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jueves, 26 de marzo de 2015

¡Prepárese el enemigo, que estoy para dar batalla!



Hoy he sido un hombre feliz, aunque hay razones que me impiden entrar en detalles. Celebré nuestras victorias y rememoré a nuestros 105 mártires -entre ellos a una mujer valiosa-:Adriana Corcho-, lo que es el precio necesario para salvaguardar la seguridad de nuestro pueblo.

En mis más de 20 años como agente de la seguridad cubana, aprendí que hay alegrías que no puedo compartir plenamente con mis seres queridos. Por eso me limitaré a disfrutar esta felicidad.

Estuve cerca de personas a las que admiro y que me han servido de guía.

Salí fortalecido. Dispuesto a seguir batallando por los sueños de este pueblo que amo.

Entiendan nuestros enemigos que con regalos como el que recibí hoy, día del 56 Aniversario de nuestros Órganos de la Seguridad del Estado (OSE), sobran los dineros y las cosas materiales.

Mi amor a Cuba, a su Revolución, salió más fortalecido que nunca. Les juro que hoy tengo 15 años.

¡Prepárese el enemigo, que estoy para dar batalla!

Percy Francisco Alvarado Godoy

viernes, 29 de noviembre de 2013

Olvidos.... Y mi opinión


Integrantes del Ejército Rebelde


"Ha sido un excelente compañero, nunca nadie ha sido tan entregado como él a las tareas que se le han encomendado. Es ejemplo de revolucionario, de sacrificio, sencillez... "

Todas esas cosas las escuché decir en la despedida de alguien a quien luego ni se acordaron de invitar a un evento importante. Y de esos olvidos hay muchos a diario. Se retiró, dejó de ser el jefe de... , han pasado muchos años desde sus glorias... ; sea cual sea la causa, no hay justificación para la ingratitud, porque echar al abandono a quien nos ha servido bien, no puede llamarse de otra manera.

Es cierto que la modestia es una cualidad digna de elogio, por eso desconfío de los que se alaban constantemente y pretenden reverencias solo porque una vez hicieron algo; creo que quizá por eso me duelen tanto los desaires a los otros, los que sin alardes, sin pedir nada a cambio, lo dieron todo en un centro laboral, en el deporte, la cultura e incluso en la lucha por conseguir un Primero de Enero.

No suelen ser personas que pidan reconocimientos aunque los merezcan, pero también tienen necesidades, a veces tan simples como ser escuchados o compartir lo que saben, y sin embargo no nos damos el tiempo para atenderlas.

No creo que esos olvidos sean solo responsabilidad del "gobierno", como dicen algunos, aun cuando está claro que debe existir una voluntad de destinar recursos para retribuir los aportes diferenciados de algunos hombres a la construcción de esta sociedad; mas suele suceder que la falta de memoria viene de los individuos, pues cómo entender entonces que haya incluso funcionarios cuyo trabajo es justamente atender a estas personas, y no lo hagan. Gente que acaso no piensa en la tristeza que causan sus actitudes y como estas defraudan y laceran, no solo a uno, sino a todos alrededor.

Faltan cortesía, tacto y respeto, tanto para los protagonistas como para sus familias; es doloroso ver también cómo después que ha muerto aquel con el cual se tenían algunas atenciones, se olvida a quienes deja atrás, mostrando que más que agradecimiento o cariño, se hacía todo por obligación.

Hace un tiempo un trabajo periodístico llevó a una colega hasta la puerta de los familiares de un revolucionario cuyo nombre lleva un reparto de la ciudad de Holguín y sin embargo pocos conocen cómo fue su corta vida, que entregó por la libertad definitiva de este país.

También me asombré al descubrir que cerca de casa tengo a dos guerrilleros de la Sierra y una señora que se volvió maga en la clandestinidad para ayudar a los rebeldes, allá por 1958. Me habría encantado que mis profesores, en lugar de mandarme a leer un libro o intentar contarme lo que estos dicen, me hubiesen llevado frente a esas personas para vivir con sus anécdotas el frío de las noches de campaña o las tensiones de los que conspiran.

