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viernes, 24 de noviembre de 2017

Yo no sé lo que es vivir sin Fidel: Homenaje de un nieto a su inolvidable abuelo



Palabras de tributo y homenaje al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz a un año de su partida Física. Acto Central de la Cátedra Honorífica para el Estudio del Pensamiento y la Obra de Fidel. Universidad de Oriente.
Yo soy Fidel. Mi padre es Fidel. Mi abuelo es y será siempre el eterno e invicto Fidel. Mi nombre es Fidel, y mi vida se llama Fidel. Mis pensamientos, mis sueños, mis anhelos, se llaman también Fidel.
No puedo ni debo decir que converso con él, como en todas aquellas ocasiones que guardo en mi mente, en mi memoria; pero sí puedo, debo y quiero decir que necesito hablarle, y lo hago a menudo.
No puedo, ni debo ni quiero decir que Fidel no está físicamente. Puede no estar presente el calor de Fidel. Pero sí está presente la energía de Fidel, el trabajo de Fidel, el impulso de Fidel, la fuerza de Fidel (más fuerte que las fuerzas nucleares), la dinámica de Fidel, la onda de Fidel, la luz de Fidel (la más bella e intensa), el movimiento de Fidel, el magnetismo de Fidel, el tiempo de Fidel, la obra y la conciencia de Fidel, están muy presentes y perdurarán. Y la energía, el trabajo, el impulso, la fuerza, la luz, el movimiento (también interpretado como cambio, siendo el más integral el movimiento social Fidelista), todo ello es Física, por tanto Fidel sí está presente físicamente.
El ADN de Fidel está presente en millones de revolucionarios dentro y fuera de Cuba, en nuestra América, en el mundo, así que Fidel está presente biológicamente. La química de Fidel une a millones, incluso a quienes no piensan como él pero lo respetan, lo admiran y lo quieren, así que Fidel está presente químicamente. La ciencia toda, nos brinda la tan añorada y querida presencia de Fidel entre nosotros.

martes, 29 de noviembre de 2016

Fidel: Me he ido para multiplicarme



 
¿Me sienten muerto, acaso? Estoy, es cierto, en el dolor de mi pueblo y en el de los hombres dignos que me amaron y siguieron en cada combate por la justicia. Incluso vivo en el jolgorio de aquellos pocos que me odiaron y como hienas  se regocijan hoy con mi partida física. Pero vivo también en el respeto de muchos de mis adversarios, los que nunca me vencieron y aceptaron dignamente su derrota.
Me he marchado para cumplir otra batalla más, incluso más importante que las que cumplí en vida: la de la inmortalidad.
Los que piensen que aquellas banderas por las que luché junto a mi pueblo caerán por cansancio o abandono, se equivocan. Contemplen a mi pueblo, mi amado pueblo al que nunca traicioné y amé como a hijo querido, dolido hoy pero esperanzado, jurando lealtad a nuestras ideas.
Quienes digan que Fidel se fue para siempre cometen un grave error histórico. Cada hombre, niño, mujer; cada humano cargado de vergüenza, decoro y esperanza puede decir hoy –con la virilidad de la tristeza y el dolor de la pérdida– ¡Yo soy Fidel!
Entiéndalo mis enemigos, simplemente me he multiplicado.

jueves, 5 de marzo de 2015

Chávez, el gran hacedor



En este nuevo 5 de marzo, la figura del Comandante eterno Hugo Chávez y el ejemplo que supo darnos, refuerzan la necesidad de redoblar la solidaridad con Venezuela Bolivariana, jaqueada por la guerra económica y en clima de golpe latente por parte de la oposición escuálida y la injerencia estadounidense. Hoy Chávez convoca otra vez a dar batalla, Maduro y el pueblo que no olvida ni perdona a sus enemigos de clase, serán los ejecutores de una nueva gesta antiimperialista, en la que el continente se juega su futuro.

