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viernes, 5 de abril de 2013

Estados Unidos tiene 'aspectos dictatoriales' según Naomi Wolf

La capacidad de detener de manera indefinida a personas sin un juicio o que la cárcel de Guantánamo siga abierta son ejemplos, para la autora estadounidense Naomi Wolf, de que "Estados Unidos tiene aspectos dictatoriales".

Aunque la escritora se resiste a considerar dictador a Barack Obama porque "sería demasiado simplista", asegura que sus políticas "han creado realidades peores que la administración de (George) Bush", durante la que ella escribió "The End of America".

En ese libro, que tuvo su equivalente en forma de documental, Wolf analizaba en diez pasos cómo una democracia se podía convertir en un estado totalitario.

"Las democracias se pueden ir cerrando sobre sí mismas, lentamente, y es difícil parar cuando han comenzado", afirmó Wolf en declaraciones a Efe durante su participación en el Festival Literario de Madeira, que se celebra esta semana en el archipiélago atlántico portugués.

La autora pone como ejemplo de ese proceso la ley norteamericana de Defensa Nacional de 2012 (NDAA, por sus siglas en inglés) con la que se podría mantener en arresto indefinido a personas sospechosas de colaborar en actos contra el país.

Wolf, quien junto a otros intelectuales como Noam Chomsky, apoyó la demanda contra esa ley interpuesta por el periodista del New York Times Christopher Hedges, cree que "aunque Obama quiera actuar y cerrar Guantánamo, ya no tiene el poder para hacerlo".

"Los millones de dólares son los que están realmente a cargo del proceso legislativo", sentencia la estadounidense en referencia a los intereses de la industria de defensa y el presupuesto para construir un nuevo edificio en la cárcel de Guantánamo.

Además de la "crisis democrática" que ve en su país, Wolf se muestra preocupada por la que percibe en Europa, por la "falta de representatividad" y signos como la represión de los manifestantes, que "no están asustando suficientemente a la gente".

Los peligros que advierte Wolf en las sociedades democráticas son la razón de que intente dar "poder" a la población en cada libro que escribe o desentrañar la "intriga" que esconde el afán de mentir.

"Me interesa saber por qué alguien desea que otros piensen algo que podría no ser verdad" afirma la autora, cuya intención es dar información, contar "lo que la gente merece saber para hacer una buena elección".

Ese objetivo ya le acompañaba hace más de veinte años cuando escribió "El mito de la belleza", con el que se convirtió en una de las voces más conocidas de la tercera ola del feminismo y cuyo contenido confiesa que hubiese cambiado ahora.

Hay cosas que han mejorado, como la conciencia de manipulación de las imágenes, señala.

Las adolescentes que aparecen en los catálogos de las grandes marcas de ropa interior "son mujeres retocadas por ordenador" y, además, hay una mayor libertad para establecer "cuál es la definición de belleza de cada mujer".

También se lamenta de haber pronosticado al final de su libro un gran crecimiento del número de hombres con problemas de imagen.

"Era un gran mercado conseguir que los hombres estuvieran tan preocupados y nerviosos por su apariencia como las mujeres", a lo que ha ayudado el aumento, por un acceso sencillo, de la pornografía, que ha creado prototipos de lo "sexualmente aceptable".

Sin embargo, Wolf no rechaza el llamado "porno para mamás" y obras como la trilogía de E. L. James. iniciada con "Cincuenta sombras de Grey", siempre que sirva para "tomar en serio la sexualidad femenina, la curiosidad y su placer".

Wolf, puntualiza que ella no ha leído ninguno de los tres títulos porque, como revela su último libro, "Vagina: A New Biography", la neurociencia ha establecido que hay una conexión entre el cerebro y el órgano femenino por la cual el erotismo y la pornografía "generan a corto plazo excitación, pero después pueden desensibilizar". 

Funchal (Portugal) EFE

Tomado de http://www.lahora.com.ec
 

 

jueves, 4 de abril de 2013

La rebelión para eliminar a Somoza



El incumplimiento del pacto político que había sido firmado en Managua, el 3 de abril de 1950, conocido como el “Pacto de los Generales”, entre Emiliano Chamorro y Anastasio Somoza García, produjo como consecuencia no esperada una conspiración armada, por parte de un fuerte sector de exoficiales académicos de la desaparecida Guardia Nacional, contando con el respaldo unánime de valiosos elementos profesionales del país, entre los que figuraron los doctores Francisco (Paco) Ibarra y Enrique Lacayo Farfán.

