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martes, 17 de diciembre de 2013

Cuba: derechos culturales.

La colmenita 
Compañía de teatro infantil “La colmenita”

Mi generación, la que nació en el límite de las dos épocas, en el instante del parto histórico, muy poco antes y mucho después, la que se multiplicó por el deseo y la confianza de las madres que entonces decidieron emular a la Historia en eso de parir, de crear, fue hija de los libros. Alguien debiera anotarlo: las Revoluciones, todas, sienten una vocación pedagógica. Lenin se refería al hecho de que los pueblos, en época de grandes transformaciones, aprenden en semanas, en días, lo que en épocas normales llegan a entender en décadas, en siglos. Pero nunca es suficiente. Las Revoluciones necesitan del saber, nacen hambrientas de saber. Fidel lo expresó de forma clara: “les pido que lean, no que crean”.

Para que las llamadas masas pudieran leer, en Rusia, en China, en Cuba, en Nicaragua, en Venezuela, las Revoluciones alfabetizaron al pueblo. Alfabetizar no significa aprender a deletrear y a escribir el nombre propio. Significa transformar a los hombres y mujeres, de simples objetos, en sujetos. Significa hacerlos partícipes, protagonistas de sus vidas. La pasión por el saber, por entender, por transformar y comprometer la vida humana en decisiones personales, colectivas pero personales, como la de aquella mujer del filme de Fernando Pérez (Madagascar) que se buscaba en una foto aérea de la Plaza donde se aglomeraba un millón de personas, una foto que hacía que los rostros fuesen indescifrables, que simularan ser una “masa” informe, y que sin embargo, era un canto a la individualidad: todos los “retratados” se asumían como protagonistas únicos.

La mujer del filme se buscaba absurdamente porque siempre se sintió protagonista, porque no concebía que su rostro no se distinguiera. Porque ella, entre todos, era ella, como nunca antes lo había sido. Qué difícil es explicarle esto a los que nunca han vivido una Revolución, o a los que se distanciaron de ella. Al capitalismo no le interesa que las masas se transformen en colectivos de individuos. Porque no le interesa el individuo, aunque su retórica doctrinal lo enarbole como excusa.

Si me preguntan qué aporta el socialismo a los derechos culturales del ciudadano, tendría que decir algo en apariencia sencillo: la posibilidad de que se encuentre a sí mismo. Por eso los dos actos que simbolizan a la Revolución, que establecen los puntos cardinales de su cruzada cultural, son de una parte la alfabetización, y de la otra, la edición millonaria de la obra cumbre de las letras hispánicas: Don Quijote, el primer libro publicado por el gobierno revolucionario. Los hombres y mujeres de la Patria libre, los recién alfabetizados, eran simultáneamente invitados a traspasar el lindero de la llamada “alta” cultura. Se les pedía que fuesen Quijotes y que pelearan contra sus propios molinos. Contra todos los molinos.

Por eso, también, una de las primeras medidas adoptadas por la Revolución, fue la creación del ICAIC, del cine libre, del cine comprometido. Y una de las escenas más conmovedoras la registró ese cine de sí mismo en sus primeros pasos: la reacción de los vecinos de un pueblo de la montaña frente a una pantalla ambulante; las risas, los asombros, los suspiros de unos espectadores vírgenes, que se descubrían en la pantalla, porque si empezaban a ser protagonistas de sus vidas, lo serían también de aquellas imágenes en movimiento. Y muchos niños huérfanos, deslumbrados, danzaban en las escuelas de ballet, y se transformaban en estrellas rutilantes de un firmamento que había estado vedado para ellos apenas unos años antes, mientras una generación de guajiros se convertía en la nueva vanguardia de las artes plásticas.

La isla de Utopía era una fábrica de bailarines clásicos y de peloteros. Y los actores se trasladaban a lugares como la Sierra del Escambray o a la Ciénaga de Zapata, para fundar el teatro y los hombres del futuro. Entonces aparecieron los cantores rebeldes, simples Silvios y Pablos, en poses y melodías difíciles de descifrar, según los viejos códigos, que los guerrilleros y los estudiantes, y los rebeldes de toda la América nuestra hicieron suyos de inmediato y reivindicaron en la clandestinidad, y en las prisiones, y en la muerte. Nosotros, los hijos de los alfabetizados, los hermanos menores de los cantores primeros, fuimos sobre todo alumnos. Vestidos de azul, de carmelita, de verde, de blanco y azul, que sé yo, enfundados en todos los uniformes de la esperanza, discutíamos frente a los murales o a los carteles que los pintores de vanguardia dejaban como señales del tiempo en las escuelas, o conversábamos, sentados en el piso, con el líder de la Revolución latinoamericana, Fidel, simplemente Fidel.

