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miércoles, 22 de mayo de 2013

Nadie quiere el cadáver de Videla: vecinos de su ciudad natal se niegan a que sea enterrado en el cementerio local






La familia de Videla anunció su intención de enterrarlo en Mercedes, su ciudad natal, en el norte de la provincia de Buenos Aires. Allí, la familia tiene dos bóvedas privadas en el cementerio municipal.

Pero los vecinos de Mercedes se oponen. El lunes, luego de que se hiciera pública la noticia, vecinos y activistas de derechos humanos colgaron carteles en el acceso al cementerio con los nombres de los 22 desaparecidos que tuvo la ciudad durante el régimen militar que presidió Videla.

También convocaron a una manifestación el miércoles en la plaza principal de Mercedes, para repudiar la figura de Videla.

El exmilitar murió en prisión luego de haber sido condenado a cadena perpetua en 2010 por la desaparición de 31 detenidos y de recibir otra condena a 50 años de cárcel en 2012 por el robo sistemático de niños nacidos en cautiverio.

En estos días enfrentaba un tercer proceso, por los delitos cometidos en el marco del llamado “Plan Cóndor” de coordinación de los regímenes militares del Cono Sur americano.

Según los organismos de derechos humanos, cerca de 30.000 personas fueron asesinadas o desaparecidas durante el último régimen militar en Argentina, instaurado en 1976 con un golpe de Estado encabezado por Videla, entonces jefe del Ejército.

Rechazo

Por medio de un comunicado difundido a través de las redes sociales, un grupo de militantes de Mercedes afirmó que esa ciudad “no quiere transformarse en depositario de los restos del mayor genocida argentino, ni en centro de peregrinaje del fascismo argentino”.

La agrupación Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (Forja) pidió al Concejo Deliberante local “una declaración clara y contundente, que contemple el sentimiento de la mayoría del pueblo”.

El legislativo aún no se pronunció sobre la muerte de Videla o los presuntos planes de entierro pero fuentes locales informaron que el tema podría ser debatido en su próximo encuentro, el lunes que viene.

En tanto, el secretario de Derechos Humanos del municipio, Marcelo Melo, -quien organizó la muestra de carteles que se colgó en la entrada del cementerio local- mostró su rechazo a recibir los restos del exrepresor, pero admitió que las autoridades no pueden hacer nada al respecto.

“Si bien podemos repudiar, tampoco podemos prohibir que traigan el cuerpo de Videla aquí al cementerio porque la familia tiene bóvedas privadas y personales, no estaría a nuestro alcance impedirlo”, expresó el funcionario.

Sin honores

Las autoridades anunciaron que Videla será enterrado sin honores, luego de que el gobierno firmara una resolución en 2009 que prohíbe rendir distinciones durante su funeral a exrepresores fallecidos.

De esta manera se evitará la controversia que surgió en 2003 cuando el expresidente de facto Leopoldo Fortunato Galtieri (1981-1982) fue sepultado con honores militares en el panteón castrense del cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires, tras fallecer a causa de un paro cardíaco a los 76 años.

/TheClinic

Tomado de Paz con Dignidad

viernes, 17 de mayo de 2013

Texto sin nombre. Muerto sin lugar


Imágenes de Jorge Rafael Videla en la prisión de Campo de Mayo publicadas en el libro "Disposición Final", de Ceferino Reato.
 
Murió un canalla. Un asesino serial. Un genocida. Un criminal. Un culpable de muertes, torturas, exilios, prisiones, violaciones de mujeres, madres sin hijos, hijos e hijas sin padres y madres, niños y niñas expropiados en su identidad. Un fascista de esos que se dicen argentinos.

¿Qué hacer con ese muerto? ¿Qué pedazo de tierra vamos a contaminar con sus desechables restos? ¿Cuánto tiempo dedicaremos a escupir sobre sus palabras dichas en nuestro mismo lenguaje? ¿Qué piquetes haremos en nuestro infierno para que no pueda entrar?

