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lunes, 12 de agosto de 2013

Sacerdote que mandaba a matar desde el púlpito hoy está prófugo

El pasado jueves, el padre Óscar Albeiro Ortiz llegó muy temprano a la parroquia del corregimiento San Antonio de Prado, de Medellín. Alistó su alba, el cíngulo, la estola y celebró la misa. Tenía que volver de nuevo, a las cinco de la tarde, pero desapareció.

Al otro día fue condenado a 19 años de cárcel por homicidio, concierto para delinquir y desaparición forzada.

La sala Penal del Tribunal Superior de Medellín dio a conocer el viernes 2 de agosto la revocatoria de un fallo de un juez que lo había absuelto el 10 de agosto del 2012. Con la revocatoria queda en firme la sentencia contra el padre, acusado de dos masacres y de liderar la banda ‘los Desmovilizados’, un grupo ilegal conformado por exmiembros del bloque Cacique Nutibara de las Autodefensas Unidas de Colombia, Auc.

El padre Óscar nació en San Antonio de Prado, fue ordenado sacerdote católico el 28 de agosto de 1993 tras haber estudiado 13 años en el seminario jesuita de Yarumal, Antioquia. Viajó por un periodo a África, para terminar su formación religiosa y, cuando regresó al país, en 1998, llegó al mismo templo donde estaba el pasado jueves. Allí se hizo famoso porque sus celebraciones litúrgicas eran modernas y conmovedoras, “a veces lloraba en plena eucaristía”, cuenta una de sus feligreses.

Pero ahí también empezaron sus problemas porque, desde el altar, lanzaba reprimendas contra homosexuales, guerrilleros y marihuaneros.

Se hizo amigos y enemigos por su cercanía con Severo Antonio López, alias ‘Job’, y con el comandante Camilo, que eran los mandos medios de alias ‘don Berna’, el paramilitar que dominaba la zona. Un día después de irse de esta capilla en el año 2000, fueron asesinados cinco jóvenes que estaban acampando cerca de la Iglesia, a los cuales el padre, desde el púlpito, había tildado de guerrilleros. Fueron desmembrados.

Esa es una de las dos masacres por las que acusan al padre, que se hizo famoso en el barrio El Limonar a donde llegó trasladado ese año y donde algunos lo ven como un dios. “Esto aquí era un barranco. Él, ladrillo a ladrillo, teja a teja, construyó la iglesita”, dice Gloria Berrío, quien trabajo con él dos años aseando el templo.

En esas misas precisamente les anunció a sus feligreses que el barrio iba a ser pacificado: “Va a llegar una gente que nos va a ayudar, pero les pido que no denuncien”. Y pronto llegaron ‘don Berna’ y alias ‘Job’ entonces jefes de la ‘oficina de Envigado’. “Los confesaba primero que a todos, luego se reunían a rezar y por último se encerraban a hablar”, denuncia un habitante del sector, víctima de las amenazas del padre Óscar.

Andrés* también lo recuerda como un hombre violento que les pegaba a niños y mujeres: “Una vez me llevó a la Iglesia me amarró y me empezó a dar palo. Me dijo que si no me comportaba me ‘ofrecía tres balas’”.

Julián*, hoy integrante del combo delincuencial del ‘Limonar 1’, asegura que un amigo suyo fue asesinado por el cura: “Lo llamó por los parlantes de la Iglesia. Como el ‘man’ no fue le soltó a los ‘paracos’ que se lo llevaron a El Manantial –un barranco a unos metros de la Iglesia–. Allá lo torturaron. Me tocó ver todo. Cuando el padre llegó, después de haberle pegado, se escucharon unos disparos. No puedo decir que él lo mató, pero dio la orden”.
“El ‘man’ siempre cargaba el ‘fierro’ en el guardabiblia y cuando conversaba con uno se lo ponía en las piernas”, agrega. En el 2010 el alcalde de la época, Alonso Salazar lo denunció por ser jefe de una banda criminal que se asoció con paramilitares y así comenzó una investigación de la que fue absuelto.
Después de eso, nunca dejó de dar misa, hasta el pasado jueves, cuando se fugó, un día antes de ser condenado.

*Nombres cambiados por seguridad.