http://i.imgur.com/mXACn.jpg

Contundente a la hora de tomar decisiones, sobre todo aquéllas que tenían que ver con los intereses de su querida Venezuela. Apasionado y entusiasta en la defensa de los más humildes, a los que dedicó todos y cada uno de los días de su mandato. Procurador de la unidad para golpear todos juntos al Imperio, algo que demostró no sólo en la política interna sino en la doctrina que sentó a nivel de Latinoamérica y el mundo. Cerebral y con los pies en la tierra cuando se trataba de abrir las puertas al debate -incluso con sus enemigos más feroces- y a la hora de formular ideas que permitieran acercar posiciones que estaban en las antípodas. Se trata de Hugo Chávez, a quien en este segundo aniversario de su paso a la eternidad tanto extrañamos.

viernes, 18 de octubre de 2013

CUESTIÓN DE CONCIENCIA



 
Cuidado con el cuento aquel de un amigo mío de por allá, de los llanos de Barinas. Yo más nunca lo había visto, ni sabía que él había obtenido un tractor a crédito a bajo costo; ¡cuánto nos costó traer ese tractor de China! Aquí en veinte años los campesinos no tenían tractores, ni maquinarias.

Entonces lo veo a él por allá en un alboroto de gente, así como aquí, y le doy un abrazo: “¿Cómo estás tú, cómo te va, cómo está tu mujer, tus hijos?” Entonces él muy alegre me dice: “Hugo, te doy las gracias”. “¿Por qué?” “No, ya yo me arreglé”. “¿Qué es eso, qué significa?” “Bueno, el tractor que me prestaste.” Yo no se lo presté, se lo prestó el gobierno revolucionario, yo ni sabía que a él le habían prestado un tractor a crédito. Ahí me detengo, lo agarro por el hombro y le pregunto: “¿Qué es lo que has hecho con el tractor?, ¿cuántas hectáreas has sembrado?” “No, yo ahora no siembro, chico. Ahora lo que hago es alquilar el tractor y me he ganado ya como veinte millones de bolívares, compré una casa nueva, ahora soy rico”.

Fíjense la parte de la conciencia, él cree que eso es bueno. Yo lo regañé y le dije: “Tú eres un…”. Bueno no voy a decir la palabra. “¿Cómo tú vas a hacer eso?” Estaba explotando a sus hermanos porque tenía un tractor. Lo mismo que a él le hicieron durante mucho tiempo los dueños de la máquina, que le alquilaban el tractor y le quitaban un ojo de la cara, y todo el dinero, toda la ganancia se la llevaba el dueño de la máquina. Y esos campesinos trabajando toda la vida y nunca salieron de la miseria, esa es la verdad, ese es el capitalismo, esa es la perversión del capitalismo.


Por: HUGO CHÁVEZ FRÍAS.
CUENTOS DEL ARAÑERO.



jueves, 11 de julio de 2013

¡Hasta siempre!, Bernie Dwryer



 
Ayer, cuando la noche aparecía con timidez en La Habana, dejó de existir mi entrañable amiga Bernie Dwyer, destacada luchadora por la libertad de nuestros Cinco Héroes, entrañable solidaria con Cuba y periodista llena de compromisos y consecuencias. Batalló en silencio como una heroína y no tuve tiempo de decirle: ¡Hasta siempre!


La recuerdo, siempre ofreciéndome una sonrisa al encontrarnos e impregnándome de su terco optimismo y amor a la vida.

La recuerdo, como la fundadora -como ella jocósamente me decía-, del Club de mis ¨Fans¨, integrado también por otras bellas e inolvidables amigas que me han sido arrebatadas por la muerte.

Yo, amenazado también por la enfermedad y por un traicionero cuerpo cansado, al que empujo y convenzo a diario para que no se rinda, no puedo llorar a la amiga querida que se me fue. La llevaré en el corazón mientras quede en mí un hálito de vida y sea consciente de que nunca me rendiré ni al cansancio  ni a tanta injusta muerte que me golpea. Llevaré, simplemente, su sonrisa como brújula.