Somoza García, creador de su macabra regla de las tres P: “Plata para los amigos, palo para los indiferentes y plomo para los enemigos”, por costumbre y tradición se burlaba e incumplía todo lo que suscribía. Eso lo corroboró faltando a los puntos básicos del convenio político con Emiliano Chamorro que contemplaba, entre otros aspectos, la “no reelección”.

El dictador, dándole rienda suelta a sus ambiciones pasó por encima de los acuerdos y comenzó a tejer los hilos para alcanzar su finalidad. Esto vino a crear las condiciones apropiadas para hacer posible lo que se conoce en la historia como “la rebelión de abril”, que por los preparativos militares pudo desembocar en una contundente victoria, que diera paso al establecimiento de un gobierno pluralista, respetuoso de todas las libertades, constructor de la democracia, y por consiguiente impulsor del Estado de Derecho. Objetivo que aún en los presentes tiempos no se ha podido hacer realidad. por la repetición de otra dictadura que ha resultado más siniestra que la anterior de 45 años.

Por la infidencia de un traidor, de esos que nunca faltan en los movimientos libertarios y que ponen al descubierto la cobardía de algunas personas y su apego dinero, fracasó la rebelión del 4 de abril de 1954. Y a Nicaragua se le escapó de las manos la posibilidad de tener un gobierno que diera apertura a los postulados de la paz social, tantas veces destruida por serias confrontaciones.

Otro de los motivos del fracaso del complot de abril del 54, fue la incompatibilidad de criterios que se registró entre los rebeldes, lo cual, por efecto lógico dio lugar a la anarquía. Y la otra causa fue que el fundador de la dinastía somocista aplazó un viaje que había programado a su quinta veraniega en “Montelimar”, a donde iría a mediar en una fuerte controversia entre sus hijos, los hermanos Luis y Tachito. Somoza García fue antes al Aeropuerto de Managua, para recibir un lote de caballos de raza que le enviaba de regalo su colega dictador de Argentina, Juan Domingo Perón, y allí fue avisado del complot, el cual fue abortado mediante un baño de sangre contra los patriotas que inmediatamente fueron ejecutados.

A los rebeldes que fueron apresados y conducidos a los temibles sótanos de Casa Presidencial, ubicados en la Loma de Tiscapa, se les sometió a intensos interrogatorios y sádicos tratamientos en las cámaras de torturas. Entre esos prisioneros estaban: Pablo Leal Rodríguez, los hermanos Adolfo y Luis Felipe Báez Bone, Jorge Rivas Montes y otros. En esa ocasión, a Pablo Leal, el funesto “Tachito”, el de lentes oscuros que “ocultaban la imagen de su alma”, como dijo una vez el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, en uno de sus tantos editoriales, con una bayoneta le cortó la lengua; a Rivas Montes, con un mecate le halaba las partes nobles y se le paraba encima del pecho.

En la rebelión de abril de 1954 murieron, cobardemente asesinados: Edgard Gutiérrez, Manrique Umaña, Amado Soler, Optaciano Morazán, Miguel Ramírez, José María Tercero Lacayo, Francisco Madrigal, Luis Felipe Gabuardi, Antonio Velásquez, Adolfo y Luis Felipe Báez Bone, Guillermo Gutiérrez, Francisco Granillo, Manuel Agustín Alfaro (padre de Indiana y Agustín Alfaro López), Francisco Caldera, Carlos Ulises Gómez, Juan Martínez Reyes, Pablo Leal Rodríguez, Ernesto Peralta, Rafael Praslín, Humberto Ruiz, Pedro José Reyes y Juan Ruiz Traña.

La rebelión democrática del 4 de abril de 1954 debe perdurar como ejemplo de patriotismo, en el espíritu de los hombres libres que buscan la redención de Nicaragua para nuevos días y mejores tiempos. 

Por: Hugo Ramón García

El Autor es Periodista de Somoto.