Tendría que existir un no lugar para los tiranos. Una especie de basurero de la historia en el que no haya riesgo de reciclaje. Un lugar donde no tengamos que volver a encontrarlos jamás. Donde ellos definitivamente no estén… entre nosotras y nosotros. Cuando ya por suerte no respiran e infectan nuestro mismo aire, cuando ya no largan su pútrido aliento sobre el oxígeno que nos mantiene vivas… habría que inventar un no espacio para
ellos.

Pero sospecho que no. Que ese no lugar no existe. Sospecho que seguirán ensuciando nuestras noches con pesadillas. Sospecho que todos lo “no” que me salen en este texto, son voces escapadas de nuestro espanto.

El canalla murió en la cárcel. Algo es algo, me digo. Pero se llevó pruebas
y silencios a su tumba marmolada.

No voy a nombrarlo, me digo. No voy a contaminar mi texto. No quiero compartir ya nuestro lenguaje con el suyo. Es que las palabras no pueden significar lo mismo para ellos y para nosotras. No significan lo mismo, digo.

Pero tal vez sí. Tal vez haya que decir que su apellido es un insulto para la humanidad. Que los niños y niñas que hoy están naciendo, debieran saber algún día, que de las entrañas de una argentinidad fascista que nos espanta, nacieron tantos videlitas que dan asco y miedo… y que eso puede volver a suceder, si no sabemos identificarlos. Que tal vez por eso una y otra vez hay que marcarlos, señalarlos, escracharlos todos los días, si queremos quitarles el poder sobre nuestras vidas.

El canalla murió en la cárcel, como corresponde. En una cárcel común. Pero hay tanto fascista suelto. Y no hablo solamente de los dinosaurios viejos. Hay tanto facho joven. Tanta desmemoria en territorios heridos de nuestra historia cotidiana.

Me cuesta pensar que murió esa pesadilla. Porque la muerte finalmente es parte de la vida. Y la vida es nuestra. El canalla se creyó dios, amo de la vida y de la muerte… pero no. Ni dios ni el papa lo salvaron del final tan ineludible. Murió en la cárcel me digo.

Y no habrá manera de quitarle las rejas de su cuerpo. Porque ni muerto será perdonado. Y porque, aunque ensucie todo lo que toca, tampoco será olvidado. Ni muerto.

Mientras el canalla se pudre en nuestra lastimada memoria… ahí seguimos. En un caminar colectivo, tumultuoso, caótico, fértil. Vamos encendiendo resistencias. 30000 veces 30000. Multiplicando rebeldías. Desmalezando de fachos nuestros territorios. Sacándolos de todos los rincones. Porque “a donde vayan los iremos a buscar”.

Y sembrando nuestro corazón en el camino. Amando definitivamente al pueblo. Hasta la vida siempre.

Por Claudia Korol






miércoles, 10 de abril de 2013

Sólo quedan vivos Videla y Bush

El más viejo de los tres todavía está vivo. Nació el 2 de agosto de 1925. Tiene 87 años. El del medio nació el 13 de agosto de 1925 y murió el 16 de marzo último. Tenía 87. Ella era la más joven de los tres. Nació dos meses después que el segundo, el 13 de octubre. También murió a los 87 años 
 
Jorge Rafael Videla, José Alfredo Martínez de Hoz y Margaret Thatcher gobernaron en simultáneo desde el 4 de mayo de 1979 hasta el 29 de marzo de 1981. La primera es la fecha en la que Thatcher entró en Downing Street 10 para comenzar su trabajo como primera ministra. La última fecha marca el momento en que Videla, y con él Martínez de Hoz, dejaron la Casa Rosada y el Ministerio de Economía. Videla había asumido el mando con el golpe del 24 de marzo de 1976. Unos días después, el 29 de marzo, la Junta Militar, que además integraban el marino Emilio Eduardo Massera y el aeronauta Orlando Ramón Agosti, designó ministro a Martínez de Hoz.