Escribo esta nota con letras rojas, eludiendo el negro luctuoso de una letra que rehuye a mostrar su nombre y mi dolor, vencidos ante la tristeza. Escribo en rojo, como la sangre, como las banderas que levantamos más de una vez en nuestras vidas.

Percy Francisco Alvarado Godoy 
 

 

sábado, 15 de junio de 2013

Remembranzas sobre mi padre, un agente de la Seguridad Cubana

Mi padre junto al comandante Piñeiro
                                                                    
Por estos días varios blogs contrarrevolucionarios como Nueva Acción Cubana y Superpolítico, así  como varios mercenarios anticubanos en la Red Social Facebook, no se han contentado con amenazarme reiteradamente, al igual que a mi familia. 

En sus ataques han tomado a la figura de mi padre, sencillo y anónimo revolucionario latinoamericano, para falsear su honestidad y entrega a la Revolución Cubana.

Carlos Alvarado Marín, el agente “Mercy”, fue en realidad tal vez el primer colaborador en la historia de la Seguridad Cubana en trabajar en el exterior. Toda su vida la entregó sin pedir honor a cambio. Por ello retomo este pasado artículo, escrito por mí hace algún tiempo, para vindicar  a su persona y a su entrega incondicional a la lucha de nuestros pueblos y, particularmente, a su Cuba amada.

Quien trata de ofenderme, denigrándolo, pierde su tiempo. Él vive en mí como ejemplo. Cada acto mío es para honrarlo aún más, aunque ya no pueda expresárselo directamente.

Sirva esta nota para honrar también al entrañable amigo, José Gómez Abad (Pepe), a quien le fallé en su momento final y no pude acompañarle en el momento de su deceso, pues el dolor de verlo terminar su fructífera vida era una carga muy pesada para mí.

Remembranzas sobre mi padre.

La muerte sorprendió a mi padre, Carlos Conrado de Jesús Alvarado Marín, un infausto día de noviembre de 1997, cerrando ese día una larga y provechosa vida. Luchador infatigable, enfrentó a la parca con el pecho desnudo, como lo hacen los hombres, y de esa manera se nos fue, combatiendo aún por la liberación de nuestra América y siempre fiel a su Cuba amada, a la que defendió durante 37 años en el más absoluto anonimato.

La muerte precipitada, cuando aún combatía por su amada Guatemala como sencillo combatiente del Ejército Guerrillero de los Pobres, con sus 75 años a cuestas, no nos dejó, sin embargo, con las manos vacías. Nos legó su historia llena de heroicos pasajes que lo hicieron ser un participante activo en las luchas de su tiempo, aunque mucho de lo que hizo deba permanecer aún en el más absoluto silencio. Ese largo avatar, iniciado desde la más profunda pobreza, le llevó un día a ser uno de los pocos hombres, de los últimos, que combatieron a las hordas mercenarias que derrocaron salvajemente al gobierno de Jacobo Árbenz.

Luego vendría el exilio en la Argentina en que reforzaría sus convicciones revolucionarias junto a un valioso grupo de compañeros que, posteriormente, como Luis de la Puente Uceda y muchos más, le encaminarían al bello camino en que el humanismo y la solidaridad mueven cada parte de nuestros corazones. Por ese entonces, ya había conocido a Ernesto Guevara de la Serna, el  futuro Guerrillero Heroico, con el que trabó una inolvidable amistad.
Fue, sin embargo, un hombre de privilegios. La lucha lo llevó a conocer a hombres y mujeres como el propio Che, como a Manuel Piñeiro Lozada, como Bernardo Alvarado Monzón, Manuel Galich, Tamara Bunke Bider (Tania)  y otros, con los que combatió en unos casos y en otros les sirvió de sostén en sus luchas. Tuvo también el privilegio de ser uno de los primeros hombres de la Seguridad cubana que marchó al exterior a defender al maravilloso y amado pueblo que lo recibió como a un hijo. Fue quien comunico a la heroica guerrillera las principales tareas asignadas a ella para cumplir su misión en Bolivia y le dio el entrenamiento necesario en sus nuevas condiciones de trabajo.