Éramos hijos de los libros, digo, y a veces creo que la fortaleza era también la debilidad. Pero asistíamos a los actos y soñábamos, como recientemente confesara Silvio, con asaltar Moncadas, o pertenecer a “los comandos del silencio”, la aventura de la epopeya tupamara, con empuñar la adarga del libro iniciático de la Revolución, en la Moneda, o en Angola, o en la frontera de la Nicaragua sandinista, con ser Alberto Delgado o el David de En silencio ha tenido que ser, la serie de televisión. Días felices, días sin nada, más que la pura felicidad de vivir a conciencia, en los bordes de un mundo nuevo. Nuestro deber era estudiar, leer. Hasta que sobrevino el derrumbe de los países que nos acompañaban, o que parecían acompañarnos. Hasta que la neblina desdibujó el futuro. Y un largo paréntesis nos dejó a la deriva. Entonces comprendimos que la instrucción no se convertía de manera espontánea en cultura, que ser revolucionario no era un problema de conocimientos –aunque también presuponía un saber–, sino de ética.

Los valores de la época, los que la historia nos hacía compartir con los habitantes del planeta, adquirían un matiz trágico en el socialismo: la corrupción podía ser sistémica en una sociedad que no se interesaba por el origen del dinero, del tener, pero en el socialismo es antisistémica. El revolucionario no era el que más sabía, sino el más ético. La triste desconfianza, que nos hacía presuponer la doble moral del vecino, se alimentaba de una certidumbre: es la virtud la que nos hace revolucionarios. La virtud es un suceso cultural de la mayor importancia. Ser cultos –la única forma de ser libres–, es ser éticos.

Si me preguntaran cuál fue el mayor aporte de la Revolución a la cultura, diría que hacernos sujetos de la historia. Mis derechos culturales pasan por los libros que leo, por las obras de teatro, de ballet, o de cine que veo, por los deportes que practico o disfruto, por las preocupaciones, dudas y anhelos que me mueven, por mi capacidad para decidir lo que soy, lo que seré, más allá incluso de lo que tengo o pueda tener, y también, sobre todo, por mis sentimientos de solidaridad para con los otros, dondequiera que vivan. Mis derechos culturales se definen en la utilidad que aporta mi vida. Eso es la Revolución.

Por: Enrique Ubieta Gómez*

Texto tomado de la publicación: http://www.lajiribilla.cu

Enrique Ubieta 02 

*Ensayista y periodista. Es autor de los libros Ensayos de identidad (1993), De la historia, los mitos y los hombres (1999), La utopía rearmada (2002), Venezuela rebelde (2006) y Cuba, ¿revolución o reforma? (2012), entre otros. Integró el equipo de redacción de la Historia de la literatura cubana en tres tomos, que preparó el Instituto de Literatura y Lingüística. Fundó y dirigió la revista Contracorriente (1995 – 2004) y la Videoteca Contracorriente del ICAIC (2003 – 2007). Actualmente dirige La Calle del Medio, publicación de opinión y debate. Recibió en 2002 la Distinción por la Cultura Nacional y en el 2011 la Orden Félix Elmuza.

lunes, 28 de octubre de 2013

Una nueva vanguardia artística toca a la puerta

Hay personas “mayores” que se declaran fuera de época y tienen razón, pero en un sentido inesperado para ellas mismas, incluso inverso a lo que suponen. Han envejecido, en efecto, quienes ven sus ideales de juventud como horizontes de otra época, precisamente porque se han convencido de que son de otra época, porque fueron vencidos, y han llegado a la creencia paralizante de que son irrealizables. Nos volvemos viejos en la medida en que dejamos de soñar. Son viejos aquellos que hoy leen con extrañeza el letrero que alguna vez escribieron en las paredes: “seamos realistas, hagamos lo imposible”, y musitan para sí: ¡qué locos estábamos!, mientras enumeran las “cosas buenas” del capitalismo. Sospechen de todo aquel que dice, “ya el mundo cambió, es otro”. Lo digo porque hay seres envejecidos que defienden sus “nuevas” concepciones bajo el falso supuesto de que expresan el sentir de las nuevas generaciones. Y porque también hay jóvenes viejos que se refugian en un cinismo “salvador”, y desoyen el más elemental de los versos de Benedetti: “no te salves”.

