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lunes, 6 de octubre de 2014

Las otras víctimas del crimen de Barbados

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Cuando un grupo de terroristas de origen cubano se reunieron en las montañas de Bonao, República Dominicana, entre mayo y junio de 1976, convocados por los terroristas Orlando Bosch Ávila y Luis Posada Carriles, con la anuencia de la Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA) y del FBI, así como la de los gobiernos de Chile y Venezuela, lo hacían para formar el Comando de Organizaciones Revolucionarias Unidas(CORU), con el propósito de instrumentar la autodenominada “guerra por los caminos del mundo”, cuya finalidad era no sólo enfrentar a la Revolución Cubana sino servir de instrumento criminal del imperialismo en la represión contra las fuerzas progresistas latinoamericanas.

Sedientos de sangre, movidos por un incontenible odio visceral a la Revolución Cubana, planificaron sin tapujos y remordimientos una oleada de crímenes, los que ejecutarían en fecha posterior e inmediata. En esa reunión, a qué negarlo, se condenó a muerte a decenas de personas sin importar la estela de luto que dejarían tras de sí, ni la repulsa internacional que levantarían con sus actos criminales.

Los acuerdos más importantes fueron el asesinato del ex canciller chileno Orlando Letelier, a solicitud expresa del dictador chileno Augusto Pinochet; la voladura en pleno vuelo de un avión comercial cubano y el secuestro del Cónsul cubano en Mérida, Yucatán. Ni lentos ni perezosos, asesinaron a Letelier el 21 de septiembre en Washington. Un poco después, el 6 de octubre, ocurrió el atentando contra la nave de Cubana de Aviación con el resultado de 73 muertos y el intento de secuestro del Cónsul cubano en Mérida en que fue asesinado el cubano Artagnan Díaz Díaz.

Mucho hubo de esperar la opinión pública internacional para comprobar las denuncias cubanas sobre los vínculos de la CIA, el FBI, la DINA chilena, la DISIP venezolana y otras agencias represivas, confabuladas en el “Plan Condor”. Los documentos recientemente desclasificados del Buró Federal de Investigaciones (FBI) y la Agencia Central de Inteligencia (CIA), incompletos y con tachaduras, atestiguan que estos crímenes no fueron realizados por obra de la casualidad, sino que representaban partes de una estrategia contrarrevolucionaria contra Cuba y América Latina.

Hoy se tiene la certeza, sin embargo, que la tragedia del avión de Cubana, en la que murieron todos sus 73 ocupantes, 57 de ellos cubanos, 11 guyaneses y cinco norcoreanos, fue preparada tres meses antes, sin el menor escrúpulo y compasión.

Cuando el vuelo CU 455 de Cubana de Aviación que acababa de despegar del aeropuerto de Barbados, reportó una explosión, exactamente a las 13.45 horas del 6 de octubre de 1976, hace ya 39 años, no sólo se incorporaban 57 nuevas víctimas al martirologio de los cubanos, costo doloroso por su lucha por alcanzar un mundo mejor, sino se dejaba a decenas de niños sin padres, a esposas y esposas sumidos en una dolorosa viudez, y a hombres y mujeres cubanas sin la presencia amada de sus hijos. Todos ellos también fueron víctimas en el crimen de Barbados.

Carlos Alberto Cremata Malberti goza hoy de respeto y admiración por su labor con los niños del grupo “La Colmenita” y como artista cubano. ¿Quién sabe si el amor a la dramaturgia y a la niñez no es acaso el resultado de esa dolorosa orfandad; de la nostalgia por el padre ausente y de la triste resignación de no poder verle más? Su corazón de hombre le puso al dolor una inmensa ternura por escudo, aunque sabe que “ha tratado de desterrar el odio y buscar refugio en el trabajo con los niños, pero lamentablemente ese sentimiento sigue ahí”.

Carlos Alberto esperó en vano el regreso de su padre, uno de los tripulantes del fatídico vuelo CU 455 de Cubana de Aviación. Supo durante años del dolor callado y atormentado de su madre, Iraida, sin tener la oportunidad de compartir con su padre las inmensas páginas de amor que edifica. Él es una víctima más del crimen de Barbados.

La mano asesina de Hernán Ricardo y Freddy Lugo, así como el odio irracional de Posada Carriles y Orlando Bosch, también convirtieron a Xiomara Peláez González en otra víctima más del crimen de Barbados. La muerte le arrancó para siempre la sonrisa de su hermana Milagros, ya consumada esgrimista a los 19 años de edad. Convertida en madre tempranamente, apoyó a la inquieta y soñadora Milagros y junto a sus hermanos Solángel, Noelia y Osvaldo, se regocijaron de sus triunfos. Hoy la casa está vacía sin ella, se extrañan sus travesuras, y sienten no sólo el dolor de su ausencia, sino una legítima sed de justicia.

Josefina Ileana Alfonso fue otra niña que sufrió en carne propia por la mano asesina de los terroristas en Barbados. Todavía no se repone del golpe recibido. Un día, inexplicablemente para su edad en ese entonces, perdió la compañía de su padre, Demetrio, uno de los asesinados en el vuelo CU 455. Creció sin que su progenitor pudiera ver sus momentos más especiales en la vida de una mujer. Sólo unas viejas fotos le han acompañado en esa vida, para encontrar en ellas la mirada cariñosa el aliciente imprescindible para combatir a la tristeza y al dolor. Ella también es otra víctima del crimen de Barbados.