Tomado de  http://www.laprensa.com.ni

jueves, 28 de marzo de 2013

La Guatemala de Ríos Montt

El término refundación medra en América Latina. Fue la izquierda bolivariana la que primero se enamoró de la palabra, desde el chavismo venezolano al indianismo de Bolivia, pero toma también posiciones en el liberal-capitalismo de la Guatemala del presidente Otto Pérez Molina, que hoy trata de reinventar si no la Nación, sí cuando menos el Estado. Y en ese proceso, al que el mandatario aludió en su reciente paso por el Instituto Elcano de Madrid, hay que anotar un movimiento positivo: el juicio al general y ex presidente golpista Efraín Ríos Montt, acusado de genocidio, crímenes contra la humanidad, torturas y abuso de autoridad. Nada menos que un alto militar guatemalteco requerido en Justicia. A Pinochet no hubo tiempo de sentarle en el banquillo.
Ríos Montt fue aupado por un putsch de tenientes y capitanes respaldado por la CIA el 23 de marzo de 1982, y gobernó como dictador durante 16 meses. Se había formado en la Escuela de las Américas de Panamá con asesores norteamericanos en la doctrina contrainsurgente de “quitar el agua al pez”, por otro nombre, negar a la sublevación paleo-marxista, indígena y campesina, su apoyo en el medio rural. En 1982 el presidente Carter había retirado la ayuda militar a Guatemala, lo que surtió el efecto contraindicado de eliminar cualquier tipo de tutela o cautela que pudiera ejercer Washington, con lo que la milicia, con el asesoramiento de militares argentinos, pudo dar rienda suelta en la represión a sus más rocosas pasiones. Una comisión de la ONU contabilizó 200,000 muertes, la mayor parte a manos de los militares, en 36 años de una guerra civil que duró hasta los años noventa, y en un documento titulado Memoria del silencio (1999) pormenorizaba así los métodos del horror: “Asesinato de niños indefensos, con frecuencia estrellándolos contra los muros o arrojándolos con vida a pozos en los que se amontonaban más tarde cadáveres de adultos; amputación de miembros; empalamiento de víctimas; rociamiento con petróleo para quemarlas o evisceración de las mismas en vida ante otros detenidos; y destripamiento de mujeres embarazadas”. El líder golpista y su colega el general José Mauricio Rodríguez, están siendo juzgados por 15 masacres -de las 472 perpetradas bajo la Presidencia de Ríos Montt- en las que murieron 1,771 ciudadanos en su mayoría indígenas y casi la mitad, niños de hasta 12 años, de la etnia ixil en Quiché norte. Y aún hay un segundo proceso en curso por la muerte de 250 campesinos en Petén, zona de tránsito de la droga, controlada por mafias mexicanas como ‘Los Zetas’ y el cártel de Sinaloa.
Al restablecimiento de la democracia, cuando menos electoral, Guatemala se mira por fin en el espejo. La droga es hoy más de un 80% más barata que hace 30 años, y la mitad que en los noventa, con lo que el kilo de coca que en Colombia puede costar algo más de 1,500 euros (Luis Esteban G. Manrique, Infolatam) a su paso por Centroamérica ha multiplicado 10 veces su precio y por 100 en las calles de Nueva York. Guatemala tenía en 2011 un presupuesto de seguridad de poco más de 300 millones de euros, mientras que las drogas que atraviesan el País se valoran en casi 40,000 millones. Pérez Molina, que asumió la Presidencia en enero de 2012, sugirió en la pasada cumbre de las Américas que había que discutir “las opciones de mercado”, morse por legalización de la droga. Y el narco permea el País donde se instala: Guatemala bajó en 2011 del lugar 91 al 120 -sobre 182 países- en el índice internacional de corrupción, compilado por Transparency International; el porcentaje de delitos que llega a los tribunales es insignificante; y como explicaba el jurista español Carlos Castresana, que fue jefe de un equipo de la ONU para combatir la impunidad en el País, las pruebas testificales son inviables porque los testigos son intimidados o peor para que no declaren.
El ex Presidente no es culpable directo de la implantación del narcoterrorismo en Guatemala, pero la salvaje represión desarrollada durante su mandato contribuyó a deslegitimar el Estado, cuyo funcionamiento burocrático es hoy caótico o inexistente, como las sentencias que emiten tribunales diferentes sobre un mismo caso en un barullo de competencias. Y todo ello construye una cultura de la impunidad, en este caso del Estado, que, como dice el periodista José Elías, es lo que se está juzgando. Esa es la Guatemala que el presidente Otto Pérez Molina quiere refundar.