Testigos fueron asesinados

En el proceso en el que fue absuelto el padre Óscar en el 2010 (el que fue revocado el pasado 2 de agosto), hubo dos asesinatos que llamaron la atención de los investigadores del CTI. El de Gustavo González acribillado en un taller de Itagüí el 13 de mayo de 2009, justo un día antes de ir a una cita en la Fiscalía; y el de John Arango, un informante que adelantaba gestiones para entrar al Programa de Protección de Testigos y que fue baleado en 2010. Otros fueron torturados y desplazados.

YEISON GUALDRÓN
Corresponsal de EL TIEMPO
Medellín

ANNCOL

viernes, 17 de mayo de 2013

Texto sin nombre. Muerto sin lugar


Imágenes de Jorge Rafael Videla en la prisión de Campo de Mayo publicadas en el libro "Disposición Final", de Ceferino Reato.
 
Murió un canalla. Un asesino serial. Un genocida. Un criminal. Un culpable de muertes, torturas, exilios, prisiones, violaciones de mujeres, madres sin hijos, hijos e hijas sin padres y madres, niños y niñas expropiados en su identidad. Un fascista de esos que se dicen argentinos.

¿Qué hacer con ese muerto? ¿Qué pedazo de tierra vamos a contaminar con sus desechables restos? ¿Cuánto tiempo dedicaremos a escupir sobre sus palabras dichas en nuestro mismo lenguaje? ¿Qué piquetes haremos en nuestro infierno para que no pueda entrar?

Tendría que existir un no lugar para los tiranos. Una especie de basurero de la historia en el que no haya riesgo de reciclaje. Un lugar donde no tengamos que volver a encontrarlos jamás. Donde ellos definitivamente no estén… entre nosotras y nosotros. Cuando ya por suerte no respiran e infectan nuestro mismo aire, cuando ya no largan su pútrido aliento sobre el oxígeno que nos mantiene vivas… habría que inventar un no espacio para
ellos.

Pero sospecho que no. Que ese no lugar no existe. Sospecho que seguirán ensuciando nuestras noches con pesadillas. Sospecho que todos lo “no” que me salen en este texto, son voces escapadas de nuestro espanto.

El canalla murió en la cárcel. Algo es algo, me digo. Pero se llevó pruebas
y silencios a su tumba marmolada.

No voy a nombrarlo, me digo. No voy a contaminar mi texto. No quiero compartir ya nuestro lenguaje con el suyo. Es que las palabras no pueden significar lo mismo para ellos y para nosotras. No significan lo mismo, digo.

Pero tal vez sí. Tal vez haya que decir que su apellido es un insulto para la humanidad. Que los niños y niñas que hoy están naciendo, debieran saber algún día, que de las entrañas de una argentinidad fascista que nos espanta, nacieron tantos videlitas que dan asco y miedo… y que eso puede volver a suceder, si no sabemos identificarlos. Que tal vez por eso una y otra vez hay que marcarlos, señalarlos, escracharlos todos los días, si queremos quitarles el poder sobre nuestras vidas.

El canalla murió en la cárcel, como corresponde. En una cárcel común. Pero hay tanto fascista suelto. Y no hablo solamente de los dinosaurios viejos. Hay tanto facho joven. Tanta desmemoria en territorios heridos de nuestra historia cotidiana.

Me cuesta pensar que murió esa pesadilla. Porque la muerte finalmente es parte de la vida. Y la vida es nuestra. El canalla se creyó dios, amo de la vida y de la muerte… pero no. Ni dios ni el papa lo salvaron del final tan ineludible. Murió en la cárcel me digo.

Y no habrá manera de quitarle las rejas de su cuerpo. Porque ni muerto será perdonado. Y porque, aunque ensucie todo lo que toca, tampoco será olvidado. Ni muerto.

Mientras el canalla se pudre en nuestra lastimada memoria… ahí seguimos. En un caminar colectivo, tumultuoso, caótico, fértil. Vamos encendiendo resistencias. 30000 veces 30000. Multiplicando rebeldías. Desmalezando de fachos nuestros territorios. Sacándolos de todos los rincones. Porque “a donde vayan los iremos a buscar”.

Y sembrando nuestro corazón en el camino. Amando definitivamente al pueblo. Hasta la vida siempre.

Por Claudia Korol






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