Esta vez el
presidente Barack Obama no tuvo chance de hacer uso de su dudoso histrionismo
para “encantar” a una España dividida en lo político y cargada de serios
problemas económicos. No tuvo chance de desplegar sus aparentes dotes
histriónicas como lo hizo con Pánfilo en La Habana –en un intento de vender una
imagen positiva como lo hizo en sus visitas a Cuba y a Vietnam– visitando
restaurantes privados y vendiendo sonrisas a diestra y siniestra. Tuvo que
guardar la hipocresía y el marketing político, haciendo una visita que, no
obstante, le permitió alcanzar en cierta medida los objetivos que guardaba en
su agenda viajera.