Los tres compartieron una época que remataría en el apogeo de Ronald Reagan y George Herbert Walker Bush (el padre de George W.), la dupla que se encargó de profundizar la desigualdad en los Estados Unidos y ganar la última carrera contra la desvaída Unión Soviética, entre 1981 y 1993. La URSS se disgregó en 1991, durante la presidencia de Bush, que había sido vicepresidente de Reagan. Aún vive. Nació el 12 de junio de 1924 y tiene 88 años. Acaso Bush sea el que une a todos los personajes de ese tiempo. Miembro de la élite política, financiera y petrolera de los Estados Unidos, con el republicano Gerald Ford de presidente fue director de la CIA, la Agencia Central de Inteligencia, entre enero de 1976 y enero de 1977. Antes había sido el encargado de la oficina de enlace en la República Popular China, donde tejió el estreno de las relaciones con Beijing por decisión del presidente Richard Nixon y su mano derecha para la política exterior, Henry Kissinger. Bush padre pertenece a la generación de políticos norteamericanos fogueados no solo en la Guerra Fría sino en la Segunda Guerra Mundial, en su caso como un joven piloto de la aviación naval condecorado por 58 misiones.

El gran giro de los Estados Unidos comenzó a producirse con Nixon, presidente entre 1969 y 1973 y luego otra vez presidente, aunque trunco. No completó su segundo mandato por el escándalo de Watergate, cuando los periodistas de The Washington Post Bob Woodward y Carl Bernstein descubrieron el espionaje de los servicios de inteligencia al Partido Demócrata.

Además de reconocer a la China surgida en la revolución de 1949, Nixon firmó la paz en Vietnam y oficializó el fin de una guerra que ganaron Vietnam del norte, los guerrilleros de Vietnam del Sur y el movimiento pacifista norteamericano, robustecido por el espíritu libertario nacido en la década del ’60 y los cientos de miles de cadáveres de jóvenes conscriptos que se tornaron una carga social intolerable.

Nixon, Ford, Kissinger, Reagan y Bush forman parte de la casta que se propuso, y lo consiguió, rediseñar su país sin concesiones a políticas populares como las de Franklin Delano Roosevelt en los ’30, aplastar todo intento de cambio en América latina y ganarle la carrera armamentista a la otra superpotencia con base en Moscú. La carrera armamentista y la carrera a secas.

Thatcher integró ese juego a nivel internacional tanto como los dirigentes norteamericanos o como Juan Pablo II, que inauguró su papado en 1978. Y a nivel de su práctica y sus ideas en Gran Bretaña, buscó desmontar lo más posible la construcción laborista de posguerra. Hugo Young, que escribió el libro Margaret Thatcher. La mujer de hierro, destaca allí dos expresiones de la líder conservadora que murió ayer.

Una: “Es imposible atender a la gente necesitada de la sociedad a menos que uno acumule riqueza suficiente para proceder así”.

Otra: “No debemos pretender que el Estado aparezca en la forma de una extravagante hada buena en todos los bautismos, un acompañante locuaz en cada etapa del viaje de la vida, el deudo anónimo de cada funeral”.

Redujo el impuesto a la capa de ricos más ricos del 83 al 60 por ciento. Duplicó el impuesto al valor agregado. Destruyó las conquistas de los mineros del carbón, a tal punto que ayer David Hopper, secretario general de la Asociación Mineros de Durham, festejó su cumpleaños número 70 agradeciendo estar vivo para celebrar “un gran día”. “No siento ninguna tristeza –dijo el gremialista–. Thatcher destruyó a nuestra comunidad, nuestros a pueblos y a nuestra gente.” La primera ministra derrotó a los mineros tras una larga lucha que emprendieron tras una chispa: en marzo de 1984, el director de la estatal Empresa Nacional del Carbón para South Yorkshire, George Hayes, informó a los sindicalistas que la mina de Cortortwood no sería cerrada cinco años después sino en cinco semanas. Todo para reducir costos.

En el diario conservador The Times, el periodista George Osborne escribió que Thatcher restauró el optimismo en el Reino Unido.

Una de las formas de esa restauración, junto al combate contra el igualitarismo, contra el Estado fuerte y contra el poder de negociación sindical, fue la decisión con la que Thatcher ordenó enviar la fuerza punitiva a Malvinas tras el desembarco resuelto por la Junta Militar el 2 de abril de 1982.