Quiero hablar hoy del recién concluido Congreso de la Asociación Hermanos Saíz de Jóvenes Artistas y Escritores, a la que pertenecí en mis primeros años laborales (en realidad fui miembro de la Brigada Hermanos Saíz, su antecesora), allá por los años ochenta del siglo pasado, en Camagüey. Lo diré de forma clara: la sesión plenaria desbordó todas mis expectativas. Quiero escribir una palabra: eufórico. Salí de la sala eufórico. No hay comentarios en la prensa y en la blogosfera contrarrevolucionarias sobre esta vanguardia juvenil, que desbancó con cada intervención las esperanzas que quizás depositaron en su supuesto desapego a los ideales de la Revolución. ¿Sentido crítico? De sobra. Contra lo mal hecho, contra la indiferencia, contra el imperio del mercado y del dinero, contra el consumismo, dentro y fuera de Cuba. ¿Compromiso? De sobra. Con el modelo cultural revolucionario que se sustenta en la solidaridad, en el crecimiento espiritual, en la masividad.

Creo que ha surgido una nueva hornada de auténticos jóvenes. Lo que parecía ser la vanguardia juvenil hasta la semana pasada, empieza a ser rebasada. Y de cierta forma, sus maestros. Los nuevos actores tocan a la puerta, ¿seremos capaces de abrirla sin reservas? Durante el Congreso volaron muy alto: no se encerraron en el cuarto para criticar los descorchados de la pared, hablaron del edificio donde se encuentra el cuarto, del mundo donde está el edificio, y de los descorchados, por supuesto. Porque el hilo negro del mercantilismo, de la chabacanería, del pragmatismo, de la cultura del tener sobrepuesta a la del ser, pende de los dedos del gigante de las siete leguas, que nos quiere de vuelta como meros títeres de su teatro de vanidades. En el complejo entramado social cubano, la batalla decisiva se produce en el terreno de las subjetividades y del imaginario social. Hace algunos años escuché decir a Julio García Espinosa que se había quebrado la identidad, típica de los años sesenta, entre la vanguardia artística y la revolucionaria. En el Congreso de los jóvenes artistas y escritores aprecié la voluntad de juntarlas.

Los temas, felizmente, se concatenaron en las intervenciones del plenario: la necesidad de una estrategia totalizadora (arte, ideología, política, economía) –como la del neoliberalismo, había dicho Graziella Pogolotti el día anterior, pero en sentido contrario –, para que nuestro cimarronaje socialista pueda vencer los retos que el mercado impone; la defensa de la cultura comunitaria, la reconstrucción y la defensa del saber histórico y de la cultura marxista, la construcción de paradigmas del éxito que no se sustenten en lo meramente mercantil, la observancia activa del modelo televisivo cubano, la interacción permanente en los espacios universitarios, la transformación de los liderazgos juveniles cubanos –los deportivos, los artísticos, los políticos–, en imágenes y símbolos que puedan ser contrapuestos a las imágenes y a los símbolos que desvirtúan nuestro ideal socialista. “Ser joven –dijo uno–, no nos hace necesariamente creadores, talentosos, alternativos, nosotros somos parte del problema y también de la solución”. Una muchacha, bella por lo que decía, y por sus ojos, claro, parafraseaba un verso de Juan Gelman, recreado por Galeano: no estamos obligados a ser contemporáneos de nuestros coetáneos, a veces nos acompañan hombres y mujeres de otros tiempos porque los del nuestro parecen ajenos. Y reclamaba: “trabajemos la sensibilidad, la capacidad de discernir, para no tener que buscar en otros siglos a nuestros contemporáneos”.

Pocos días después del Congreso, asistí a un foro de debates organizado por la Asociación en sus predios del Pabellón Cuba. El tema esta vez fue “la vigencia del pensamiento de Ernesto Che Guevara en la Cuba de hoy”. El joven Fernando Martínez Heredia lo advirtió de inmediato, para que las búsquedas no se extraviaran: no existe un pensamiento económico en el Che, sino un pensamiento revolucionario, integrador, en el que confluyen lo económico y lo político. Y mientras los asistentes discutían y coincidían en la necesidad de hacer más visibles sus ideas revolucionarias, pensé en el Congreso finalizado. ¿Está vigente el Che?, ¿lo está Fidel? La pregunta no puede reducirse a Cuba, a este pequeño espacio geográfico, aunque lo incluya; sus ideas, contradictorias y lúcidas, emergen en el mundo de hoy. ¿Son el Che y Fidel nuestros contemporáneos? Sin duda. Los invito a escuchar, a leer, a los artistas y escritores que asistieron al Congreso de la Asociación. ¡Pongámonos de pie y en fila los jóvenes de todas las edades y saludemos a esta nueva hornada de soñadores!

