzó una advertencia a “los cruzados y los judíos”, es decir, a los cristianos y los sionistas. “La tempestad de los aviones no se calmará, si Alá quiere, mientras (Estados Unidos e Inglaterra) no cesen su apoyo a los judíos en Palestina, no levanten el embargo a Irak y no abandonen la Península Arábiga… Si no lo hacen, la tierra se incendiará a sus pies”.

Sabido es que el operativo bélico Libertad  Duradera, ideado y capitaneado por los estrategas del Pentágono,  no logró acabar con la presencia de los talibán en tierras afganas o paquistaníes. Sin bien los aliados occidentales ganaron los combates de primera hora, la nutrida fuerza multinacional fue incapaz de erradicar el islamismo militante. Ello se debe ante todo a que los políticos del “primer mundo” no llegaron a analizar el fondo de la cuestión. Para muchos, Al Qaeda no dejaba de ser un fenómeno aislado, un mero accidente histórico. Sin embargo, Bin Laden había avisado: “volveremos dentro de diez años”.

La (mal) llamada guerra global contra el terrorismo se cobró su infinidad de víctimas, tanto en el mundo islámico como en Occidente. Sin hablar, claro está, de los daños colaterales, las millones de personas sospechosas de connivencia con el “enemigo” (¡islámico!), que figuran en las listas negras elaboradas por los organismos de seguridad estadounidenses y/o europeos. Sin embargo, el ideario de Al Qaeda se fue propagando a la casi totalidad de los países de Oriente Medio y el Magreb. Brotes islamistas surgieron en el África subsahariana. El accidente histórico acabó convirtiéndose en una enfermedad contagiosa. En 1992, tras el desmoronamiento del bloque socialista, Norteamérica y la OTAN buscaban un enemigo. Un político español no dudó en ponerle nombre: el enemigo es el Islam.

La aventura bélica iraquí de George W. Bush abrió la caja de Pandora. El entonces inquilino de la Casa Blanca buscaba a los “terroristas de Al Qaeda” en un país laico, donde el radicalismo religioso estaba vedado. Mas al abusar del peligroso mantra Bin Laden, los Estados Unidos lograron fabricar una primera hornada de terroristas. Algunos procedían de la vecina Arabia Saudita, cuna del radicalismo islámico moderno, otros…

Cuando los dirigentes rusos lanzaron los primeros ataques contra los grupos de excombatientes de la guerra de Afganistán que se habían adueñado de  Chechenia, los europeos no dudaron en condenar a Moscú por… la violación de los derechos humanos. Sin embargo, la presencia de Al Qaeda en el Magreb causó un profundo malestar en las cancillerías occidentales. El “enemigo” se estaba  acercado a pasos agigantados. No es nuestro propósito analizar en estas líneas la espectacular expansión de los movimientos islámicos en Asia y África. Este fenómeno merece ser estudiado con mayor minuciosidad. Creemos, sin embargo, que sería útil comentar la presencia del Emirato Islámico de Irak y el Levante, emanación de Al Qaeda, en la guerra civil siria y los recientes acontecimientos que tuvieron por escenario las localidades de Ramadi y Faludja, sitiadas en el “triángulo suní” de Irak, antiguo baluarte de las tribus aliadas al dictador Saddam Hussein, que se ha convertido en la mayor cantera de radicales islámicos. Tal vez porque los suníes se sienten perseguidos por la mayoría chiita que controla actualmente el país.

Si bien la Casa Blanca no contempla la posibilidad de reenviar tropas a Irak, pues “no es del interés de los Estados Unidos tener tropas en cada conflicto de Oriente Medio”, como señalaba el subsecretario de Seguridad Nacional Benjamin Rhodes, Norteamérica no descarta la posibilidad de comprometer material bélico sofisticado en el combate contra las huestes del Emirato.

Más interesante aún es la postura del presidente Obama frente al régimen de Damasco. Curiosamente, la ofensiva islamista en Siria y los encarnizados combates entre los guerrilleros del Emirato y los aún más radicales miembros del Frente Al Nusra en las inmediaciones de Idlib y Alepo, convierten a Bashar el Assad, el siniestro dictador de 2013 y bestia negra de la Administración estadounidense, en… posible futuro aliado del mundo occidental.

Todo ello podría parecernos disparatado. Sin embargo, al descifrar los códigos, hallamos la inquietante respuesta: Al Qaeda ha vuelto. Así de simple.

