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viernes, 13 de septiembre de 2013

Manning, Los Cinco y la inmoralidad del Imperio

Manning, Los Cinco y la inmoralidad del ImperioLa batalla legal por la liberación de Gerardo, Ramón, Antonio y Fernando está hoy donde estaba hace un año. Seguimos esperando la decisión de la jueza. Seguimos reclamando que obligue al Gobierno a exhibir las pruebas que oculta sobre su conspiración con un grupo de pseudoperiodistas a los que pagó y dirigió para transformar el juicio de Miami en una grotesca burla a la justicia. Y aun esperamos el día que los llamados medios de información pongan fin al silencio con el que se hacen cómplices de una operación que mancha y ofende al periodismo.

El proceso llevado a cabo contra los Cinco en Miami fue desde el primer día una monumental violación de la legalidad y la ética más elemental. La lista de esas violaciones es larga y forma parte de la apelación en curso. No entraré en ellas. Prefiero ahora concentrarme en un aspecto que muestra la profunda inmoralidad que es la esencia misma de este caso.
Los Cinco fueron castigados por haber hecho algo que lejos de ser un delito constituye un mérito de valor excepcional: haber luchado contra el terrorismo sin emplear la fuerza ni la violencia.

Para encubrir esa verdad incontrastable, el Gobierno que los acusó, con la ayuda de medios de prensa a su servicio, los presentó como personas que hubieran podido estar dispuestas a practicar el espionaje. No los acusaron de espionaje porque no podían hacerlo pues de tal cosa nunca existió prueba alguna como reconoció, en 2009, en un fallo unánime, el pleno de la Corte de Apelaciones.

Por eso acusaron a Gerardo, Ramón y Antonio de “conspiración”; sólo de “conspiración”, para supuestamente intentar en un futuro hipotético cometer tal delito. Sin embargo por esa inventada “conspiración” impusieron a los tres la prisión perpetua, que es el máximo castigo que la ley reserva para los que ejecuten acciones de espionaje real. Y la misma Corte de Atlanta las declaró por ello ilegales, las anuló y ordenó que Ramón y Antonio fueran sentenciados de nuevo.

Mientras se desarrollaba la saga de nuestros compañeros otros casos fueron ventilados fuera de Miami en los que otras personas fueron inculpadas de espionaje, no de “conspiración”para espiar sino de haber realizado acciones concretas de espionaje. En algunos casos se trató, según las autoridades, de espionaje en gran escala y sus autores eran individuos que desempeñaban importantes funciones oficiales, incluso en las fuerzas armadas norteamericanas. Ninguno de ellos fue condenado a cadena perpetua. Todos recibieron condenas mucho más bajas que las nuevas sentencias de Ramón y Antonio y algunos ya las cumplieron y hace tiempo recuperaron su libertad.

Ahora mismo hay un caso que ha conmovido al mundo. Un joven militar norteamericano, Bradley Manning, ha hecho historia ayudando a revelar por medio de Wikileaks miles de informaciones secretas que han puesto al desnudo la política de un Imperio que viola sistemáticamente las normas del derecho y pisotea la soberanía de todas las naciones. Manning no merece castigo alguno por lo que hizo. Él es realmente un héroe. Sin buscar beneficio alguno para sí mismo arriesgó su vida para que el mundo conociera la verdad y por eso merece honor y gratitud.

Contra Manning se alzó la furia del Imperio. Lo sometieron a un encierro brutal y prolongado y desataron una feroz campaña para denigrarlo como a un terrible “espía” que supuestamente habría dañado gravemente la seguridad nacional de Estados Unidos. A él no lo acusaron de “conspiración”. Los cargos que le formularon fueron mucho más graves. Lo acusaron de haber descubierto secretos que ahora están al alcance de millones, algo que Washington presentó al mundo como un acto de espionaje sin precedentes por lo que pidió los peores castigos.

El Tribunal Militar que juzgó a Manning le impuso sin embargo, una sentencia de treinta y cinco años de prisión. Esta es una condena completamente injusta pues su acción nada tuvo de criminal y sí mucho de heroísmo.

Pero el contraste entre esa sentencia y la que dictó el Tribunal de Miami contra nuestros compañeros es muy revelador. A Gerardo, Ramón y Antonio, en conjunto, los sancionaron a cuatro cadenas perpetuas más 44 años. Ellos no eran miembros de las fuerzas armadas norteamericanas, no se apoderaron de ningún documento oficial, no intentaron obtener ningún secreto y no fueron acusados de nada parecido.

Pese a todo el odio que contra él desataron, a Manning lo condenaron a 35 años de prisión, castigo, como ya dije, completamente injusto pues no cometió crimen alguno, pero inferior al que hubieran podido imponerle. No pudieron hacerlo porque en el mundo entero, y en los Estados Unidos, se levantó una poderosa ola solidaria que proclamó su inocencia y demandó y sigue exigiendo su libertad.

Nuestros compañeros, también inocentes, llevan 15 años de injusto encierro, cumplen todavía, sentencias tan injustas como desmesuradas y son víctimas del odio y la venganza de un Gobierno carente de todo sentido ético. En el caso de los nuestros son víctimas también del silencio cómplice de una prensa empeñada en impedir que la gente conozca la verdad para maniatar la solidaridad. Ambos casos prueban la inmoralidad de un Imperio en incurable bancarrota. Ambos exigen redoblar el empeño para que la verdad prevalezca y con ella la justicia.