Enrique Ubieta Gómez

martes, 17 de septiembre de 2013

Carcassés no es un héroe, los héroes estaban frente a él



¿Robertico Carcassés es un héroe? Dice en su mensaje que no puede ser oportunista alguien que arriesga el sustento de su familia para decir lo que piensa. Todo es riesgo en la vida, uno apuesta a lo que cree, y juega sus cartas. Si  aceptamos la hipótesis que más nos consuela a los revolucionarios, y creemos a pie juntillas que nada ni nadie nos mueve el consenso, que no lo movemos nosotros con nuestros errores, muy a nuestro pesar, hacia la orilla de la desmovilización, entonces Carcassés actuó como un valiente. Pero si comprendemos que la retórica del amor manipulado –no de aquel que el Che defendió con su vida, el que caracteriza a un revolucionario, si es verdadero–, que insta a los explotados a la reconciliación con los explotadores, que pide el abrazo de dignos y sietemesinos, de neoanexionistas y antiimperialistas, está de moda, entonces es un gesto oportunista.  

Retar la supuesta “corrección” de cualquier postura es un acto de valentía solo si no es moda. ¿Qué era “lo oficial” aquella tarde-noche en la Tribuna, en La Habana, en cada rincón y en cada casa de Cuba?, ¿el agradecimiento a cinco cubanos que estuvieron dispuestos, por amor, a entregar 15, o si fuesen necesarios 20, 25 años o toda la vida, por la de todos los que viven en Cuba, sean militantes o “disidentes”?, ¿con quiénes supuestamente compartimos culpas los revolucionarios, que Carcassés debe decirle algo a la legión de espías de la CIA que trabaja en el edificio de la SINA y luego, también, a quienes defendemos la independencia?, ¿la inconformidad, justa o no, es tan estrictamente personal que, en una convocatoria de respaldo a personas que han entregado todo, no puede obviar el reclamo de un auto, cuya venta ha sido burocráticamente pospuesta?, ¿por qué apelamos a la legítima insatisfacción que compartimos con las manquedades de nuestra prensa y la contaminamos, al hablar de “libertad de prensa o de información”, con la terminología del engaño burgués?, ¿está más informado, o políticamente más instruido, el pueblo estadounidense que el cubano?
 
Hoy el imperialismo cree que las revoluciones latinoamericanas, muertos o enfermos Chávez y Fidel, son más vulnerables, que es la hora final de la venganza, y apuestan a que los Lineamientos –que nos llevan a la victoria por el borde del acantilado–, nos hagan resbalar y caer en el vacío del capitalismo. No apuestan, empujan. No esperan, construyen consensos para la derrota. 
 
Las palabras y los contextos cuentan. El pueblo respondió al llamado de su héroe de forma espontánea y llenó los hogares, las plazas y los cuerpos de cintas amarillas; acudió a la Tribuna, frente a la SINA, junto a René y a los familiares de los prisioneros, para declarar su repudio a la injusta prisión. Carcassés no es un héroe, los héroes estaban frente a él, y Cinco de ellos, incluido René (cuya suerte es la de sus hermanos, esté donde esté), siguen presos en cárceles norteamericanas, desde hace más de 15 años, para defender la libertad de cada uno de nosotros, también la de Carcassés. El talento musical no justifica ni disculpa el agravio. 
 