Belkis Bermúdez tampoco pudo ver la alegría retratada en el rostro de su padre, jefe de la delegación integrada por el Equipo Juvenil de Esgrima, por la honrosa cosecha de medallas lograda en Caracas. De no haber sido asesinado, Belkis hubiera podido escuchar de sus labios todo el orgullo que era capaz de rebozar cuando hablaba de los triunfos cubanos. Sin embargo, la sala de su casa permaneció silenciosa, la alegría se trocó en dolor punzante y la nostalgia se apoderó de su corazón de niña. Ella fue otra de las víctimas del crimen de Barbados.

Una madre cubana, Martha Hernández, perdió a su hijo aquel triste 6 de octubre de 1976. Carlos Manuel, con apenas 20 años de edad, viajaba en la nave saboteada y regresaba a la Patria con la alegría de reencontrarse con el regazo maternal, con la casa acogedora y los amigos entrañables de su barrio. La mano criminal le segó la vida y hundió a los suyos en el dolor y el luto. Le barrieron de golpe tanto sueño, que la justicia debiera sentirse abochornada por la impunidad de que gozan sus asesinos. Martha es y será otra víctima más del crimen de Barbados.

Camilo Rojo, mi hermano Camilo, también sufrió la pérdida dolorosa de un ser querido: su padre. Aún recuerdo su voz quebrada, denunciando el crimen y la dolorosa orfandad en el Encuentro contra el Terrorismo y ante el Tribunal Antiimperialista en Caracas. Aún recuerdo sus ansias de justicia, su reclamo terco e insistente para que las leyes de los hombres juzguen a las bestias que le arrebataron a él y a sus hermanos, Mario y Jesús, la compañía de su padre.
Camilo sufrió al progenitor ausente. Sus cinco años no pudieron explicar cómo, de repente, aquel repartidor de caricias y sonrisas, se fue de su lado para no regresar. Para Camilo, es cierto, la vida nunca fue igual: no hubo un padre que lo esperara al salir de la escuela, que compartiera con él sus puros sueños de la adolescencia, que lo viera triunfar ante los retos de su existencia y que le acompañara en los momentos maravillosos que ocurren cuando uno se casa o le nacen los hijos.

En Caracas, durante el XVI Festival de la Juventud y los Estudiantes, participamos ambos en eventos de denuncia contra el terrorismo: él como familiar de las víctimas de este flagelo, y una de las víctimas legítimas de él, y yo como combatiente anti terrorista. Mientras le escuchaba reclamar justicia y narraba las páginas dolorosas de su vida y orfandad, confieso que sentí un sano orgullo por haber dedicado mi vida a combatir a los asesinos de su padre. Tal vez en eso me reconforta un poco su dolor.

Cuando he hecho el recuento de algunos de los cubanos que perdieron a sus seres queridos en el criminal atentado de Barbados, representando desde luego a todos aquellos que sufrieron ese día y la vida entera a causa de este detestable sabotaje, creo que lo más doloroso es que sus victimarios hoy viven impunemente protegidos por quienes se anuncian como adalides de la lucha contra el terrorismo.

¿Por qué tanto silencio, me pregunto con indignación, cuando se habla del crimen de Barbados? ¿Qué tienen nuestros muertos que los haga más insignificantes a los otros causados por el terrorismo en Nueva York, Madrid u otro sitio en el mundo? ¿Cuándo habrá justicia para ellos?

Me reconforta que, mientras Orlando Bosch murió en Estados Unidos vanagloriándose de sus crímenes y a Posada Carriles se le ampara desfachatadamente en ese país, los familiares de sus víctimas sigan luchando para que un día imperen la justicia y la razón. Mientras las voces de ellos no cesen; mientras se mantenga su reclamo ayer en el Encuentro contra el Terrorismo y en el Tribunal Antiimperialista, desde el Comité de Familiares de las Víctimas de Barbados, y mañana en cada foro de denuncia, nos habremos ganado el derecho de ver a nuestros mártires con orgullo.

Nuestro pueblo cubano demostró que no cesará en su reclamo de justicia, acompañándolos hoy como lo aquel día octubre de 1976 al llorar con virilidad hasta hacer temblar a la injusticia. Lo demostró en aquella enorme marcha realizada el 17 de mayo del 2005 en la más de un millón de cubanos dijeron ¡No al terrorismo!

Por eso, cuando este 6 de octubre, reciba a mis hermanos el Panteón de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en el cementerio de Colón, para recordar a sus familiares queridos, estaremos junto a ellos, más unidos que nunca en el dolor y en reclamo de la necesaria y siempre urgente justicia.

Percy Francisco Alvarado Godoy

6 de octubre de 2005 

Nota adicional: Muchos de los familiares de las víctimas han muerto sin ver cumplido su reclamo de justicia. Los más jóvenes, empero, aún continúan con la denuncia permanente. Sus dedos apuntan a EE UU. 

domingo, 6 de octubre de 2013

El 6 de octubre de 1976 cobraron vidas y hoy quieren sepultar la historia en Miami





Hay un solo proceso histórico desde el inicio de nuestras guerras de independencia hasta el triunfo revolucionario de enero de 1959. Y desde enero de 1959  hasta hoy. La misma revolución confrontada por el mismo enemigo. Enemigo que compra traidores y anexionistas de semejante precio; aunque en una época se especialicen en poner bombas y en otras en difamar y sepultar la historia. 