Por Adrian Mac Liman

Tomado de   http://periodistas-es.com

sábado, 31 de agosto de 2013

Al Qaeda se beneficiaria del bombardeo a Siria


Las líneas rojas en Siria parecen haberse acabado. Mientras los inspectores de Naciones Unidas sobre el terreno intentan determinar el uso de gas sarín en el ataque de la semana pasada en Ghouta, Damasco, Occidente ha puesto en marcha la maquinaria de una posible intervención. El límite se ha cruzado, esta vez sin remilgos. El pistoletazo de salida ha sido un episodio que ha dejado (según la oposición al régimen baazista) hasta 1.300 muertos y que, de confirmarse, solo sería comparable al exterminio de kurdos perpetrado en 1985 por Sadam Hussein en Irak. 
 
Una intervención, sea a través de bombardeos selectivos desde el Mediterráneo o en forma de exclusión aérea, con ánimo de “castigo”, tal como ha enunciado el presidente francés François Hollande, o como “acción para disuadir”, según el secretario de Defensa estadounidense, Chuck Hagel, se dibuja como una alternativa más que probable después de más de dos años y medio de conflicto y ante el mensaje de Occidente: “Estamos listos”.
 
El cómo y el cuándo (la misma oposición asegura que han sido advertidos de que puede ser inminente, “en cuestión de días, no de semanas”) depende en gran parte de los retos a los que se enfrenta la comunidad internacional en un territorio y un timing que se antoja hostil y volátil. Y entre ellos, el mayor es la aparición de un relativamente nuevo y potentísimo actor: los grupos islamistas radicales que se han hecho con el control en la práctica totalidad de la zona norte liberada.
 
Efectivamente, son estos grupos más o menos radicales quienes han tomado el relevo de una Coalición Nacional de Fuerzas de la Oposición y la Revolución Siria (CNFORS), que no ha sido capaz de vertebrar un proyecto de gobierno coherente.
 
El ejemplo de dos ciudades paradigmáticas, Alepo (la segunda urbe más importante de Siria tras Damasco y primera en población) y Raqqa (primera capital de provincia totalmente gestionada por los rebeldes) no deja lugar a dudas.
 
En ambas, el resultado es una creciente frustración en buena parte de la población, que se ha tornado en activista de doble cuño, y el sabotaje a las instituciones civiles dependientes de la Coalición Nacional Siria, el grupo más importante bajo el paraguas de la CNFORS. 
 
Es esta situación la que ha mantenido paralizado a Occidente hasta que su propio nivel de compromiso le ha golpeado más duramente que nunca.
 
El presidente estadounidense, Barack Obama, ya se vio obligado a recular en su intención de armar a los rebeldes tras la promesa hecha en mayo ante el temor de fortalecer a los radicales que ganaban terreno en las áreas rebeldes.
 
Una intervención encuentra ahora los mismos riesgos que hace meses la desaconsejaban: el peligro a destruir las estructuras del régimen y generar un vacío de poder sin haber construido estructuras alternativas. 
 
En ese sentido, el único germen de gobierno efectivo que puede apreciarse en las zonas rebeldes es el que han impuesto las diferentes fuerzas islamistas, entre las que existen enormes diferencias que derivan en el grado de aceptación por parte de la población. 
 
Entre los moderados de Liwa al Tawhid -el mayor grupo militar en Alepo y abanderado del Frente Islamista de Liberación Sirio (FILS)- y los yihadistas de Estado Islámico de Irak y el Levante (ISI-L, en sus siglas en inglés), la marca de Al Qaeda que se ha colado en la guerra, media un mundo ideológico y programático.
 
Mientras los primeros son considerados un relevo aceptable dentro del futuro (o temporal) Gobierno de Alepo, los segundos enfrentan manifestaciones casi diarias de ciudadanos hastiados por imposiciones arbitrarias como las críticas a la vestimenta de las mujeres o el temor a ser acusados de mal musulmán.
 
Dentro del espectro se suceden, en orden creciente de radicalización, grupos con una fuerte presencia en ambas provincias como
 
> las Brigadas al Farouq, integradas en el mismo FILS y protagonistas de una llamativa escisión tras la difusión del video en el que su líder comía lo que parecía el corazón de un soldado del régimen ajusticiado;
 
> los salafistas de Ahrar as Sham, la mayor fuerza en el país y líder del Frente Islámico de Siria (FIS), que gobierna de facto en Raqqa, y
 
> los yihadistas de Jabhat al Nusra, el brazo de ISI en Siria hasta que se produjo el pronunciamiento de lealtad de su líder, Abu Mohamed al-Joulani, al jefe de Al Qaeda, Ayman al Zawahiri, y la separación en abril de ambas marcas.
 