La enorme modestia que lo caracterizó le impidió hablar a sus hijos, que lo veían irse y desaparecer durante largos años, sobre el combate anónimo que libraba. Para sus compañeros fue leal y modesto, sencillo y tenaz, y, sobre todo, capaz de crecerse ante las adversidades y cualquier error cometido.

Muchas ciudades del mundo lo vieron deambular usando múltiples identidades, aunque sus compañeros solían nombrarlo con seudónimos como Mercy, Juan, el Don, el Doctor, el Viejo, el Maestro, Felipe y muchas denominaciones de acuerdo con la ocasión. Su vocación esencial, empero, a pesar de ser un internacionalista por convicción, fue siempre amar a Cuba, a Fidel y, particularmente, al Che.

Uno de sus compañeros, José Gómez Abad, lo caracterizó en las páginas de un libro titulado “Cómo el Che burló a la CIA”, editado por la Editorial Capitán San Luis no hace mucho, con las siguientes palabras, en relación con su ingreso a la Seguridad en 1963: “En ese momento, al llevarse a cabo el acto de proposición y aceptación como colaborador de los órganos de la Seguridad del Estado (reclutamiento), se produjo el eterno abrazo internacionalista de Carlos Alvarado Marín, Mercy, con la causa de la Revolución Cubana, mediante la defensa de la misma de las agresiones de sus enemigos internos y externos y el apoyo solidario a la lucha de los pueblos explotados de América Latina”.

Posteriormente, escribió sobre mi padre: “Mercy o Juan, como operativamente lo llamábamos, con la perspectiva de los años transcurridos, resulta de admirar en él, cómo a pesar de duplicarnos en edad a la mayoría de los compañeros que con él trabajábamos, siempre mantuvo una relación de mucho respeto, siendo muy disciplinado y generando constantes iniciativas para perfeccionar el trabajo. En él se destacaba también su incondicionalidad militante con la Revolución Cubana y al Comandante en Jefe, su sentido autocrítico, laboriosidad, la relación abierta y sincera con los compañeros y su sagacidad operativa”. Finalmente, Pepe Abad, ya fallecido, caracterizó a mi padre con emotivas palabras: “Ni los años, como tampoco los múltiples sinsabores y riesgos que afrontó en su larga y azarosa vida, habían hecho mella en su vitalidad excepcional y asombrosa lucidez. Hasta sus últimos momentos fue un enamorado de la vida y de todas sus bellezas”.

Por mi parte le recuerdo, con su tabaco siempre, rebuscando en su memoria tanto recuerdo, mientras se balaceaba en una mecedora de metal en el patio trasero de mi casa. Su mirada recaía en mí, con reprimida tristeza al verme pasar, pensando que su hijo, acomodado y con una actitud cuestionable ante la Revolución, traicionaba lo que más amaba. Le recuerdo también adolorido por sus errores, a él que siempre luchó por ser un hombre perfecto y cargaba sobre sí el peso tremendo de su propio sentido autocrítico.

Murió, como dije, tal como vivió: sencillo y anónimo, ajeno a las glorias y a los reconocimientos públicos. Aún recuerdo aquella noche triste en la funeraria de Calzada y K, cuando inexplicablemente para los presentes le fueron retiradas sus condecoraciones, algunas ofrendas de los líderes de nuestra Revolución y se decidió no hacerle la guardia de honor que se merecía. Muchos lloraron de rabia ante este sorprendente hecho, entre ellos mis hermanos y sus compañeros. El propio José Abad explicó el suceso en su libro: “Al fallecer, circunstancias que él también conocía, impidieron rendirle el público homenaje que se merecía y que el propio comandante Manuel Piñeiro Lozada quería hacerle. De haberse violado en ese momento esas limitaciones, se ponían en riesgo importantes trabajos de los Órganos de la Seguridad del Estado de Cuba y, sobre todo, la vida de personas que él mejor que nadie conocía y deseaba preservar” (…)”La circunstancia a que he hecho mención era que su hijo mayor, Percy  Francisco Alvarado Godoy, el Agente “Fraile” de la Seguridad de Cuba, se encontraba en esos momentos infiltrado dentro de las organizaciones terroristas en La Florida.”