Hace hoy 37 años, el 6 de octubre de 1976, el vuelo CU-455 de Cubana de Aviación fue interrumpido por una explosión en el aire cuando apenas había despegado de Barbados con destino a Jamaica. Murieron sus 73 pasajeros, luego de 15 minutos de heroico esfuerzo de la tripulación. 

Más de un millón de cubanos asistió el 15 de octubre de ese 1976 a la Plaza de la Revolución a despedir a las víctimas. Ni siquiera los que éramos muy jóvenes hemos olvidado aquel momento, el toque de silencio y la voz de Fidel por los altavoces llamando a la unidad y explicando que ya Cuba sabía quienes habían sido los autores del crimen.

Bajo la lupa de la CIA, con Freddy Lugo y Hernán Ricardo como asesinos materiales, fueron los terroristas Orlando Bosch y Luis Posada Carriles los responsables. Bosch y Posada Carriles representan lo peor de Miami; lo más nefasto de esta ciudad que se ha convertido en refugio de políticos corruptos y cómplices de las dictaduras derechistas latinoamericanas.

Orlando Bosch murió en Miami sin pagar sus crímenes; libre por intermediación de la congresista Ileana Ros-Lehtinen. Meses antes de su fallecimiento era homenajeado en el Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos (ICCAS) de la Universidad de Miami y presentaba sus llamadas memorias con gran fanfarria entre los extremistas de la derecha cubanoamericana. 

Luis Posada Carriles todavía vive en Miami. Sus amigos terroristas le hacen fiestas en fincas,  visita los restaurantes cubanos de Coral Way y la calle 8, el Alcalde de Hialeah le entrega las llaves de la ciudad, asiste a marchas de apoyo a las Damas de Blanco y a conferencias en el mismo centro universitario donde fue homenajeado su cómplice Orlando Bosch. La última conferencia que Luis Posada Carriles disfrutó en la Universidad de Miami fue la ofrecida por el llamado opositor Guillermo Fariñas, con el que hasta se hizo una foto. 

Cualquier ingenuo puede pensar que Fariñas y Posada Carriles son contrarrevolucionarios de diferente tipo. Así los han querido vender. Fariñas estaría por la paz, por un derrocamiento de la revolución cubana mediante el diálogo, mientras que Posada Carriles estaría por derribar aeronaves civiles y poner bombas en hoteles; como la que cobró la vida del joven italiano Fabio di Celmo. Pero ambos, Guillermo Fariñas y Luis Posada Carriles, son y se reconocen entre ellos mismos como piezas de un solo plan: el derrocamiento de la revolución cubana. 

La historia de Cuba es la historia del enfrentamiento a esos lacayos. Las conquistas del pueblo cubano tienen doble mérito porque se han conseguido bajo la amenaza y la agresión de personajes como esos. Para cometer sus crímenes han contado con el apoyo o el silencio cómplice de aquellos que debían impedirle actuar contra las propias leyes norteamericanas. 

Han tenido también la protección de una prensa que les ha celebrado como militantes anticastristas y como luchadores por la libertad. Contra toda esa componenda ha tenido que luchar la revolución cubana, dentro y también fuera de la isla; como hicieron los cinco héroes antiterroristas cubanos, condenados injustamente por una corte en Miami. En la misma ciudad donde han  actuado libremente terroristas como Orlando Bosch y Luis Posada Carriles; autores del horrible crimen que hoy cumple 37 años y que todo el pueblo cubano recuerda con las banderas a media asta en las instituciones del país. 

Esta es la realidad y esta es la historia. Por eso es inexplicable que esta misma semana el Miami Dade College, que bajo la presidencia de Eduardo Padrón se ha dado a la costumbre de entregar medallas a cuanto contrarrevolucionario y derechista pase por el sur de la Florida, haya prestado sus instalaciones y su nombre a un llamado encuentro sobre la memoria, la verdad y la reconciliación en Cuba, que partía del falso presupuesto de que existía alguna historia de la que no se ha hablado en Cuba, que habrían algunos hechos de los que en Cuba no se ha querido comentar. ¿Cuáles son esos procesos sociales que Cuba les habría prohibido investigar a sus historiadores y leer al pueblo? ¿Dónde está el muro cubano, el campo de concentración, la lista de desaparecidos, el archivo cerrado por Cuba? 

En ese engañoso evento del que les hablo participaron el empresario Carlos Saladrigas y la cubanóloga Marifeli Perez Stable. Yo pregunto: ¿Cómo Saladrigas puede decir que no hay reconciliación ni verdad en Cuba cuando el propio Saladrigas (con acompañantes) ha viajado, disertado y tratado sin problemas en la isla a funcionarios, miembros de la iglesia y de la llamada oposición? ¿Cómo va a decir Marifeli Pérez-Stable que debe haber reconciliación en el “futuro” cuando desde hace treinta años Marifeli está viajando y relacionándose con personas que viven dentro de la isla? ¿Ellos quieren llenar los “vacíos” de la historia de Cuba o imponer una historia distinta donde Posada Carriles, Orlando Bosch y Guillermo Fariñas sean los héroes?

