Nadie lo dudó esta vez. El terror
cobró en enero varias víctimas más y, entre ellos, no podía faltar el joven
maestro voluntario Conrado Benítez, aquel que cargaba sobre sí mismo la mayor
de las culpas ante los bandidos asalariados de la CIA: ser negro, educador y,
sobre todo, revolucionario.
Nacido en Pueblo Nuevo, Matanzas, 19 de febrero de 1942,
aquel joven negro de origen humilde conoció una infancia de sin par sacrificio,
cuyo sello distintivo lo serían una enorme capacidad para sobrevivir en una
época de segregación y pobreza, así como un sorprendente afán de superación
personal. A pesar de trabajar en las escasas profesiones a las que tiene acceso
el ciudadano pobre —limpiabotas y panadero—, encontró espacio para estudiar y vencer la
enseñanza elemental. Luego vendrían los azarosos días de deambular por las
calles de la Habana, ciudad a la que se trasladó, para cursar estudios en el Instituto “José
Martí”. Durante este tiempo conoció la más cruel discriminación en la Capital y
sólo una fe ciega en el porvenir le hizo resistir todo tipo de adversidades y
vejaciones.