Confieso que mi dolor se hizo mayor al saber que en parte era responsable de que mi padre no fuera acreedor del honor ganado en su largo batallar por la vida. Sin embargo, me reconfortaron las emocionadas palabras de Manuel Piñeiro que,  reprimiendo las lágrimas con toda la fuerza de su probada hombría, exclamó al despedir el duelo: “Hoy dejamos aquí a Carlos, con la certeza de que algún día los pioneros cubanos podrán conocer mejor la vida de este hombre, que fue modelo a seguir por todos los revolucionarios latinoamericanos. A todos nos queda el compromiso de hablar de él, cuando se pueda hacerlo, y decir quién fue este hombre en realidad”.

Hoy, padre mío, compañero mío de combate, cumplo con ese mandato del Comandante Piñeiro, para que  Cuba y el mundo te conozcan finalmente. No te tengo a mi lado, pero te recordaré como brújula permanente, tal como lo mhago con el Che, Fidel y Chávez.

Percy Francisco Alvarado Godoy

domingo, 2 de junio de 2013

Manuel Galich o el ejemplo moral

El ciclo de revoluciones modernizadoras
A lo largo de su gestación y desarrollo, las revoluciones producen siempre conjuntos de intelectuales orgánicos que le otorgan un sentido estratégico al cambio social mediante el debate constante (y a menudo violento) acerca de las vías y los procedimientos económicos, políticos y culturales que deben romper con el viejo orden de cosas. El ciclo de revoluciones modernizadoras que se desarrolló en América Latina a lo largo del siglo XX no es la excepción a esta norma, la cual es fácilmente comprobable en las revoluciones mexicana, guatemalteca, cubana, chilena y nicaragüense. En todas ellas, parafraseando a Gramsci, un bloque histórico de intelectuales orgánicos intentó definir un interés nacional que hiciera posible el arranque y la continuidad del cambio revolucionario en la sociedad civil y en la sociedad política.
Como se sabe, el objetivo de las revoluciones latinoamericanas del siglo XX fue el de la modernización de la economía y la política, lo cual implicaba sustituir relaciones de producción feudales por capitalistas, y Estados dictatoriales por democracias representativas. En el caso de Cuba, la guerra fría definió la vía de la modernización de la Isla en sentido socialista, pero esto no ocurrió sino hasta 1962, tres años después del triunfo de Fidel Castro y sus guerrillas, quienes se alinearon con la Unión Soviética ante la presión estadunidense para que Cuba formara parte de sus designios en calidad de “patio trasero”. De hecho, la guerra fría fue el referente causal de la derrota de la revolución guatemalteca, de la chilena y de la nicaragüense. La mexicana –a pesar de que ya en los años veinte fue cooptada por su ala criolla, la cual neutralizó a su contraparte popular y así oficializó su corrupción y su dictadura de partido– sobrevivió a la locura anticomunista hasta que el neoliberalismo la alcanzó para saquearla a manos de Salinas de Gortari y sus adláteres. A pesar de eso, esta revolución es la única cuya existencia tiene como prueba un país en el que el ideario de la modernidad liberal sobrevive de muchas maneras, aunque terriblemente maltrecho. En los casos de Guatemala, Chile y Nicaragua (guardando las distancias), los rastros de sus revoluciones se han perdido engullidos por el capital corporativo transnacional y las oligarquías locales, productoras incesantes (en Chile) de conflictividad social y, además (en Guatemala y Nicaragua), de exportación perenne de mano de obra descalificada (como también ocurre con México). Por su parte, Cuba persiste como puntal de un nuevo ciclo de cambios revolucionarios, ahora por la vía de las elecciones, en Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay y Ecuador, los cuales persiguen lo mismo: la modernidad, ahora adornada por el prefijo “post”, que remite a la necesidad de construir una alternativa al proyecto global del capitalismo corporativo transnacional, también llamado neoliberalismo.