Pero en ese llamado encuentro por la reconciliación, además de unos profesores alemanes traídos a Miami para que hicieran otro de esos paralelos infundados entre la experiencia histórica cubana y la de otros países, en este caso de la RDA, también invitaron a Dagoberto Valdés, que no es solo otro bloguero mitómano sino un personaje del que se ha corroborado con pruebas irrefutables que está pagado por servicios extranjeros. Un oportunista que hizo fama utilizando la influencia de la Iglesia Católica en Pinar del Río y que comparte jefes e instrucciones con Yoani Sánchez y Guillermo Fariñas. Ese a quienes los lectores pueden ver en la foto junto a Luis Posada Carriles, el terrorista que hace hoy 37 años enlutó al pueblo cubano realizando, junto a Orlando Bosch, el salvaje atentado contra el avión de Cubana. 


Edmundo García
www.latardesemueve.com

Cuando un pueblo enérgico y viril llora


Mucho sufrió el pueblo norteamericano aquel nefasto 11 de septiembre de 2001, es cierto, y con él el mundo entero. Sólo entonces se tomó plena conciencia del dañino y tenebroso flagelo del terrorismo, monstruo capaz de desarraigar de nosotros, al menos físicamente, a nuestros seres más queridos. Tenía que ocurrir ese ingrato holocausto, herir el corazón mismo de la gran metrópoli, para que dentro de ella se conociera el verdadero daño de la violencia irracional. El impacto recibido por las muertes del humilde hombre laborioso, por los oficinistas tempraneros y por quienes trataron de enfrentar el daño in crescendo con un hacha y una manguera hizo que el norteamericano simple comprendiera la necesidad de acabar con aquellos que hacen del terror un modus vivendi. Fue sin lugar a dudas un paso inicial, aunque todavía no se haya tomado plena conciencia de sus verdaderas causas y de quiénes son realmente sus verdaderos promotores.

A fuer de ser sincero, y respetando el luto legítimo de estas gentes, hay que reconocer que el terrorismo no sólo ha dañado al norteamericano sencillo, ni a los hogares de Washington y Nueva York.

Cuba lo ha sufrido permanentemente en un martirologio indeseado y lacerante, y han sido pocos los que han levantado un dedo para condenarlo. Unas veces ha sido porque la desinformación mediática ha discriminado el dolor de nosotros y no ha habido un lamento general que reconozca nuestro sufrimiento. Otras veces porque se trata de escamotear la verdad de los acontecimientos haciendo que el sufrimiento se vea lejano e intrascendente. Es por ello que da mucha pena que sólo se lamente el mundo por unas víctimas y discrimine a las otras, que se reclame venganza y justicia para unos muertos y se soslaye la pena de tantas familias cubanas que han sufrido de forma cotidiana permanente. Tal parece que la exclusividad del dolor le pertenece a unos pocos y el de los otros, los marginados por estrechos raseros ideológicos del poder mediático, es ignorado.

Para los cubanos no solamente ha habido un solo 11 de septiembre, muchos han sido los nefastos  acontecimientos que los han hecho crispar los puños con rabia e indignación, sacando a flote su energía y virilidad. Los miles de muertos y heridos ocasionados por el terrorismo en la Isla, paradójicamente financiado o permitido por los Estados Unidos, han sido las víctimas en cada año, en cada mes, en cada día. Por eso es difícil para mí no dejar de solidarizarme con aquellos a los que septiembre les arrebató los sueños y la esperanza.

Cuando se recuerda, pues, a nuestros muertos, en el obligado entretiempo del que continúa viviendo a pesar del dolor, los vacíos crecen, las caricias se marchitan con el peso de la ausencia permanente y el tierno beso se disuelve en el recuerdo eterno de sus presencias. Nos duele en lo más hondo este presente de ausencias, de flores y sueños desgarrados, de ilusiones y promesas arrancadas, de suspiros y emociones que se marcharon con ellos. Sólo nos queda, entonces, continuar viviendo con el justo reclamo de la justicia que algún día llegará.

Quien se imagine que aquel 6 de octubre de 1976 solamente se dañó, cuando se hizo explotar un avión DC- 8 en pleno vuelo, a sus 73 ocupantes, 57 de ellos cubanos, 11 guyaneses y cinco norcoreanos, se equivoca. El daño afectó a centenares de cubanos, norcoreanos y guyaneses cuyos familiares sufrieron con impotencia las irreparables pérdidas. Muchas fueron las víctimas de este crimen y algunos viven hoy con las heridas sin restañar.

Nunca se supo que el crimen se planificó tres meses antes, en una reunión celebrada por Posada Carriles y sus cómplices de fechorías en una casa del pequeño pueblo de Bonao, en República Dominicana. De la misma manera no conoció que varios de los terroristas ya habían decidido de antemano el objetivo y el lugar de la acción violenta en las oficinas de la agencia de detectives de Luis Posada Carriles.