La Asociación de Combatientes tiene una gran responsabilidad en que no ocurran estos olvidos, pero también la sociedad, porque hay muchas maneras de ser héroes y a todos les debemos respeto.


"Un árbol crece bien cuando se cuidan bien sus raíces", es una frase que escuché a alguien hace tiempo y que me encanta; tendríamos que pensar más en ello y anotar en agendas con tinta indeleble, para no pecar de ingratos y también para reconocernos, para saber de dónde venimos y hacia dónde vamos.

KARINA MARRÓN GONZÁLEZ

Periódico Granma

Mi opinión:

Primero que todo felicito a Karina por tan acertado trabajo. Hacía falta, desde hace mucho tiempo, abordar este tema que nos implica a todos, a los olvidados y a los que nos olvidan.

Es cierto que nunca buscamos mejor gloria que la gratitud del pueblo y, eso, sobra para gratificarnos. Empero, también es cierto que esa ingratitud está enquistada en nuestra manera de pensar. Cuando somos jefes nos preocupa el trabajo, aunque a algunos les interese más sus beneficios personales.  Luego, cuando nos jubilamos, recojemos lo que sembramos, pues los nuevos jefes se olvidan de nosotros.

Los hombres de mi generación, aunque pasemos necesidades y algunos suframos las promesas incumplidas, extrañamos siempre cuando se nos pasa por alto en un aniversario o evento en el que nos sentimos merecedores de estar. Eso duele profundamente, te lo aseguro. 

¿Sabes lo que significa para nosotros una llamada preocupandose por uno, una flor que se nos obsequia en un acto de barrio, en una unidad de combatientes o en una escuela? ¿Te imaginas -abandonada ya la época de la diplomanía-, la falta que nos hace hoy un pedacito de papel que nos honre por nuestro batallar por la defensa de la vida o por la obra realizada, incluso aún más que cosa material alguna? ¿Has visto el brillo hermoso de la admiración de un niño cuando vamos a un acto en su escuela, lo reconfortante que es? Y sin embargo, muchas veces perdemos la oportunidad de regalarle lo hermoso de nuestra historia a nuestros niños y adolescentes.

Hemos sido héroes del pueblo y a él nos debemos. Pero se da la magia de que somos parte de un pueblo de héroes, y cientos de hombres y mujeres necesitan ser atendidos por sus glorias que deben de ser inolvidables, que estamos obligados a no olvidarlas nunca y mostrarles nuestro agradecimiento.

Creo que olvidar a nuestros héroes es injustificado y bochornoso, incluso, ingrato. Dejar que la apatía y el olvido los ignore es una contribución a la pérdida de nuestros valores y la riqueza de nuestra historia de luchas. ¡Dénle un minuto, aunque sea un minuto, a cada cual, y los dignificaremos! Esto también nos hará dignos.

No dejemos que se olvide la historia, pues ella está allí, precisamente allí, en nuestras gentes. Este debe ser uno de los principales objetivos del trabajo político ideológico y con él debemos comprometernos. Esa es una debilidad a vencer, pues de ella se derivan muchos males que padecemos como la falta de sentido de pertenencia de muchos oficiales y soldados, como la falta de compromiso, como el desconocimiento de nuestras tradiciones de lucha y como la falta de motivación en las jóvenes generaciones.

Mucho ha hecho la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana pero, como dices, no es solo de ella el trabajo de atención a nuestros combatientes. Debe estar respaldado por el MININT y el MINFAR, por el Partido, por las organizaciones de masa, por la sociedad toda. ¡Búsquense los recursos, que ellos existen! Mucho más se pierde a diario en corruptelas, gastos innecesarios y deficiente trabajo en la administración en todos sus niveles. Un presupuesto mínimo debe crearse para ese fin.

Una revolución que olvida a sus héroes corre el riesgo de   morir por sí misma y eso debemos evitarlo. Hacerlo garantiza la continuidad de la Revolución. Recordemos a Martí y nunca olvidemos que "Honrar, honra".

