Insto,
pues, a los
órganos de enfrentamiento de los EEUU ante amenazas terroristas a
prepararse
mejor, a actuar con diligencia y transparencia; a capacitar a sus
agentes,
oficiales y supervisores, a elevar su compromiso con sus misiones no
exclusivamente
por los beneficios monetarios y otros estímulos materiales sino a partir
de la
convicción, la limpidez y el compromiso -abogando a su lealtad hacia su
familia
y su pueblo-, a no dejarse manipular inculpando al inocente, a ser
justos y respetuosos
con sus conciudadanos y, sobre todo, a entender que el cerebro del
hombre
siempre será más efectivo que una máquina para detectar al terrorista.
Para mí, los muertos inocentes norteamericanos víctimas del terrorismo,
también cuentan.
Mientras múltiples
amenazas de bombas fueron realizadas por vía telefónica contra aviones
comerciales estadounidenses y procedentes de otras naciones –repitiendo las
tres realizadas hace apenas unos días y que, en uno de los casos, la supuesta
presencia de una arma nuclear -, generando una inusual alerta y conmoción en
los viajeros, no solo ha mostrado fallas en la Administración de Seguridad en
el Transporte (TSA) en cuanto a control de viajeros y equipajes en los
aeropuertos, sino también ha revelado la importancia del factor humano en el
enfrentamiento al terrorismo y la necesidad del riguroso cumplimiento de las
normas y la disciplina por parte de aquellos encargados de proteger las
fronteras de cualquier nación.
No importa que todo
resulte una falsa alarma y que su repetición tienda a relajarnos y a ser más
indiferentes a ellas. Toda amenaza requiere una acción de respuesta inmediata.
Tal vez las medidas más eficaces sean la capacitación y elevación del
compromiso de quienes vigilan nuestros aeropuertos, la exigencia del
cumplimiento de los protocolos establecidos y las modelaciones dirigidas a
detectar brechas en la seguridad.