Hoy reconoce que fue Hernán Ricardo Lozano, quien laboraba en ese entonces en la agencia de Posada como fotógrafo, quien lo reclutó para cometer el crimen. Sabe que para ellos, independientemente de los 16.000 dólares con los que se premió a Ricardo y los 8.000 que él recibió, no hubo favorecimientos adicionales, mientras que Posada y Bosch fueron excarcelados por distintas componendas, a él le tocó purgar una larga condena. Días antes del sabotaje contra el avión en Barbados y luego del asesinato de Orlando Letelier el 21 de septiembre de 1976, mientras se regodeaban entre ellos por el éxito inicial de sus propósitos, varias personas escucharon de boca de Luis Posada Carriles y de Orlando Bosch sus planes de atentado contra una aeronave cubana en pleno vuelo. En una cena llevada a cabo en Caracas por esos días, celebrada en la casa del contrarrevolucionario cubano Hildo Folgar, donde se encontraban además de Posada y Bosch, Orlando Garcia, Ricardo Morales Navarrete y otras personas, entre tragos y carcajadas, hicieron el anuncio de su próximo crimen. Ni uno solo de los asistentes se sonrojó. Alguno de los presentes, vinculado a la CIA, informó a sus oficiales, pero la Agencia se cruzó de brazos en una cómplice aceptación de los hechos por desarrollarse.

Hoy se conoce con lujo de detalles la sucia componenda para asesinar a 73 personas en uno de los crímenes más repudiables cometidos contra los cubanos:

El día anterior, la nave de Cubana de Aviación que arribó al aeropuerto de Timehri, en Guyana, y luego de varias horas partió hacia Trinidad y Tobago, no sin antes esperar unos minutos para recoger a una delegación gubernamental de la República Popular Democrática de Corea, llegó en horas de la mañana del día 6 de octubre de 1976 al aeropuerto de Piarco, en Puerto España. En Trinidad y Tobago ascendieron a la nave los más de veinte integrantes de la delegación deportiva cubana, ganadores de todas las medallas de oro en el recientemente finalizado Campeonato Centroamericano y del Caribe de Esgrima, que tuvo lugar en Venezuela.

Luego de arribar a Trinidad y Tobago, procedentes de Caracas, el puñado de jóvenes deportistas ascendió al avión, deseoso de retornar a la patria y reencontrarse con sus familiares y amigos. Posada y Bosch lo sabían de antemano: en el aeropuerto de Piarco se tomarían algunas medidas de seguridad, pero la carencia de aparatos para detectar explosivos propiciaría el ingreso a la nave de los explosivos que introducirían Hernán Ricardo y Freddy Lugo. Sobre las 3:50 de la tarde, el vuelo CU–455 emprendió su destino hacia el aeropuerto de Seawell, en Barbados, sin suponer que sus horas estaban contadas.

Varios pasajeros descendieron del avión, luego que éste aterrizara en Seawell sobre las 4:20 de la tarde. Entre ellos, nerviosos y tensos, lo hicieron los terroristas de origen venezolano. Hernán Ricardo lo hacía con una identidad falsa a nombre de José Vázquez García. Apenas casi tres horas después, sobre la 5:15 de la tarde, el avión despegó con destino a Jamaica. Ni los deportistas cubanos y sus entrenadores, ni los jóvenes guyaneses que venían a estudiar y cumplir

Luis Posada Carriles : Un engendro incondicional de la CIA sus anhelados sueños de ser médicos, ni los funcionarios coreanos y tampoco los diez miembros de la tripulación podrían suponer que terminarían sus vidas en el límpido y azuloso cielo caribeño. La conmoción afectó a todos cuando una poderosa explosión sacudió a la aeronave sobre las 5:23 de la tarde. De estos tristes hechos sólo quedó la voz angustiada del capitán Wilfredo Pérez, avisando sobre la contingencia. Luego vendría una segunda explosión y, después, hubo un largo silencio.

Horas después serían rescatados algunos cuerpos destrozados y varios pedazos del fuselaje del avión. El mar tragó todo lo demás. Dos días después se tuvo la certeza de que no había sobrevivientes. Toda Cuba se enlutó de repente y cada hogar sintió como propia la muerte dolorosa de estos hombres y mujeres.

Las pesquisas policíacas lograron la detención de Ricardo Lugo en Trinidad y Tobago, el día siguiente. Ese mismo día 7 de agosto, la Disip venezolana anunció la detención en Caracas de Orlando Bosch y Luis Posada Carriles. También allana la oficina de Investigaciones Comerciales e Industriales C.A. (ICICA), propiedad de Posada Carriles, donde se encuentran pruebas y equipos relacionados con el acto terrorista.

Mientras la CORU se atribuía con aire triunfalista y sin mostrar menor remordimiento el criminal sabotaje, llegaban a la Cuba, consternada, los pocos restos de sus hijos que pudieron ser rescatados de la voracidad del mar. Expuestos en la base del Monumento al Apóstol, José Martí, fueron velados por millares de sus compatriotas. Al día siguiente, se efectuó el entierro y despedida de las víctimas. Nunca antes se había visto a Fidel tan consternado y dolido cuando exclamó, el 15 de octubre de 1976, aquella frase que recogía el sentir de cada cubano: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla”.

El dilatado y confuso proceso penal contra los terroristas comenzó casi tres meses después con el rechazo del juez noveno penal de Venezuela, Alberto Martínez Moncada, de la solicitud de habeas corpus a favor de Luis Posada Carriles. Al día siguiente, 22 de octubre de 1976, los principales encartados prestaron sus declaraciones. Días después, el 2 de noviembre de 1976, la jueza Delia Estava Moreno reconoció la autoría intelectual en el sabotaje de Orlando Bosch y Posada Carriles y dictó autos de detención por homicidio calificado contra estos y contra Freddy Lugo y Hernán Ricardo.