Te agradezco, Karina, en nombre de los olvidados. Muchas veces quise decir eso mismo y lo he hecho en un combate diario. Hoy me enorgullece que salga de ti. No estamos solos en esta batalla por la gratitud.

Percy Francisco Alvarado Godoy.
 

viernes, 15 de febrero de 2013

La mujer que vengó al Ché

monika_
Monika Ertl

Hija de uno de los grandes propagandistas del nazismo (Hans Ertl, por mucho tiempo se lo conoció como “el fotógrafo de Hitler”), Monika terminó en Bolivia cuando el Tercer Reich se derrumbó y los jerarcas huyeron a los refugios más lejanos del planeta. Se crió en un círculo tan cerrado como racista, en el que brillaban su padre y otro siniestro personaje al que ella llamaba “tío”: Klaus Barbie, “el Carnicero de Lyon”.


Monika Ertl
Monika Ertl

Pero la joven y bella alemana creció y todo cambió en el final de los años sesenta. Y la muerte de Ernesto Guevara en la selva boliviana significó el empujón final: rompió con sus raíces y en un giro copernicano terminó militando en las filas del Ejército de Liberación Nacional, el grupo guerrillero creado por el mismísimo Che.

Ernesto Che Guevara en Bolivia
Ernesto Che Guevara in Bolivia in (Photo credit: Wikipedia)

En 1971, cruza el Atlántico, vuelve a su Alemania natal, y en Hamburgo ajusticia personalmente al cónsul boliviano en esa ciudad. ¿Quién era? Nada menos que el coronel Roberto Quintanilla, el responsable del ultraje final a Guevara: la amputación de sus manos. Allí comenzó una cacería que atravesó países y mares, y que sólo encontró su fin cuando Monika cayó muerta.

 Por Jürgen Schreiber

Tomado de:  Marxismo Crítico

Más sobre la mujer que vengó al Ché

Por el interés mostrado por el post, les muestro estas fotos de Monika. Incluyo información extra que completa lo presentado en el artículo anterior sobre ella.

Monika Ertl niña
Monika Ertl niña

Monika Ertl en la guerrila
Monika Ertl en la guerrilla

Roberto Quintanilla, cónsul boliviano, excoronel de los cuerpos represivos, el responsable del ultraje final a Guevara: La amputación de sus manos, luego de su fusilamiento en La Higuera, es el mismo coronel que gusta fotografiarse junto a los cuerpos de los guerrileros muertos, así aparece en decenas de fotos de la época. Ahora, vestido elegantemente de traje aparece en la oficina y saluda impactado por la belleza a esa mujer que dice ser australiana y que días antes le ha pedido una entrevista.  La mujer lo mira fijamente a los ojos y sin mediar palabras extrae un revolver y dispara tres veces.

Arma utilizada por Monika para hacer justicia
Arma utilizada por Monika.

Allí comenzaría una cacería que atravesó países y mares y que solo encontró su fin con la muerte de Monika en 1973, en una emboscada que según algunas fuentes le tendió su “tio” , Klaus Barbie. Antes de ser asesinada fue salvajemente torturada.

Coronel Quintanilla junto al cuerpo de Inti Peredo
Coronel Quintanilla junto al cuerpo de Inti Peredo

Monika
Monika

El día de su boda
El día de su boda



Por Raúl Antonio 
Capote


Tomado de El Adversario Cubano

 