Enrique Ubieta Gómez  

Tomado de http://la-isla-desconocida.blogspot.com

viernes, 5 de julio de 2013

Ser revolucionario en Cuba, hoy



¿Qué significa ser revolucionario? Los estudiosos del marxismo saben que en sus orígenes, la socialdemocracia se fracturó: los reformistas, cada vez más alejados de las concepciones de Marx, se quedaron con el nombre y los revolucionarios crearon el partido comunista. La polémica “reforma vs. revolución” tiene una larga historia. Ahí están los textos de Lenin, de Rosa Luxemburgo, entre otros. Pero la definición o la opción revolucionaria, y su existencia práctica, no son exclusivas de un partido o de una clase social, aunque sí de una época. Porque los burgueses fueron revolucionarios en su momento. Y el movimiento anticolonial en la era del imperialismo tuvo por lo general un carácter revolucionario. José Martí creó el Partido Revolucionario para lograr la independencia de Cuba, y dicen que hablaba de la revolución necesaria que habría de iniciar una vez alcanzado el poder.  Por eso, me gusta hacer referencia a la tradición cubana del término. Cintio Vitier, por ejemplo, asumiendo los riesgos reductores de cualquier agrupamiento, establece dos tendencias “espirituales” en el último tercio del siglo XIX: la revolucionaria (independentismo, modernismo literario, antievolucionismo) y la reformista (autonomismo, preceptismo literario, evolucionismo positivista). Lo cierto es que Revolución es Creación, salto sobre el abismo, o sobre el muro de la aparente imposibilidad –“seamos realistas, hagamos lo imposible”, decían los estudiantes parisinos del 68–, mirada de cóndor, pero es sobre todo  una toma de partido “con los pobres de la Tierra”. Si tomamos a José Martí como modelo de revolucionario, observaremos en él tres características que se repiten en Fidel Castro:
1. Opción ética antes que teórica: se adopta una teoría para luchar contra la explotación, y no a la inversa. Es vocación de justicia social. “En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre”, escribía Martí. “El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”, acotaba Ernesto Che Guevara. “Es precisamente el hombre, el semejante, la redención de sus semejantes, lo que constituye el objetivo de los revolucionarios”–ha dicho Fidel. El poeta revolucionario salvadoreño Roque Dalton se burlaba de las posiciones esnobistas de la pequeña burguesía en estos versos:

Los que
en el mejor de los casos
quieren hacer la revolución
para la Historia para la lógica
para la ciencia y la naturaleza
para los libros del próximo año o el futuro
para ganar la discusión e incluso
para salir por fin en los diarios
y no simplemente
para eliminar el hambre
para eliminar la explotación de los explotados.