Luego de complejos y amañados recursos de la defensa por lograr su exculpación, que obligan el traslado del proceso a la justicia militar, donde los terroristas son acusados el 23 de agosto de 1977 de la siguiente manera: Posada Carriles, Freddy Lugo y Hernán Ricardo, por traición a la patria, así como Orlando Bosch por los delitos de rebelión militar y homicidio.

Las maniobras realizadas por los cómplices de los terroristas, de gran influencia dentro de las esferas gobernantes de Venezuela, así como ocultos manejos de la CIA y otras instituciones del Gobierno norteamericano, empezaron a manifestarse abiertamente cuando se llegó al colmo de que el propio fiscal militar solicitara la absolución de los detenidos en el Cuartel San Carlos.

La dilatación del juicio a Luis Posada Carriles y a Orlando Bosch tenía el claro objetivo de no dar un veredicto final que los arrojara por largo tiempo a la cárcel, mientras se tejían diversos planes para su liberación.

Durante tres largos años, la periodista venezolana Alicia Herrera visitó a los implicados en su centro de detención temporal y en ese período se ganó la confianza de los mismos. Sin temor a las  consecuencias, esta valiente periodista venezolana dio a conocer las confesiones de Orlando Bosch y Freddy Lugo sobre su participación en el sabotaje de Barbados.

Una vez que la Corte Marcial anuló procedimientos anteriores realizados contra Posada Carriles, el Juzgado superior decimocuarto del Distrito Federal del estado Miranda, un tribunal civil de Venezuela, retomó el caso en 1984. El 8 de agosto de 1985, cuando Posada Carriles se encontraba en espera de su condena, se fugó de la Penitenciaría General de Venezuela, en San Juan de los Morros. Dolorosamente, la oscura trama de la CIA, del Gobierno norteamericano y de la mafia contrarrevolucionaria de Miami ya se había echado a andar: Luis Posada Carriles estaba fuera de la prisión  en 1985 y Orlando Bosch fue excarcelado en 1988. Hoy. ,uego de fallecido Bosh y Posada Libre,  ambos han vivido  tranquilamente en los Estados Unidos.

Al conocer estos hechos y la presencia en territorio norteamericano de estos dos criminales, causan estupor y rechazo las palabras pronunciadas por el entonces presidente George W. Bush, en un discurso pronunciado el 21 de septiembre de 2004, durante la apertura de la 59na Asamblea General de las Naciones Unidas, cuando dijo con su habitual desvergüenza: “Estamos decididos a destruir las redes terroristas dondequiera que operen”. Previamente había sorprendido al auditorio mundial allí presente con otra cínica frase: “Sabemos que los Gobiernos opresivos respaldan el terrorismo, mientras que los Gobiernos libres combaten a los terroristas entre ellos”.

Sobran los comentarios.

Percy Francisco Alvarado Godoy

Pasaje de su libro " Luis Posada Carriles: Un engendro incondicional de la CIA", publicado por Ediciones MinCI, Octubre, 2009.

sábado, 5 de octubre de 2013

Las otras víctimas del crimen de Barbados

 

Cuando un grupo de terroristas de origen cubano se reunieron en las montañas de Bonao, República Dominicana, entre mayo y junio de 1976, convocados por los terroristas Orlando Bosch Ávila y Luis Posada Carriles, con la anuencia de la Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA) y del FBI, así como la de los gobiernos de Chile y Venezuela, lo hacían para formar el Comando de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU), con el propósito de instrumentar la autodenominada “guerra por los caminos del mundo”, cuya finalidad era no sólo enfrentar a la Revolución Cubana sino servir de instrumento criminal del imperialismo en la represión contra las fuerzas progresistas latinoamericanas.

Sedientos de sangre, movidos por un incontenible odio visceral a la Revolución Cubana, planificaron sin tapujos y remordimientos una oleada de crímenes, los que ejecutarían en fecha posterior e inmediata. En esa reunión, a qué negarlo, se condenó a muerte a decenas de personas sin importar la estela de luto que dejarían tras de sí, ni la repulsa internacional que levantarían con sus actos criminales.

Los acuerdos más importantes fueron el asesinato del ex canciller chileno Orlando Letelier, a solicitud expresa del dictador chileno Augusto Pinochet; la voladura en pleno vuelo de un avión comercial cubano y el secuestro del Cónsul cubano en Mérida, Yucatán. Ni lentos ni perezosos, asesinaron a Letelier el 21 de septiembre en Washington. Un poco después, el 6 de octubre, ocurrió el atentando contra la nave de Cubana de Aviación con el resultado de 73 muertos y el intento de secuestro del Cónsul cubano en Mérida, en que fue asesinado el cubano Artagnan Díaz Díaz.

Mucho hubo de esperar la opinión pública internacional para comprobar las denuncias cubanas sobre los vínculos de la CIA, el FBI, la DINA chilena, la DISIP venezolana y otras agencias represivas, confabuladas en el “Plan Condor”. Los documentos recientemente desclasificados del Buró Federal de Investigaciones (FBI) y la Agencia Central de Inteligencia (CIA), incompletos y con tachaduras, atestiguan que estos crímenes no fueron realizados por obra de la casualidad, sino que representaban partes de una estrategia contrarrevolucionaria contra Cuba y América Latina.

Hoy se tiene la certeza, sin embargo, que la tragedia del avión de Cubana, en la que murieron todos sus 73 ocupantes, 57 de ellos cubanos, 11 guyaneses y cinco norcoreanos, fue preparada tres meses antes, sin el menor escrúpulo y compasión.