“Las fuerzas islamistas continúan creciendo hasta un punto en el que deben tomar decisiones estratégicas sobre si dejan que otros grupos controlen ciertas áreas o si deberían consolidarse y expandirse”, apunta el experto en Siria del Carnegie Endowment for Peace, Yezid Sayigh. Ese momento ha llegado, y cualquier acción militar contundente de Occidente en Siria debería contemplar el status quo actual, derivado de la configuración de esa oposición islamista (frente a la oposición secular de la CNFORS y el Consejo Militar Supremo que guía el Ejército Libre Sirio, a quien pretende apoyar una presunta intervención estadounidense).
 
Pero, ¿cómo han llegado los islamistas a hacerse con el control de las áreas rebeldes?, ¿Cómo han desplazado a los aliados de Occidente?
 
Su posicionamiento en el poder tiene, paradójicamente, mucho que ver con la inacción de la comunidad internacional hasta ahora, que ha permitido que se diesen dos factores fundamentales:
 
> el poderío militar de los islamistas, y
 
> la falta de recursos económicos de las autoridades civiles. 
 
El primero factor se aprecia tanto en la liberación de Raqqa en marzo de este año, gracias al esfuerzo conjunto de Jabhat al Nusra (entonces aún parte de ISI) y Ahrar as-Sham, como en el florecimiento de tribunales basados en la ley islámica apoyados por unas fuerzas de seguridad milicianas más contundentes. 
 
En el segundo punto encaja la situación de Alepo, donde el Consejo Civil achaca su ineficiencia a la escasez de financiación. 
 
El resultado es el reparto en áreas de influencia, que ha derivado en convenios surrealistas, como el mantenimiento del tendido eléctrico en barrios como Al Ansari (donde se suceden las sedes de  Liwa al Tawhid, Jabhat al Nusra e ISI-L). El Consejo Civil envía a los trabajadores, que cobran de los islamistas.
 
En este contexto, los grupos islamistas han conseguido poner en marcha servicios públicos como las líneas de autobuses, significativo logro de Ahrar as-Sham en Raqqa. A ello se suma el control sobre las rutas de abastecimiento y el campo, que permiten hacer llegar a la ciudad víveres para la población, la gestión en algunas zonas de las panaderías y los silos, así como la toma de los pozos de petróleo en Deir Ezzor, cuyo control se disputan las milicias kurdas y Al Nusra. 
 
Todo, amén de la acción caritativa. Una muestra es la organización Qahatein, en Alepo, una ONG local que reparte alimentos en Ramadán, además de aliviar las necesidades de refugio, salud o educación de las familias de mártires en los 12 sectores en los que se divide la zona rebelde. “Lo más importante es cuidar de las niñas y viudas hasta que se vuelvan a casar”, puntualiza Mustafa, el joven jefe de 26 años, que admite estar financiado por “todos los grupos” islamistas.
 
A estas alturas, la raigambre islamista en Siria es tanto o más “innegable” (como ha definido Hagel el uso de armas químicas en Ghouta) que los ataques con gas sarín. Por esta razón, cualquier potencia inclinada (o, en última instancia, decidida) a intervenir en Siria de forma directa debería desvelar cuáles son los objetivos (provocar o no un derrocamiento inminente de Assad) y contemplar qué escenario dibuja una supuesta caída del régimen. 
 
En este sentido, el acento se coloca sobre los radicales. “Jabhat al Nusra es uno de los muchos grupos de Al Qaeda”, explica desde el frente en Alepo, Abu Aldelrrahman, uno de los comandantes de Liwa al Tawhid, “vinieron aquí para apoyar a la gente y cuando expulsemos al Ejército de Al Assad, se irán. No tienen programa político”. 
 
Por su parte, Sayigh tacha la creencia de “naïve”: “Han luchado y querrán participar en el futuro Gobierno y en la Constitución”. 
 
“(Occidente) comete un error intentando excluir a los islamistas”, concluye el experto de Carnegie. “Grupos como Ahrar as-Sham o Liwa al Tawhid, incluso siendo salafistas, aportan una cierta riqueza política basada en el islam, pero sin una agenda profundamente ideologizada o religiosa, y aportan una solución siria (a diferencia de al-Nusra e ISI-L), tanto si se organizan de manera política y pacífica a través de partidos como en Egipto o se mantienen como movimientos armados, como en Irak”.
 
 
 
por LAURA JIMÉNEZ
 
Fuente:  EsGlobal
 
Tomado de  http://www.urgente24.com

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