Hoy, Estados Unidos está tomando medidas históricas para trazar un
nuevo rumbo en nuestras relaciones con Cuba y para confraternizar y
empoderar al pueblo cubano. Estamos separados por 90 millas de mar, pero
unidos gracias a las relaciones entre los dos millones de cubanos y
cubano-americanos que viven en Estados Unidos con los 11 millones de
cubanos que comparten una esperanza similar de llevar a Cuba a un futuro
más prometedor.
Está claro que las décadas de aislamiento de Cuba por parte de EE.
UU. no han conseguido nuestro perdurable objetivo de promover el
surgimiento de una Cuba estable, próspera y democrática. En
determinados momentos, esta política de larga data de EE. UU. en
relación con Cuba provocó un aislamiento regional e internacional de
nuestro país, restringió nuestra capacidad para influenciar el curso de
los acontecimientos en el hemisferio occidental e imposibilitó el uso de
toda una gama de medidas que Estados Unidos puede utilizar para
promover un cambio positivo en Cuba. A pesar de que esta política se
basó en la mejor de las intenciones, su efecto ha sido prácticamente
nulo: en la actualidad Cuba está gobernada por los hermanos Castro y el
partido comunista, igual que en 1961.
No podemos seguir haciendo lo mismo y esperar obtener un resultado
diferente. Intentar empujar a Cuba al abismo no beneficia a Estados
Unidos ni al pueblo cubano. Hemos aprendido por propia experiencia que
es mejor fomentar y respaldar las reformas que imponer políticas que
convierten a los países en estados fallidos. Hoy, al tomar estas
medidas, hacemos un llamamiento a Cuba para que desencadene el potencial
de 11 millones de cubanos poniendo punto final a las innecesarias
restricciones impuestas en sus actividades políticas, sociales y
económicas. Con ese mismo espíritu, no debemos permitir que las
sanciones de EE. UU. impongan una carga aún mayor a los ciudadanos
cubanos a los que estamos intentando ayudar.