 miguel ángel bastenier 

Tomado de  http://periodico.am/opinion/leon/la-guatemala-de-rios-montt-516.html


domingo, 30 de diciembre de 2012

Batista: el derrumbe

El café con leche ha tenido siempre un papel de importancia en la vida política cubana. Se hace presente en los momentos más insospechados. En enero de 1934, cuando se discutía en Columbia la destitución del presidente Grau, el coronel Batista suspendió la reunión e invitó a los reunidos a tomarse un café con leche en su casa del campamento militar. Antonio Guiteras, ministro de Gobernación en el Gobierno de los Cien Días, cada vez que los problemas lo agobiaban, caminaba hasta el hotel Saratoga y, en el restaurante de esa instalación hotelera, se disipaba ante una taza de café con leche. El político Eduardo R. Chibás siempre que se batía a duelo, y lo hizo en nueve ocasiones, acudía al restaurante Kasalta, a la entrada de Miramar, y pedía café con leche doble con una ración reforzada de pan con mantequilla. Lo último que hizo el dictador Fulgencio Batista, en la madrugada del 1ro. de enero de 1959, antes de salir de la casa presidencial de Columbia para un viaje sin regreso, fue ordenar que le sirvieran una taza de café con leche. Horas antes había enviado a un oficial de su confianza a que visitara a Leocadia y preguntara a la célebre espiritista de la calle San Beatriz, en Arroyo Apolo, si debía retener el poder o irse al exterior. La mujer, que en ese momento cenaba en compañía de los suyos, abandonó la mesa y salió al encuentro del visitante. «Que se vaya…», le dijo. Y de manera tajante añadió: «Dígale al General que no espere más».
En realidad, a esa hora no necesitaba el dictador de consejo espiritual alguno para enrumbar su conducta. El Oriente de la Isla estaba casi totalmente controlado por el Ejército Rebelde, Fidel se proponía el ataque a Santiago de Cuba, sometido ya a un cerco elástico, y en la región central los comandantes Che Guevara y Camilo Cienfuegos mantenían la iniciativa.
La cosa no iba mejor en las propias filas batistianas. Ya para entonces, el mayor general Eulogio Cantillo Porras, jefe de operaciones antiguerrilleras, se había comprometido con el Comandante en Jefe a encabezar, el 31 de diciembre, un pronunciamiento militar en el cuartel Moncada y exigir desde allí la renuncia del Gobierno y la captura de Batista y los grandes culpables. No cumplió nada de lo pactado y se arrepintió, en el mismo día en que debía estallar el complot, de llevar a finales la conspiración contra Batista que involucraba asimismo a otros altos oficiales. En ese momento había por lo menos tres conspiraciones dentro del Ejército. En total connivencia con el dictador, Cantillo aceptó la propuesta de un golpe militar contra Batista preparado por el mismo Batista, que lo dejaría como dueño del poder. Debía ocurrir el 6 de enero de 1959. Los acontecimientos se precipitaron.