Por: Ricardo Alarcón de Quesada
 
La Habana septiembre 12, 2013
Encuentro Internacional por la libertad de los Cinco
¡15 años, Basta!

(Tomado de Cubadebate)

domingo, 24 de marzo de 2013

El Sexto Héroe



Poco antes de morir, el 23 de marzo de 2011, Leonard Weinglass aún luchaba por la libertad de los Cinco cubanos injustamente encarcelados en Estados Unidos. La última foto que le tomaron en la sala de cuidados intensivos del Hospital Montefiore lo muestra revisando documentos de las apelaciones extraordinarias – Habeas Corpus – último recurso legal de nuestros compatriotas. Unos minutos después Gerardo, Ramón, Antonio, Fernando y René perdieron a su más lúcido, tenaz y abnegado defensor.

Han pasado ya dos años y el tribunal de Miami aún no se ha pronunciado. La Fiscalía, por su parte, además de maniobrar para hacer interminable este proceso – algo que ha caracterizado su conducta desde que ellos fueron arrestados en la madrugada del 12 de septiembre de 1998 – trata ahora, en una insólita moción, que sea eliminada una parte sustancial de la apelación de Gerardo Hernández Nordelo.

Se sabe, desde la Antigüedad, que “justicia demorada es justicia negada” y no son pocos los profesionales del Derecho en Estados Unidos – jueces, fiscales, abogados – que han hecho lucrativas carreras manipulando papeles, retorciendo interminablemente leyes y procedimientos, dejando el tiempo correr para engrosar así sus bolsillos mientras aumenta el sufrimiento de las víctimas de un sistema que no sólo es profundamente injusto sino también deshonesto y cínico.

Len era completamente diferente. Fue uno de los más brillantes abogados defensores de la historia norteamericana. A su sólida formación jurídica y amplia cultura sumaba un espíritu investigativo acucioso y sagaz y dedicaba todo el tiempo a estudiar los casos que atendió en una larga trayectoria que inició muy joven representando a luchadores afroamericanos víctimas del racismo en su New Jersey natal. Pronto alcanzó notoriedad integrando el equipo de defensa de los Siete de Chicago en 1970 y desde entonces estuvo en el centro de las batallas legales más importantes – desde los papeles del Pentágono hasta Mumia – y defendió también a activistas puertorriqueños y palestinos y a otros perseguidos en la sociedad norteamericana. Su fama trascendió las fronteras de Norteamérica. Ante el riesgo de su deportación a Estados Unidos Julian Assange, el creador de Wikileaks, le pidió que lo representara en un eventual litigio ante los tribunales y él, por supuesto, accedió.

Cualquier abogado norteamericano se habría enriquecido con apenas una parte de lo que Weinglass hizo. Pero Lenny vivió modestamente y se fue a morir a un hospital de negros, puertorriqueños e inmigrantes. Era exactamente lo contrario al estereotipo antisemita del judío avaricioso.

Cuando a comienzos del 2002 le pedí que asumiera la defensa de los Cinco su respuesta fue simplemente: “Gracias, es un honor para mí.” NO hablamos de compensación monetaria. Me dijo que se concentraría en este caso y no se ocuparía de ningún otro salvo el de Kathy Boudin – la hija de su admirado maestro – cuya libertad él finalmente consiguió.

Desde luego que debimos asumir los gastos en que él incurrió defendiendo a los Cinco ante los tribunales y en actos públicos dentro y fuera de Estados Unidos. De esos gastos daba cuenta minuciosamente. Cuidó cada centavo con celosa terquedad. Nuestras únicas discusiones al respecto surgieron de su irremediable obsesión por buscar siempre la ruta más barata y el alojamiento más sencillo.

Lo vimos en La Habana  por última vez en febrero de 2011 cuando realizamos acá una reunión del equipo de defensa. Ya estaba enfermo pero fue el primero en llegar y fue el eje principal de una intensa reunión que duró toda la jornada. Al atardecer se sintió mal y tuvimos que llevarlo al hospital donde apreciaron la gravedad de su estado y quisieron retenerlo para realizarle algunas pruebas necesarias. Lenny se negó porque debía encontrarse al día siguiente con Adriana, la esposa de Gerardo. Accedió a regresar para continuar después el examen médico.

Len se hizo las pruebas pero con una condición inapelable: debía regresar a New York al siguiente día pues tenía concertada una comunicación telefónica con Gerardo.

Desgraciadamente el diagnóstico confirmaría lo peor. Despedimos a Weinglass haciéndole prometer que inmediatamente después de hablar con Gerardo se iría al hospital.

Demoró en hacerlo aún varios días hasta que finalizó los documentos de su Habeas Corpus. Algunos amigos habrían preferido que ingresara a una instalación hospitalaria de mayores recursos. Él dijo sentirse feliz donde estaba pues había encontrado entre el personal de servicio a antiguos clientes suyos.

Cuando el proceso de Chicago era frecuente que en los medios se refirieran al joven Lenny como “el otro abogado”.
En incontables ocasiones, en actos y declaraciones públicas, en Cuba y fuera de la isla, los cubanos y muchos que se solidarizan con esta causa, hemos acuñado una expresión repetida sin cesar: los “Cinco Héroes”. En verdad eran seis. Lenny es el Sexto Héroe. 


Ricardo Alarcón de Quesada
 

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