domingo, 30 de diciembre de 2012

Batista: el derrumbe

El café con leche ha tenido siempre un papel de importancia en la vida política cubana. Se hace presente en los momentos más insospechados. En enero de 1934, cuando se discutía en Columbia la destitución del presidente Grau, el coronel Batista suspendió la reunión e invitó a los reunidos a tomarse un café con leche en su casa del campamento militar. Antonio Guiteras, ministro de Gobernación en el Gobierno de los Cien Días, cada vez que los problemas lo agobiaban, caminaba hasta el hotel Saratoga y, en el restaurante de esa instalación hotelera, se disipaba ante una taza de café con leche. El político Eduardo R. Chibás siempre que se batía a duelo, y lo hizo en nueve ocasiones, acudía al restaurante Kasalta, a la entrada de Miramar, y pedía café con leche doble con una ración reforzada de pan con mantequilla. Lo último que hizo el dictador Fulgencio Batista, en la madrugada del 1ro. de enero de 1959, antes de salir de la casa presidencial de Columbia para un viaje sin regreso, fue ordenar que le sirvieran una taza de café con leche. Horas antes había enviado a un oficial de su confianza a que visitara a Leocadia y preguntara a la célebre espiritista de la calle San Beatriz, en Arroyo Apolo, si debía retener el poder o irse al exterior. La mujer, que en ese momento cenaba en compañía de los suyos, abandonó la mesa y salió al encuentro del visitante. «Que se vaya…», le dijo. Y de manera tajante añadió: «Dígale al General que no espere más».
En realidad, a esa hora no necesitaba el dictador de consejo espiritual alguno para enrumbar su conducta. El Oriente de la Isla estaba casi totalmente controlado por el Ejército Rebelde, Fidel se proponía el ataque a Santiago de Cuba, sometido ya a un cerco elástico, y en la región central los comandantes Che Guevara y Camilo Cienfuegos mantenían la iniciativa.
La cosa no iba mejor en las propias filas batistianas. Ya para entonces, el mayor general Eulogio Cantillo Porras, jefe de operaciones antiguerrilleras, se había comprometido con el Comandante en Jefe a encabezar, el 31 de diciembre, un pronunciamiento militar en el cuartel Moncada y exigir desde allí la renuncia del Gobierno y la captura de Batista y los grandes culpables. No cumplió nada de lo pactado y se arrepintió, en el mismo día en que debía estallar el complot, de llevar a finales la conspiración contra Batista que involucraba asimismo a otros altos oficiales. En ese momento había por lo menos tres conspiraciones dentro del Ejército. En total connivencia con el dictador, Cantillo aceptó la propuesta de un golpe militar contra Batista preparado por el mismo Batista, que lo dejaría como dueño del poder. Debía ocurrir el 6 de enero de 1959. Los acontecimientos se precipitaron.

Llamada desde Kuquine

Batista comenzó a preparar su fuga en la noche del 22 de diciembre de 1958, cuando pidió al general Francisco H. Tabernilla Palmero, «Silito», jefe de la división de infantería Alejandro Rodríguez, destacada en la Ciudad Militar de Columbia —el pollo del arroz con pollo del Ejército cubano— y al mismo tiempo su secretario militar, que averiguase con su hermano Carlos, jefe de la Fuerza Aérea, cuántos puestos habría disponibles en los aviones «en caso de que tengamos que irnos». Tres aviones con 108 asientos, respondió el coronel Carlos Tabernilla y Batista le ordenó entonces a Carlos que a partir de ese momento tuviera los aviones y sus tripulaciones preparados durante las 24 horas del día. Enseguida dictó a «Silito» los nombres de los que se irían en cada uno de los aparatos y la cantidad de familiares o allegados que podrían acompañarlos. El ayudante apuntó los nombres en pequeñas hojitas de papel violeta —una por avión— y luego mecanografió la lista. Batista le pidió que no archivara el documento, sino que lo mantuviera en sus bolsillos y, sobre todo, que no comentara el asunto con nadie. En atención a esa orden, dice el general «Silito» en sus memorias, no reveló lo que se tramaba ni siquiera a su padre, el mayor general Francisco Tabernilla, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas.
El 31 de diciembre, a las cinco de la tarde, uno de los empleados del Club de Oficiales de Columbia avisó a «Silito»  que lo llamaban por teléfono. Batista en persona, algo inusual, le hablaba desde Kuquine, su finca de recreo en El Guatao. Preguntaba si el general Cantillo había regresado ya de Santiago de Cuba. Encargó a «Silito» que lo contactara no más volviera y le dijera que quería verlo en la finca a las 8:30 de esa noche. «Silito» y Cantillo conversaron sobre las seis de la tarde. No, Cantillo no podría encontrarse con el Presidente a la hora indicada, pues era su aniversario de bodas y lo celebraría con una comida familiar. Avisado, Batista cambió la hora; lo recibiría a las 10:30 en el lugar señalado. «Silito», en cambio, debía presentarse de inmediato en Kuquine. Allí estaban ya Gonzalo Güell, ministro de Estado (Relaciones Exteriores), y Andrés Domingo, secretario de la Presidencia y cúmbila y testaferro del dictador. Recibió el ayudante la orden de informar a los incluidos en la lista del 22 que, con el propósito de esperar el año, deberían hacerse presentes sobre las 11 de la noche en la casa presidencial de la Ciudad Militar. Los edecanes militares de guardia ayudarían en las llamadas a «Silito», que se comunicaría además con su hermano Carlos para decirle que esa noche era la de la partida. Un inconveniente fue solucionado a tiempo. El jefe de la Fuerza Aérea había dado permiso a los pilotos para que esperasen el Año Nuevo con sus familias.
Cantillo llegó tarde a la cita. Conversó en privado con Batista durante 15 minutos. Al finalizar la reunión, el dictador pidió a «Silito» que traspasara a Cantillo la jefatura de la división de infantería e impusiera del cambio de mando a todas las unidades destacadas en Columbia. Pidió a ambos que lo esperasen en la casa presidencial, y advirtió a Cantillo que no pusiera en libertad al coronel Ramón Barquín y sus compañeros presos, por conspiradores, desde 1956.