Hay revolucionarios que desconocen la teoría marxista. Y hay académicos marxistas muy conocedores de cada texto, de cada frase de Marx, que jamás han salido a la calle, que son incapaces de sentir, de vibrar, con el dolor o el júbilo ajenos, que no militan; esos académicos “marxistas” no son revolucionarios. Tampoco son continuadores de Marx. Uno de los resortes formadores y auspiciadotes de una Revolución, es la solidaridad.
2. Radicalidad en la comprensión y en los actos; el revolucionario busca la raíz del problema, aún cuando no pueda extirparla de inmediato, aún cuando se equivoque al señalarla, y pasa rápidamente a la acción. A diferencia del reformista, no pretende mitigar el dolor o enmascararlo, sino eliminar la enfermedad.
3. El revolucionario es una persona de fe. No en el sentido religioso. Ninguna declaración mejor que la que hace Martí (otra vez Martí) a su hijo, en la dedicatoria del Ismaelillo: tengo, le dice, “fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti”. Fe en el pueblo, en sus capacidades. El revolucionario entiende los límites de lo posible, y los trasgrede. En esto también se diferencia el reformista, que por razones de clase desconfía o subestima al pueblo. Creer, no es extirpar la duda; los revolucionarios vivimos la angustia de la duda, que es la del conocimiento. Sin embargo, el cínico es contrarrevolucionario, aunque no lo sepa.
Algunos ideólogos de la contrarrevolución reducen la actitud revolucionaria al acto violento, al uso de las armas. Como si las revoluciones armadas no ocurrieran en respuesta a la violencia del poder burgués. Ser un radical –ir a las raíces–, no es optar por la violencia. En su afán por desideologizar hasta el mismísimo concepto de revolución, pretenden hacer pasar como acciones revolucionarias las revueltas violentas de los politiqueros de la seudo república, que querían hacer valer el poder personal. Ni siquiera los antimachadistas o antibatistianos eran necesariamente revolucionarios. Y contraponen el socialismo revolucionario al que llaman “democrático” (socialdemócrata), porque aquel no respeta el orden burgués. El socialismo no solo puede, sino que debe ser democrático, aunque no en el sentido que el sistema capitalista otorga al término. Debe y puede ser más participativo, más inclusivo, más solidario, más representativo. Debe y puede defender la individualidad, no el individualismo, porque es el único camino capaz de transformar a las masas en colectivos de individuos.
Ciertas cualidades o virtudes éticas constituyen el fundamento o la base sobre la que se erige un revolucionario. Pero es una ética esencialmente política, social, no privada, que no puede vaciarse o desligarse de las contradicciones fundamentales de cada época. No se es revolucionario con respecto a los intereses personales, sino de cara a la sociedad. Hay personas conservadoras  –por razones biográficas, y quién sabe si hasta por razones genéticas–, que repelen los cambios bruscos, la incertidumbre de lo nuevo, que disfrutan el orden y la rutina. No son contrarrevolucionarias. En sus Palabras a los intelectuales (1961), Fidel Castro decía: “Nadie ha supuesto nunca que (…) todo hombre honesto, por el hecho de ser honesto, tenga que ser revolucionario. Ser revolucionario es también una actitud ante la vida, ser revolucionario es también una actitud ante la realidad existente (…)”. Y agregaba más adelante: “Es posible que los hombres y las mujeres que tengan una actitud realmente revolucionaria ante la realidad no constituyan el sector mayoritario de la población; los revolucionarios son la vanguardia del pueblo, pero los revolucionarios deben aspirar a que marche junto a ellos todo el pueblo (…) la Revolución nunca debe renunciar a contar con la mayoría del pueblo; a contar, no sólo con los revolucionarios, sino con todos los ciudadanos honestos que aunque no sean revolucionarios, es decir, que aunque no tengan una actitud revolucionaria ante la vida, estén con ella. La Revolución sólo debe renunciar a aquellos que sean incorregiblemente reaccionarios, que sean incorregiblemente contrarrevolucionarios”.
Allí donde una Revolución ha triunfado, el adjetivo –que en el globalizado mundo del oficialismo burgués suele endilgarse como insulto–, se convierte en elogio. Una persona es trabajadora, “buena gente” y revolucionaria. La cotidianidad puede descontextualizar el sustrato rebelde y el significado político del término y reducir la condición del revolucionario a la honradez o a la decencia. A veces, puesto que la Revolución ha tomado el poder, se identifica con el buen comportamiento o la corrección. Decimos: “en el fondo él (ella) es revolucionario(a)”, como si dijéramos que, más allá de sus apariencias, “es una persona noble”. Y creemos que el niño o el joven “más revolucionario”, es el que “se porta bien”. De cierta forma, el calificativo se aburguesa. Esto parece casi inevitable, pero no lo es: una Revolución en el poder necesita establecer su “normalidad”, su gobernabilidad. Defenderse como poder político es la premisa de cualquier poder político, mucho más cuando se trata de un contrapoder acorralado por el Poder Global –que no solo acecha en el plano físico (material, militar), sino también en el espiritual, en el ámbito de la reproducción de valores–, y su normalidad es una “anormalidad” fuera de sus fronteras geográficas. Ser revolucionario es participar en la consolidación del gobierno revolucionario, establecer un frente común con ese gobierno, para defender cada conquista y establecer las nuevas metas, aún cuando los grados de participación en la determinación de esas metas son aún insuficientes o se ejercen de manera formal. La democracia socialista, esencialmente superior, tiene todavía un largo camino por recorrer. Ser revolucionario también es participar desde la crítica comprometida. Criticar no es enunciar un hecho cierto, es actuar sobre él, empujarlo hacia su solución. Lo que otorga veracidad y justeza a una crítica no es el hecho enunciado, es su sentido. Si se desideologiza la crítica, se deshuesa, y se falsean sus enunciados.