Cuando el vuelo CU 455 de Cubana de Aviación que acababa de despegar del aeropuerto de Barbados, reportó una explosión, exactamente a las 13.45 horas del 6 de octubre de 1976, hace ya 36 años, no sólo se incorporaban 57 nuevas víctimas al martirologio de los cubanos, costo doloroso por su lucha por alcanzar un mundo mejor, sino se dejaba a decenas de niños sin padres, a esposas y esposos sumidos en una dolorosa viudez, y a hombres y mujeres cubanas sin la presencia amada de sus hijos. Todos ellos también fueron víctimas en el crimen de Barbados.

Carlos Alberto Cremata Malberti goza hoy de respeto y admiración por su labor con los niños del grupo “La Colmenita” y como artista cubano. ¿Quién sabe si el amor a la dramaturgia y a la niñez no es acaso el resultado de esa dolorosa orfandad; de la nostalgia por el padre ausente y de la triste resignación de no poder verle más? Su corazón de hombre le puso al dolor una inmensa ternura por escudo, aunque sabe que “ha tratado de desterrar el odio y buscar refugio en el trabajo con los niños, pero lamentablemente ese sentimiento sigue ahí”.

Carlos Alberto esperó en vano el regreso de su padre, uno de los tripulantes del fatídico vuelo CU 455 de Cubana de Aviación. Supo durante años del dolor callado y atormentado de su madre, Iraida, sin tener la oportunidad de compartir con su padre las inmensas páginas de amor que edifica. Él es una víctima más del crimen de Barbados.

La mano asesina de Hernán Ricardo y Freddy Lugo, así como el odio irracional de Posada Carriles y Orlando Bosch, también convirtieron a Xiomara Peláez González en otra víctima más del crimen de Barbados. La muerte le arrancó para siempre la sonrisa de su hermana Milagros, ya consumada esgrimista a los 19 años de edad. Convertida en madre tempranamente, apoyó a la inquieta y soñadora Milagros y junto a sus hermanos Solángel, Noelia y Osvaldo, se regocijaron de sus triunfos. Hoy la casa está vacía sin ella, se extrañan sus travesuras, y sienten no sólo el dolor de su ausencia, sino una legítima sed de justicia.

Josefina Ileana Alfonso fue otra niña que sufrió en carne propia por la mano asesina de los terroristas en Barbados. Todavía no se repone del golpe recibido. Un día, inexplicablemente para su edad en ese entonces, perdió la compañía de su padre, Demetrio, uno de los asesinados en el vuelo CU 455. Creció sin que su progenitor pudiera ver sus momentos más especiales en la vida de una mujer. Sólo unas viejas fotos le han acompañado en esa vida, para encontrar en ellas la mirada cariñosa el aliciente imprescindible para combatir a la tristeza y al dolor. Ella también es otra víctima del crimen de Barbados.

Belkis Bermúdez tampoco pudo ver la alegría retratada en el rostro de su padre, jefe de la delegación integrada por el Equipo Juvenil de Esgrima, por la honrosa cosecha de medallas lograda en Caracas. De no haber sido asesinado, Belkis hubiera podido escuchar de sus labios todo el orgullo que era capaz de rebozar cuando hablaba de los triunfos cubanos. Sin embargo, la sala de su casa permaneció silenciosa, la alegría se trocó en dolor punzante y la nostalgia se apoderó de su corazón de niña. Ella fue otra de las víctimas del crimen de Barbados.

Una madre cubana, Martha Hernández, perdió a su hijo aquel triste 6 de octubre de 1976. Carlos Manuel, con apenas 20 años de edad, viajaba en la nave saboteada y regresaba a la Patria con la alegría de reencontrarse con el regazo maternal, con la casa acogedora y los amigos entrañables de su barrio. La mano criminal le segó la vida y hundió a los suyos en el dolor y el luto. Le barrieron de golpe tanto sueño, que la justicia debiera sentirse abochornada por la impunidad de que gozan sus asesinos. Martha es y será otra víctima más del crimen de Barbados.

Camilo Rojo, mi hermano Camilo, también sufrió la pérdida dolorosa de un ser querido: su padre. Aún recuerdo su voz quebrada, denunciando el crimen y la dolorosa orfandad en el Encuentro contra el Terrorismo y ante el Tribunal Antiimperialista en Caracas. Aún recuerdo sus ansias de justicia, su reclamo terco e insistente para que las leyes de los hombres juzguen a las bestias que le arrebataron a él y a sus hermanos, Mario y Jesús, la compañía de su padre.

Camilo sufrió al progenitor ausente. Sus cinco años no pudieron explicar cómo, de repente, aquel repartidor de caricias y sonrisas, se fue de su lado para no regresar. Para Camilo, es cierto, la vida nunca fue igual: no hubo un padre que lo esperara al salir de la escuela, que compartiera con él sus puros sueños de la adolescencia, que lo viera triunfar ante los retos de su existencia y que le acompañara en los momentos maravillosos que ocurren cuando uno se casa o le nacen los hijos.

En Caracas, durante el XVI Festival de la Juventud y los Estudiantes, participamos ambos en eventos de denuncia contra el terrorismo: él como familiar de las víctimas de este flagelo, y una de las víctimas legítimas de él, y yo como combatiente anti terrorista. Mientras le escuchaba reclamar justicia y narraba las páginas dolorosas de su vida y orfandad, confieso que sentí un sano orgullo por haber dedicado mi vida a combatir a los asesinos de su padre. Tal vez en eso me reconforta un poco su dolor.