La mejor actuación

Lo que sigue es confuso y ha sido contado de diferentes maneras según el papel que le tocara desempeñar al testimoniante. Papo Batista, el hijo mayor del dictador, decía que no cabía hablar de fuga para aludir a los sucesos de la madrugada del 1ro. de enero de 1959, sino de una salida ordenada, garantizada en todo momento por el general Cantillo. De opinión similar era el general Roberto Fernández Miranda, jefe del Departamento Militar de la Cabaña y cuñadísimo de Batista. Dice Fernández Miranda en sus memorias que no pensaba acudir esa noche a la casa presidencial, pero que su cuñado se lo pidió, y que para indicarle que todo estaba en orden le dijo que «Ramirito se encontraba bien…»; contraseña que utilizaban entre sí para indicar que no había motivos de alarma. El recuerdo discordante lo ofrece Anselmo Alliegro, hasta ese momento presidente del Senado. Llamado por Batista, entró al despacho presidencial y vio al dictador sudado y nervioso. Frente a él, todo el generalato. Exclamó al verlo: «Qué le parece, Alliegro… Estos señores me han dado un golpe de Estado». No nos llamemos a engaño, sin embargo. Gran simulador, Batista estaba escenificando la que tal vez fue la mejor actuación de su vida.
El dictador llegó a Columbia poco antes de las 12. Ya en la casa presidencial pidió a su hijo Jorge, de 16 años de edad, que despertara a sus hermanos y se preparasen para un viaje al exterior. Enseguida saludó a las señoras que conversaban con la Primera Dama e hizo apartes con algunos de los invitados. A las 12, con una copa de champán en alto, felicitó a los presentes. El ambiente no estaba para fiesta y muchos, con pretexto o sin él, se retiraron. El coronel Irenaldo García Báez, segundo jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) y fiel del todo a Batista, se acercó a saludarlo. Lo notó un tanto extraño. «“Silito” —le dijo Batista— tiene órdenes para ti. Cúmplelas al pie de la letra».