De manera imperceptible, ocurre un lento proceso de separación o destilación del contenido “rebelde” que toda actitud revolucionaria presupone. Esto no es bueno. Vienen entonces los que enarbolan la rebeldía y la contraponen al ser revolucionario –vieja aspiración de la subversión imperialista: promover la rebeldía antirrevolucionaria, lo que significa decir, que los rebeldes sean antirebeldes, que aspiren a ser “normales”, inconformes frente a la rebeldía y conformes frente a la enajenación global–, o en sus antípodas, aquellos que consideran que el ser rebelde es el verdadero ser revolucionario. Estos últimos pueden perder el sentido de orientación, porque la rebeldía a secas, habitualmente manipulada por el mercado capitalista, tiene una larga historia de convivencia y a veces de connivencia con el capitalismo. La rebeldía juvenil no es ni puede ser enemiga del espíritu revolucionario; ser revolucionario es la forma superior de ser rebelde. Sin la inconformidad que propicia la rebeldía y sin su disposición para romper moldes, normas, esquemas, es difícil ser revolucionario. Las universidades cubanas no pueden ser “de o para los revolucionarios”, son centros formadores; deben ser, eso sí, formadoras de revolucionarios. De sus aulas salieron Mella y Fidel. El capitalismo (la cultura del tener) intenta domar la rebeldía incentivando sus formas primarias: el desacato, la irreverencia; intenta aislar al rebelde, concentrarlo en sí mismo, explotar al máximo su expresión individualista, transformarlo en un cínico. El socialismo (la cultura del ser), pretende encauzar esa rebeldía hacia la acción transformadora, ponerle mayúsculas, hacerla partícipe de las causas más justas de su época.
Vivo en el barrio centrohabanero de Colón, y muchas personas en mi entorno deben enfrentar enemigos más concretos e inmediatos que el imperialismo norteamericano, al menos eso parece, cuando la corrupción, la burocracia, la doble moral, la insensibilidad, el “sálvese quien pueda” se imponen. Creo, como ellos, que ese es el enemigo principal. Pero no podemos confundir su nombre: se trata del capitalismo, de su capacidad para regenerarse dentro del socialismo, que no es más que un camino (no un lugar de llegada) hacia otro lugar, hacia otra esperanza o certeza de vida mejor. Si desvinculamos ese nombre de aquellas manifestaciones, o las enlazamos erróneamente al camino que hemos emprendido, perdemos el rumbo. No podemos ser revolucionarios hoy, en este mundo globalizado, si no somos anticapitalistas, si no somos antiimperialistas. Si no sentimos como propios las conquistas, los peligros, las humillaciones, de otros pueblos. Si no defendemos la unidad de los revolucionarios cubanos y la de los pueblos latinoamericanos frente al imperialismo. No podemos ser revolucionarios si creemos que el mundo tiene el largo y el ancho de una calle, o de un barrio, o de un país.
 Si aceptamos los consensos que otros construyen, y no construimos los nuestros. Si vaciamos cada palabra de los contenidos de combate, porque de inmediato serán llenadas de otros contenidos, por aquellos que nos combaten. Martí, Mella, Guiteras, el Che, Fidel, se parecen demasiado, para que nos inventemos ese asunto de las generaciones. No han dejado de ser jóvenes. Cambian las tareas, las coordenadas, pero no las actitudes, los principios, el horizonte al que siempre nos acercamos sin llegar. Por otra parte, nadie se hace revolucionario de una vez y para siempre. Hay que nacer como revolucionario cada mañana, cada día. Los papeles no están predestinados ni son inmutables: el héroe de 1868 pudo convertirse en traidor veinte años después; el indeciso de entonces, quizás empuñó las armas con dignidad en 1895; el guerrero valiente de la manigua pudo dejarse seducir por la corruptora política neocolonial; el enérgico antimachadista, desilusionarse de sus ideales de juventud o convertirse en un profesional de la violencia; el revolucionario de la Sierra o del Llano, acomodarse o enredarse en las redes del burocratismo; el escéptico de aquellos días, transformarse en un miliciano fervoroso, en un héroe cotidiano e invisible; el dirigente juvenil, acodado en el balcón de la buena conducta y los aplausos, convertirse en un repetidor de consignas vacías y el profesional rebelde, crecer como tal hasta hacerse revolucionario. Entre unos y otros, disfrazados, están los oportunistas, los “pragmáticos”, los cínicos de siempre. A todos los cerca la historia y, de sus actos múltiples, solo perdura el instante de eticidad fundadora que sostiene a la Patria: “ese sol del mundo moral” que ilumina y define a los seres humanos, según la frase que Cintio rescatara de José de la Luz y Caballero. Una Patria que es Humanidad, que no está en la “hierba que pisan nuestras plantas”, o en unas costumbres siempre en evolución, sino en un proyecto colectivo de justicia. Una Patria que aspira a fundirse con la Humanidad, y que mientras, defiende su espacio para fundar, para crear, para proteger la dignidad plena de sus hombres y mujeres.