El hombre y su trayectoria
Manuel Galich (Guatemala, 1913-La Habana, 1984) integró el bloque de intelectuales orgánicos de la Revolución guatemalteca (1944-1954), el cual contó con juristas (como Alfonso Bauer Paiz), filósofos (como Juan José Arévalo), educadores (como Carlos González Orellana), literatos (como Enrique Juárez Toledo, Otto Raúl González, Carlos Illescas y Mario Monteforte Toledo), artistas (como Juan Antonio Franco y Rina Lazo) y políticos (como Jacobo Arbenz). Algunos de ellos –tal el caso de Luis Cardoza y Aragón y de Miguel Ángel Asturias– alcanzaron reconocimiento continental y mundial como cultores comprometidos con los intereses de su pueblo y de un esfuerzo político que pretendió echar a andar un proyecto económico modernizador que involucrara a las mayorías en el empleo, el salario y el consumo, sobre la base de la pequeña propiedad agrícola como soporte económico de un régimen capitalista competitivo y de un Estado plenamente democrático.
Galich –cuyo centenario se celebra a lo largo de este año en Cuba y en Guatemala– fue un intelectual ilustrado: educador, dramaturgo, ensayista, dirigente político, historiador e ideólogo latinoamericanista. Su vasta obra así lo confirma. Producto de la educación pública durante las dictaduras “liberales” que asolaron Guatemala y el resto de Centroamérica, empezó siendo un orador estudiantil para luego pasar a escribir y representar obras de teatro en su Instituto Central para Varones y convertirse en profesor de pedagogía, literatura, gramática e historia en la escuela Normal Central de Varones y en el Instituto de Señoritas Belén (en los años treinta), y en dirigente universitario en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Carlos de Guatemala, contra la dictadura de Jorge Ubico (en los años cuarenta). En 1948 se graduó de abogado, y en 1950 fue candidato a la Presidencia de la República cuando resultó electo Jacobo Arbenz, con cuyo gobierno colaboró como ministro de Relaciones Exteriores. Antes, durante el gobierno de Juan José Arévalo, había sido presidente del Congreso de la República y ministro de Educación. En 1954 fue nombrado embajador en Argentina, país en donde lo sorprendió el derrocamiento de Arbenz por parte de la cia, la oligarquía guatemalteca y un sector derechista del ejército nacional, y en aquel país permaneció asilado hasta 1962, cuando fue llamado a La Habana por Haydee Santamaría para que trabajara con ella en la Casa de las Américas, de la cual fue subdirector y donde fundó y dirigió el Departamento de Teatro y su revista Conjunto. Galich fue asimismo catedrático de Historia de América Latina en la Universidad de La Habana, ciudad en la que murió el 31 de agosto de 1984. El próximo 30 de noviembre de 2013 se cumplirán cien años de su nacimiento en la entonces apacible y antañona ciudad de Guatemala.
El autor y su legado
La bibliografía de Galich es, como apunté, vasta. En ella destacan algunos libros que han marcado el quehacer intelectual guatemalteco y latinoamericano por su lúcido enfoque crítico y estético del momento histórico que atravesaba entonces su país y el continente, y que por eso merecen especial mención puntual. Tal es el caso de su intensa crónica de la Revolución guatemalteca, Del pánico al ataque (1949); de sus ya clásicas piezas teatrales antiimperialista El tren amarillo (1950) y El pescado indigesto (1953); de su estudio sobre la situación política continental, Mapa hablado de América Latina (1973) y de su pionera historia de la América precolombina, Nuestros primeros padres (1979). Estos textos son lúcido ejemplo de un vibrante latinoamericanismo crítico que se profundizó en nuestro autor a medida que se identificaba con la Revolución cubana, con la agenda cultural de la Casa de las Américas y con el compromiso académico de la Universidad de La Habana, a las que dedicó sus mejores esfuerzos intelectuales.