Expedientes «K»

Irenaldo no daba crédito a lo que oía. Batista se iría esa misma noche y Cantillo asumiría el mando. Tuvo que tomar asiento para reponerse. Debía destruir todo el archivo que contenía lo referente a los expedientes «K», personas que de manera encubierta trabajaban para la Policía, infiltrados en las organizaciones revolucionarias. Cuando se repuso de la noticia de la huida, volvió al salón de fiestas para conversar otra vez con Batista y convencerlo quizá de que cambiase de propósito. No pudo hablarle. Fue a su casa y se vistió de completo uniforme. Se trasladó a la sede del SIM y quemó los papeles.
Batista mientras tanto conversaba de manera individual con los jefes militares. Afirman José Luis Padrón y Luis Adrián Betancourt en su libro Batista, últimos días en el poder —una de las investigaciones más completas que existen sobre el tema—, que aunque algunos jefes militares estaban dispuestos a luchar hasta el final e incluso a morir, a esa altura la guerra estaba irremisiblemente perdida. Aun así, si Batista decidía hacer frente a los rebeldes en la capital contaría con un impresionante dispositivo bélico. Tanques de guerra, aviones, barcos… Unos 5 000 hombres se concentraban en Columbia, más de mil en La Cabaña y 1 200 en la base aérea de San Antonio de los Baños, sin contar 10 000 policías, un servicio secreto enorme y un número indeterminado de colaboradores a sueldo. «Solo escaseaba, evidentemente, una motivación para arriesgar la vida», escriben Padrón y Betancourt.
Pasaron los jefes militares al despacho presidencial y el general Cantillo asumió el papel que le asignaron de antemano. Habló de la grave situación por la que atravesaba el país y la imposibilidad de restablecer el orden, por lo que le pedía la renuncia al Presidente en nombre de los altos jefes militares. En el documento que se redactó al respecto, Batista consignó que en forma igual o parecida se habían dirigido a él representantes de la Iglesia, del azúcar y los negocios nacionales. Firmó Batista el documento con sus iniciales, como era habitual, firmaron los generales y firmó Alliegro como sustituto constitucional, porque el vicepresidente había renunciado al resultar electo alcalde de La Habana en las espurias elecciones del 3 de noviembre.
Quedaron solos «Silito» y Batista en la oficina presidencial. Pidió Batista a su ayudante que le enviase a su casa de Daytona Beach, en la Florida, todo el archivo y los cuadros que adornaban el local. Antes de salir, Batista tomó los 15 000 dólares que días antes regalara a «Silito» y que el ayudante guardaba en una de las gavetas de su escritorio.
«Silito» y los ayudantes del Presidente comunicaron la noticia de la renuncia a ministros, parlamentarios, dirigentes obreros y políticos gubernamentales en general. El coronel Orlando Piedra, jefe del Buró de Investigaciones, informó a altos oficiales de la Policía Nacional y en una caravana de más de 30 automóviles condujo a muchos de ellos al aeropuerto militar. Una escuadrilla de tanques, mandada por Cantillo, protegía el aeródromo, y no eran pocos los oficiales que habían acudido a despedir a su líder. Escribe Fernández Miranda: «A pesar de todo aún tenía mando, y la escolta de ceremonias estaba en posición de presenten armas como si el Presidente saliese de gira». Desde la escalerilla del avión gritaba Batista las últimas órdenes a Cantillo.
La gestión de Cantillo en Columbia, al frente de un Ejército totalmente desarticulado, resultó efímera. A las nueve de la noche del 1ro. de enero el coronel Ramón Barquín, recién llegado de Isla de Pinos donde cumplía prisión por la conspiración del 4 de abril de 1956, le exigió el mando de las fuerzas armadas. El día 3, el primer teniente José Ramón Fernández, que había cumplido prisión por los mismos sucesos, detenía a Cantillo en su residencia de la Ciudad Militar.
Mientras tanto Fidel, desde la ciudad de Palma Soriano y a través de las ondas de Radio Rebelde, no acataba el cese de las hostilidades, negaba reconocimiento a la junta de Columbia —tampoco reconocería a Barquín— y llamaba al pueblo a la huelga general revolucionaria que impediría que la Revolución se viera frustrada en sus propósitos, y advertía: «¡Revolución sí; golpe militar no!».

Por  Ciro Bianchi Ross

Juventud Rebelde digital

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