Enrique Ubieta

Miradas encontradas

jueves, 28 de marzo de 2013

Venezuela, el vuelo del cóndor y las ideas revolucionarias

 
Caracas. La batalla de las ideas adquiere una importancia decisiva frente al asalto del gran capital contra las conquistas históricas de los pueblos y las condiciones de reproducción de la vida en el planeta.
En América Latina y el Caribe se refleja muy nítidamente pues como en ninguna otra parte del mundo en el siglo 21, las luchas sociales hicieron surgir un bloque de líderes y gobiernos que en distintos grados se oponen al neoliberalismo y han hecho revivir el pospuesto ideal bolivariano y martiano de unidad latinocaribeña. Estos acontecimientos, catalizados luego de la irrupción de Hugo Chávez en la palestra política(1992), han posicionado a nuestra región como un interlocutor internacional crecientemente autónomo e influyente. También han elevado la conciencia política popular de un modo en que el capital cada vez puede ejercer menos la dominación cultural por los medios tradicionales, como se observa diáfanamente en Venezuela.
Aquí, el impacto en los revolucionarios de la desaparición física del jefe histórico de la revolución ha hecho rodar por tierra los pronósticos de la mafia mediática. Lejos de cundir el desaliento y la división, se ha reforzado la unidad y combatividad del chavismo, que se dirige a conquistar para su candidato Nicolás Maduro una rotunda victoria en la elección presidencial del 14 de abril. Al imperio no le queda más recurso que la desestabilización. Así se analizó en el X Encuentro de Intelectuales, Artistas y Luchadores Sociales en Defensa de la Humanidad que el 25 y 26 de marzo debatió en esta capital el pensamiento y la acción de Chávez En este contexto cobra gran actualidad Cuba: ¿revolución o reforma? (La Habana, 2012), libro del ensayista y periodista cubano Enrique Ubieta, ya que aunque su eje es el debate cultural en torno a la revolución cubana, la argumentación empleada trasciende los límites de la isla. La cultura contrarrevolucionaria –dice el autor– sólo puede entenderse desde un enfoque global.
Ubieta desnuda y demuele los estereotipos neoconservadores y posmodernos, mostrando fehacientemente la enorme pobreza intelectual, moral y espiritual que albergan. A partir de una discusión exhaustiva de las aseveraciones del pensamiento contrarrevolucionario cubano e internacional, el autor desmonta sus trampas, eufemismos y emboscadas semánticas y retóricas. Como explica en las palabras iniciales, no es un libro para objetar a personas concretas; la polémica sigue el hilo conductor de la propuesta cultural que intenta restaurar el capitalismo en Cuba, y los argumentos de sus principales exponentes.
En la primera sección del volumen, El vuelo del Cóndor: revolucionarios versus reformistas, Ubieta aborda un tema decisivo para comprender la tradición revolucionaria cubana: la coincidencia entre lo necesario y lo útil. Nos explica que el primer acto útil en pos de la independencia fue inevitablemente de justicia: la liberación de los esclavos.En las condiciones de Cuba, si se quería alcanzar la independencia había que movilizar al grueso de la población tras ese objetivo, que a su vez exigía la abolición de la esclavitud.
Las necesidades vitales de la población sólo podían ser alcanzadas desde presupuestos éticos, sentencia el autor, un principio que se ha mantenido invariablemente a lo largo de la historia cubana. Allí reside un antagonismo de primer orden con el pensamiento de derecha nacional, particularmente con la versión actual, más pragmática y cínica que sus antecesoras, enarbolada por la contrarrevolución en los textos de autores como Rafael Rojas y Carlos Alberto Montaner, por mencionar dos de los más conocidos.
Ubieta argumenta cómo el apego de los ideólogos contrarrevolucionarios al deber ser teleológico se contrapone al martiano poder ser, la utilidad de la virtud, que no reduce la verdad a lo meramente visible. Este es el vuelo del cóndor, que pide sacrificio, pero es indispensable al interés de la patria. Lo otro es insectear, vocablo creado por Martí para calificar al culto positivista por los meros datos ausentes de alma y horizonte. Insectear conduce inevitablemente a la subordinación a Estados Unidos pues si se analiza desde el racionalismo frío ¿cómo podría el pueblo cubano sostener la independencia frente a un poder tan formidable?
El nuevo libro de Ubieta llega en buen momento, cuando nuestros pueblos quieren volar como el cóndor y las oligarquías se empecinan en hacerlo como insectos.

 Ángel Guerra Cabrera
Twitter: aguerraguerra

Tomado de  http://www.jornada.unam.mx

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