Desde
hace unos años, se puso de moda hablar de la “disidencia cubana” y de llamar
“disidente” a cualquiera que, por un sueldo pagado desde el extranjero, por una
visa de salida, una javita de regalos o cualquier beneficio material, decidiera
traicionar a su propio pueblo poniéndose al servicio del enemigo de siempre de
nuestra nación. Tal pareciera que ellos son los que escriben la historia de
Cuba.
Sin
embargo, la existencia misma de la nación cubana es una historia de auténtica disidencia,
en la cual se destacan grandes disidentes del pensamiento impuesto por el
colonialismo español y el neocolonialismo norteamericano.
Los
mal llamados “disidentes”, de los que tanto se habla, no son más que “colaboracionistas”
del imperialismo. En nada son representativos del pueblo cubano y nunca lo
serán, como no lo fueron de su pueblo los colaboracionistas del fascismo alemán
en los países ocupados de Europa durante la segunda guerra mundial. Los
franceses, con razón, llamaron a los colaboracionistas con los fascistas
alemanes “collabo”, que es el diminutivo de “collaborateur”. La
contrarrevolución cubana, financiada por potencias extranjeras, es tan
“colaboracionista” como los “collabos” franceses lo fueron durante la ocupación
nazi.