Desde que comenzó el mes
de junio tanto en Manhattan como en San Juan miles de puertorriqueños han
salido a las calles levantando dos demandas fundamentales: la independencia de
Puerto Rico y la liberación de Oscar López Rivera quien cumple más de 34 años
de prisión y es el preso político por más tiempo encarcelado en Nuestra
América.
En estas manifestaciones
han participado todos los sectores políticos y sociales de Puerto Rico, sin
excluir a ninguno. Convocados por todas
las organizaciones patrióticas que han luchado contra el colonialismo por
caminos diferentes pero ahora se juntaron para esta acción, a ellas se sumaron
otras que, de un modo u otro, muestran creciente inconformidad con un régimen
que, carente de soberanía, atraviesa además una profunda crisis económica y social.
La causa puertorriqueña
ha sido singularmente compleja y difícil.
Enfrentando por más de un siglo al Imperio más poderoso de la Tierra, la
pequeña isla ha sufrido de un muy duro aislamiento. Por presiones de Washington su drama fue
ignorado por mucho tiempo por la mayoría de sus hermanas latinoamericanas y
caribeñas y silenciado por la gran prensa internacional. Su lucha ha sido, sobre todo, una lucha
solitaria desde que, apartada del gran movimiento emancipador del Siglo XIX, al
que, sin embargo, aportó una importante contribución de combatientes y
sacrificios, fue cedida como posesión por la Corona española al naciente
Imperio norteamericano que sobre ella ejerce un dominio absoluto. El tremendo desafío explica en gran medida
las desavenencias internas que han obstaculizado la necesaria unidad del
pueblo.
La situación, sin
embargo, está cambiando. El motor que impulsa el cambio tiene un nombre: Oscar
López Rivera. La brutal condena que
padece ha generado el rechazo unánime de todos los puertorriqueños sin
excepción alguna.
Oscar no mató ni causó
daño a nadie. No practicó la violencia
ni transgredió las leyes. Su única
experiencia armada fue en la guerra de Viet Nam a la que se vio arrastrado como
tantos jóvenes de su generación y de la que regresó condecorado por el Ejército
norteamericano.