Reconocido por algunos como dramaturgo, por otros como historiador y por otros como político, Galich fue un modelo de intelectual orgánico porque nunca desligó su actividad académica de los intereses populares, ni su esfuerzo estético de la función didáctica que la obra de arte escénico y ensayístico puede cumplir en coyunturas en las que se convierte en elemento movilizador de multitudes. En tal sentido, su legado escrito y su ejemplo personal constituyen un acervo invaluable para las juventudes que no han sido del todo seducidas por el relativismo a-moral, la fragmentariedad esquizoide y el descoyuntamiento estructural de las ideologías de la postmodernidad consumista en clave neoliberal. Hace falta, claro, que esas juventudes lo descubran. Y, para el efecto, hace falta que nosotros lo demos a conocer.
El legado y el ejemplo
En 1978, con ocasión del XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, pude entrevistar en la Casa de las Américas a tres exministros de Arbenz: Alfonso Bauer Paiz, Guillermo Toriello y Manuel Galich. A los tres les hice una sola pregunta: ¿Por qué cayó Arbenz? Recuerdo que ante la severa autocrítica de Bauer Paiz, Galich reaccionó diciendo que de nada valía rasgarse las vestiduras por no haber estado a la altura de las circunstancias, y sugirió que la Revolución cubana era un resultado de los errores cometidos en Guatemala, con lo que adhería al criterio que al respecto había externado el Che Guevara, y también a su visión continental de la revolución popular como un proceso concatenado, cuya unidad estaba dada por la historia compartida de nuestros países.
Cuando le pregunté por qué no regresaba a Guatemala, me respondió que, de regresar, debía hacerlo como guerrillero y que para eso ya no tenía las facultades físicas requeridas, que sentía que podía servir mejor a la causa guatemalteca desde Cuba y que en ese sentido él seguía comprometido con la misma lucha popular que se había visto truncada en su país por la derecha local y el interés capitalista internacional.
Por su postura política y por su labor intelectual, Galich es reverenciado en Cuba. Tanto en la Casa de las Américas –en donde una sala lleva su nombre– como en la Universidad de La Habana –en la que existe una cátedra que también se llama como él. He sido testigo pleno de esto. Sobre todo cuando visité Cuba en enero de 2011 como jurado del Premio casa. Y al constatar cómo sus antiguos alumnos y los pupilos de éstos lo evocan con tantísimo afecto y agradecimiento, no pude dejar de lamentarme de que en Guatemala sólo les sea familiar a los sobrevivientes revolucionarios, a quienes se dedican al teatro y a los que asisten a las representaciones de sus obras, cuando debería ser ampliamente leído por estudiantes de secundaria, de ciencias sociales y de literatura, por políticos y activistas, y honrado como se merece en su calidad de intelectual orgánico de una revolución cuya agenda económica y política constituye todavía una asignatura pendiente en ese país.
El legado de Galich se concentra, pues, en su ejemplo: un ejemplo escritural que es político, y un ejemplo político que es moral. De aquí que sea un hecho afortunado el que su centenario coincida con el de Jacobo Arbenz, el presidente cuyo derrocamiento truncó la revolución modernizadora de Guatemala, retuvo a Galich en Argentina y después lo lanzó a Cuba, en donde desarrolló su vocación intelectual, artística y política de la mejor manera posible –dadas las circunstancias– y en donde su memoria es dignamente honrada, como tiene que llegar a serlo en su propio país.

Mario Roberto Morales

La Jornada en Línea

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