Llamada desde Kuquine

Batista comenzó a preparar su fuga en la noche del 22 de diciembre de 1958, cuando pidió al general Francisco H. Tabernilla Palmero, «Silito», jefe de la división de infantería Alejandro Rodríguez, destacada en la Ciudad Militar de Columbia —el pollo del arroz con pollo del Ejército cubano— y al mismo tiempo su secretario militar, que averiguase con su hermano Carlos, jefe de la Fuerza Aérea, cuántos puestos habría disponibles en los aviones «en caso de que tengamos que irnos». Tres aviones con 108 asientos, respondió el coronel Carlos Tabernilla y Batista le ordenó entonces a Carlos que a partir de ese momento tuviera los aviones y sus tripulaciones preparados durante las 24 horas del día. Enseguida dictó a «Silito» los nombres de los que se irían en cada uno de los aparatos y la cantidad de familiares o allegados que podrían acompañarlos. El ayudante apuntó los nombres en pequeñas hojitas de papel violeta —una por avión— y luego mecanografió la lista. Batista le pidió que no archivara el documento, sino que lo mantuviera en sus bolsillos y, sobre todo, que no comentara el asunto con nadie. En atención a esa orden, dice el general «Silito» en sus memorias, no reveló lo que se tramaba ni siquiera a su padre, el mayor general Francisco Tabernilla, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas.
El 31 de diciembre, a las cinco de la tarde, uno de los empleados del Club de Oficiales de Columbia avisó a «Silito»  que lo llamaban por teléfono. Batista en persona, algo inusual, le hablaba desde Kuquine, su finca de recreo en El Guatao. Preguntaba si el general Cantillo había regresado ya de Santiago de Cuba. Encargó a «Silito» que lo contactara no más volviera y le dijera que quería verlo en la finca a las 8:30 de esa noche. «Silito» y Cantillo conversaron sobre las seis de la tarde. No, Cantillo no podría encontrarse con el Presidente a la hora indicada, pues era su aniversario de bodas y lo celebraría con una comida familiar. Avisado, Batista cambió la hora; lo recibiría a las 10:30 en el lugar señalado. «Silito», en cambio, debía presentarse de inmediato en Kuquine. Allí estaban ya Gonzalo Güell, ministro de Estado (Relaciones Exteriores), y Andrés Domingo, secretario de la Presidencia y cúmbila y testaferro del dictador. Recibió el ayudante la orden de informar a los incluidos en la lista del 22 que, con el propósito de esperar el año, deberían hacerse presentes sobre las 11 de la noche en la casa presidencial de la Ciudad Militar. Los edecanes militares de guardia ayudarían en las llamadas a «Silito», que se comunicaría además con su hermano Carlos para decirle que esa noche era la de la partida. Un inconveniente fue solucionado a tiempo. El jefe de la Fuerza Aérea había dado permiso a los pilotos para que esperasen el Año Nuevo con sus familias.
Cantillo llegó tarde a la cita. Conversó en privado con Batista durante 15 minutos. Al finalizar la reunión, el dictador pidió a «Silito» que traspasara a Cantillo la jefatura de la división de infantería e impusiera del cambio de mando a todas las unidades destacadas en Columbia. Pidió a ambos que lo esperasen en la casa presidencial, y advirtió a Cantillo que no pusiera en libertad al coronel Ramón Barquín y sus compañeros presos, por conspiradores, desde 1956.

La mejor actuación

Lo que sigue es confuso y ha sido contado de diferentes maneras según el papel que le tocara desempeñar al testimoniante. Papo Batista, el hijo mayor del dictador, decía que no cabía hablar de fuga para aludir a los sucesos de la madrugada del 1ro. de enero de 1959, sino de una salida ordenada, garantizada en todo momento por el general Cantillo. De opinión similar era el general Roberto Fernández Miranda, jefe del Departamento Militar de la Cabaña y cuñadísimo de Batista. Dice Fernández Miranda en sus memorias que no pensaba acudir esa noche a la casa presidencial, pero que su cuñado se lo pidió, y que para indicarle que todo estaba en orden le dijo que «Ramirito se encontraba bien…»; contraseña que utilizaban entre sí para indicar que no había motivos de alarma. El recuerdo discordante lo ofrece Anselmo Alliegro, hasta ese momento presidente del Senado. Llamado por Batista, entró al despacho presidencial y vio al dictador sudado y nervioso. Frente a él, todo el generalato. Exclamó al verlo: «Qué le parece, Alliegro… Estos señores me han dado un golpe de Estado». No nos llamemos a engaño, sin embargo. Gran simulador, Batista estaba escenificando la que tal vez fue la mejor actuación de su vida.
El dictador llegó a Columbia poco antes de las 12. Ya en la casa presidencial pidió a su hijo Jorge, de 16 años de edad, que despertara a sus hermanos y se preparasen para un viaje al exterior. Enseguida saludó a las señoras que conversaban con la Primera Dama e hizo apartes con algunos de los invitados. A las 12, con una copa de champán en alto, felicitó a los presentes. El ambiente no estaba para fiesta y muchos, con pretexto o sin él, se retiraron. El coronel Irenaldo García Báez, segundo jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) y fiel del todo a Batista, se acercó a saludarlo. Lo notó un tanto extraño. «“Silito” —le dijo Batista— tiene órdenes para ti. Cúmplelas al pie de la letra».

