Tal como publica Tiempo Argentino,
en la madrugada del 28 de junio de 2009, el entonces presidente
hondureño Manuel Zelaya fue secuestrado a punta de pistola por un grupo
de soldados y subido a un avión con rumbo a Costa Rica. Pese a que el
viaje era corto, antes de llegar al país vecino la aeronave hizo una
parada para cargar combustible. No fue en cualquier lugar. Zelaya y sus
captores descendieron en la base militar de Palmerola, perteneciente a
Estados Unidos pero ubicada en suelo hondureño.
Aterrizamos en la base. Hubo movimientos afuera, yo no sé con quién hablaron. Como unos 15 o 20 minutos estuvimos ahí",
contó el ex mandatario, que fue despojado del poder esa misma noche.
Tiempo después, cuando fue liberado, denunció al Departamento de Estado
de EE UU por su vinculación con el golpe. "Todas las pruebas lo
incriminan", aseguró.
La destitución de Zelaya es uno de los capítulos más tristes de la
historia latinoamericana reciente y otra muestra más del persistente
poderío estadounidense en la región. Porque, aunque son pequeñas y se
camuflan bajo el disfraz de la acción humanitaria, las bases militares
que la Casa Blanca mantiene en el continente sirven
para realizar tareas de espionaje, acceder rápidamente a valiosos
recursos naturales y, por supuesto, impulsar procesos
desestabilizadores. Se trata, en definitiva, de un arma vital para que
EE UU mantenga su hegemonía en un territorio que, en los últimos años,
se mostró reacio a las relaciones carnales y a la imposición directa de
políticas foráneas.