Ya no estaban Videla ni Martínez de Hoz sino Leopoldo Galtieri y Roberto Alemann. Los primeros habían protagonizado una batalla por un ideal que Mariano Grondona llamaba en su revista Carta Política “Extremo Occidente”. Si Occidente estaba encabezado por James Carter, el demócrata que gobernó entre 1977 y 1981, antes de Reagan, y reclamó por los derechos humanos en la Argentina, entonces la Argentina debía ser Extremo Occidente. Videla y Martínez de Hoz llegaron a pactar con la Unión Soviética el apoyo doméstico e internacional a la dictadura. Su compromiso fue firme: en 1980 ambos cruzados de la guerra sucia no acompañaron a Carter en el boicot cerealero a la URSS y lo hicieron fracasar. Con Reagan, suponían los nuevos cruzados, que colaboraron en el exterminio de toda forma de rebeldía en América Central, Occidente y Extremo Occidente regresaban a las mismas fuentes. Era cierto, pero no calcularon que en el mercado de las alianzas la presencia de torturadores argentinos en Centroamérica no era suficiente para conseguir el apoyo de Washington a Buenos Aires contra Londres.

A diferencia de lo que ocurrió en los vecinos Chile y Brasil, en la Argentina la transición democrática tuvo un componente nacional propio: las Fuerzas Armadas habían sido derrotadas militarmente mientas estaban en ejercicio del poder.

Solo con demasiado cinismo podría afirmarse que Thatcher, socia de la dictadura y sobre todo de sus inspiradores globales, es la madre de la democracia argentina, y menos su causante decisiva. Pero nadie podría discutir que, como objetivo no buscado pero real, la derrota militar en la guerra de 1982 fue una de las parteras del resquebrajamiento de la tiranía argentina. De allí en adelante, como ocurrió en 1989, el thatcherismo sería posible exclusivamente con la combinación de crisis profunda, desarticulación, miedo y votos. Así fue que los neoconservadores argentinos liderados por Carlos Menem cumplieron con una de las máximas preferidas de Thatcher: “No hay sociedades, solo individuos”.

martin.granovsky@gmail.com

http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-217584-2013-04-09.html

Tomado de  http://www.kaosenlared.net
La CIA realizó un trato con Pakistán que permitió a EE.UU. comenzar su programa de asesinatos selectivos a través de aviones no tripulados a cambio del asesinato de un opositor del Gobierno de Pakistán.
Las negociaciones que condujeron al acuerdo y la metamorfosis que produjeron en la CIA son el tema de un nuevo libro del periodista Mark Mazzetti.

En un extracto publicado por el 'The New York Times', Mazzetti describe cómo Pakistán, que inicialmente opuso resistencia a los intentos de la CIA de comenzar la campaña de asesinatos dentro de sus fronteras, en 2004 pidió ayuda a la agencia para matar a Nek Muhammad, aliado de los talibanes, a cambio de la autorización para comenzar su polémico programa de asesinatos con aviones no tripulados en el país.

El libro explica con detalle la evolución del programa de drones de la CIA, que comenzó durante la presidencia de George Bush, fue adoptado y ampliado por Barack Obama y ahora es objeto de duras críticas.

La CIA desde entonces ha llevado a cabo cientos de ataques con aviones no tripulados en Pakistán que han matado a miles de personas, pakistaníes y árabes, militantes y civiles por igual. Si bien no fue el primer país en donde EE.UU. utilizó drones, se convirtió en el laboratorio para las operaciones de asesinatos selectivos que han llegado a definir una nueva manera de luchar estadounidense, borrando la línea entre soldados y espías y eliminando los mecanismos normales con los que Washington marca su estilo de guerra. 

En el proceso, dice el periodista, “la agencia, que comenzó como un servicio de espionaje de inteligencia durante la guerra fría, se transformó en una organización paramilitar”.

El libro de Mazzetti, 'The way of the knife: the C.I.A., a secret army, and a war at the ends of the Earth', salió a la venta el martes. 


Texto completo en: http://actualidad.rt.com/actualidad/view/91381-cia-programa-asesinatos-drones-pakistan

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