Expedientes «K»

Irenaldo no daba crédito a lo que oía. Batista se iría esa misma noche y Cantillo asumiría el mando. Tuvo que tomar asiento para reponerse. Debía destruir todo el archivo que contenía lo referente a los expedientes «K», personas que de manera encubierta trabajaban para la Policía, infiltrados en las organizaciones revolucionarias. Cuando se repuso de la noticia de la huida, volvió al salón de fiestas para conversar otra vez con Batista y convencerlo quizá de que cambiase de propósito. No pudo hablarle. Fue a su casa y se vistió de completo uniforme. Se trasladó a la sede del SIM y quemó los papeles.
Batista mientras tanto conversaba de manera individual con los jefes militares. Afirman José Luis Padrón y Luis Adrián Betancourt en su libro Batista, últimos días en el poder —una de las investigaciones más completas que existen sobre el tema—, que aunque algunos jefes militares estaban dispuestos a luchar hasta el final e incluso a morir, a esa altura la guerra estaba irremisiblemente perdida. Aun así, si Batista decidía hacer frente a los rebeldes en la capital contaría con un impresionante dispositivo bélico. Tanques de guerra, aviones, barcos… Unos 5 000 hombres se concentraban en Columbia, más de mil en La Cabaña y 1 200 en la base aérea de San Antonio de los Baños, sin contar 10 000 policías, un servicio secreto enorme y un número indeterminado de colaboradores a sueldo. «Solo escaseaba, evidentemente, una motivación para arriesgar la vida», escriben Padrón y Betancourt.
Pasaron los jefes militares al despacho presidencial y el general Cantillo asumió el papel que le asignaron de antemano. Habló de la grave situación por la que atravesaba el país y la imposibilidad de restablecer el orden, por lo que le pedía la renuncia al Presidente en nombre de los altos jefes militares. En el documento que se redactó al respecto, Batista consignó que en forma igual o parecida se habían dirigido a él representantes de la Iglesia, del azúcar y los negocios nacionales. Firmó Batista el documento con sus iniciales, como era habitual, firmaron los generales y firmó Alliegro como sustituto constitucional, porque el vicepresidente había renunciado al resultar electo alcalde de La Habana en las espurias elecciones del 3 de noviembre.
Quedaron solos «Silito» y Batista en la oficina presidencial. Pidió Batista a su ayudante que le enviase a su casa de Daytona Beach, en la Florida, todo el archivo y los cuadros que adornaban el local. Antes de salir, Batista tomó los 15 000 dólares que días antes regalara a «Silito» y que el ayudante guardaba en una de las gavetas de su escritorio.
«Silito» y los ayudantes del Presidente comunicaron la noticia de la renuncia a ministros, parlamentarios, dirigentes obreros y políticos gubernamentales en general. El coronel Orlando Piedra, jefe del Buró de Investigaciones, informó a altos oficiales de la Policía Nacional y en una caravana de más de 30 automóviles condujo a muchos de ellos al aeropuerto militar. Una escuadrilla de tanques, mandada por Cantillo, protegía el aeródromo, y no eran pocos los oficiales que habían acudido a despedir a su líder. Escribe Fernández Miranda: «A pesar de todo aún tenía mando, y la escolta de ceremonias estaba en posición de presenten armas como si el Presidente saliese de gira». Desde la escalerilla del avión gritaba Batista las últimas órdenes a Cantillo.
La gestión de Cantillo en Columbia, al frente de un Ejército totalmente desarticulado, resultó efímera. A las nueve de la noche del 1ro. de enero el coronel Ramón Barquín, recién llegado de Isla de Pinos donde cumplía prisión por la conspiración del 4 de abril de 1956, le exigió el mando de las fuerzas armadas. El día 3, el primer teniente José Ramón Fernández, que había cumplido prisión por los mismos sucesos, detenía a Cantillo en su residencia de la Ciudad Militar.
Mientras tanto Fidel, desde la ciudad de Palma Soriano y a través de las ondas de Radio Rebelde, no acataba el cese de las hostilidades, negaba reconocimiento a la junta de Columbia —tampoco reconocería a Barquín— y llamaba al pueblo a la huelga general revolucionaria que impediría que la Revolución se viera frustrada en sus propósitos, y advertía: «¡Revolución sí; golpe militar no!».

Por  Ciro Bianchi Ross

Juventud Rebelde digital

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