Cuando he hecho el recuento de algunos de los cubanos que perdieron a sus seres queridos en el criminal atentado de Barbados, representando desde luego a todos aquellos que sufrieron ese día y la vida entera a causa de este detestable sabotaje, creo que lo más doloroso es que sus victimarios hoy viven impunemente protegidos por quienes se anuncian como adalides de la lucha contra el terrorismo.

¿Por qué tanto silencio, me pregunto con indignación, cuando se habla del crimen de Barbados? ¿Qué tienen nuestros muertos que los haga más insignificantes a los otros causados por el terrorismo en Nueva York, Madrid u otro sitio en el mundo? ¿Cuándo habrá justicia para ellos?

Me reconforta que, mientras Orlando Bosch vivió en Estados Unidos vanagloriándose de sus crímenes, y a Posada Carriles se le ampara desfachatadamente en ese país, los familiares de sus víctimas sigan luchando para que un día imperen la justicia y la razón. Mientras las voces de ellos no cesen; mientras se mantenga su reclamo los Encuentros contra el Terrorismo y en los Tribunales Antiimperialistas, desde el Comité de Familiares de las Víctimas de Barbados, y mañana en cada foro de denuncia, nos habremos ganado el derecho de ver a nuestros mártires con orgullo.

Nuestro pueblo cubano demostró que no cesará en su reclamo de justicia, acompañándolos hoy como lo aquel día octubre de 1976 al llorar con virilidad hasta hacer temblar a la injusticia. Lo demostró en aquella enorme marcha realizada el 17 de mayo del 2005 en la que más de un millón de cubanos dijeron ¡No al terrorismo! Lo demuestra cada día, cada hora y cada minuto.

Por eso, cuando este 6 de octubre,  aún nos invadan el dolor y el clamor de justicia, pensando en tanta vida inútilmente tronchada, en el luto sembrado impunemente en nuestros corazones, nos aprestaremos con más ímpetu en la denuncia, en la defensa de la verdad y en reclamo permanente de justicia.

Percy Francisco Alvarado Godoy

10/06/2012

El crimen de Barbados espera por la justicia


En la foto: A la derecha el terrorista Luis Posada Carriles quien continúa libre en Miami. A su lado, al centro, el mercenario cubano Guillermo Fariñas y en el extremo izquierdo el traidor Hubert Matos.


El seis de octubre de 1976 un avión de Cubana de Aviación fue objeto de un sabotaje que lo hizo estallar en pleno vuelo cerca de Barbados, y provocó la muerte de todos sus tripulantes y pasajeros, entre ellos, el equipo de jóvenes ganadores del Campeonato de Esgrima de Centroamérica y el Caribe, y otros viajeros guyaneses y coreanos.

   Los familiares de las 73 víctimas, y los pueblos cubano, guyanés y coreano, 37 años después, aguardan por la justicia. Los principales culpables aún no han sido sancionados y continúan su carrera criminal, la cual no ha cesado.
   Quienes concibieron, planearon y dirigieron la acción genocida tienen largo expediente de terrorismo desde que, en los años sesenta, empezaron a practicarlo a sueldo de la CIA.

   Su responsabilidad en la voladura del avión cubano y el asesinato a sangre fría de todos los viajeros, son conocidos por el gobierno de Estados Unidos, tal como reconoció en documento oficial el 23 de junio de 1989, el Departamento de Justicia de ese país.

   Pese a sus notorios delitos, incluso cometidos en Estados Unidos, uno de ellos, Orlando Bosch, fue indultado por el entonces presidente George H. Bush, y vivió tranquilamente en ese país hasta su muerte.

   El otro, Luís Posada Carriles, después de escapar de una cárcel venezolana donde esperaba juicio por el caso del avión cubano, pasó a trabajar para la Casa Blanca en actividades clandestinas que EE.UU. realizaba en Centroamérica y, posteriormente, dirigió los ataques con bombas contra varias instalaciones turísticas en Cuba.

   Su última fechoría conocida fue la organización del frustrado atentado contra Fidel Castro y cientos de estudiantes panameños con motivo de la celebración de la Cumbre de Jefes de Estado de Iberoamérica, en Panamá.

   Luego entró clandestinamente en Estados Unidos sin ser molestado, y vive tranquilamente en ese país pese a la reiterada solicitud del gobierno venezolano de que sea extraditado.

   Cuba posee sobradas razones y la fuerza moral suficiente para  reclamar se haga justicia por ese crimen y la larga lista de tropelías cometidas contra el país a lo largo de más de medio siglo; también para reclamar que el esfuerzo internacional contra el terrorismo sea sincero, consecuente, sin dobles raseros ni discriminaciones, y sin manipulaciones fraudulentas.

   Mientras el expediente del crimen de Barbados permanezca sin concluir, y en tanto el resto de las atrocidades terroristas fraguadas y ejecutadas desde Estados Unidos no reciban el castigo merecido, será imposible que alguien por allá tenga el mínimo de seguridad para erigirse en fiscal de ese flagelo.


Cubasí  -  Ángel Rodríguez Álvarez/ AIN - Viernes, 04 Octubre 2013

MONCADA



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