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domingo, 15 de enero de 2017

Estrategia fascista para derrocar al presidente Santos en Colombia



La estrategia fascista para derrocar al Presidente Santos.
El fascismo está en auge y en el caso de Colombia, su arremetida ya cuenta con un plan para derrocar al Presidente Juan Manuel Santos, jefe constitucional del Estado.
Van por el proceso de paz para enterrarlo definitivamente con la violencia, la matanza, la manipulación, la demagogia seudo democrática y la presión abierta que infunda miedo y pánico en la sociedad.
En Colombia el fascismo también saca pecho y se encarna en el denominado uribismo y su articulación en el conocido Centro Democrático, que es una fachada política en la que se camuflan fichas extremistas de esencia autoritaria y totalitaria, con muy arraigados imaginarios anticomunistas violentos. En realidad el Centro Democrático no es otra cosa que la infraestructura de las bandas paramilitares y los ejércitos privados del latifundio feudal imperante en las regiones.
El uribismo es una asociación de individuos y corrientes sociales que se inclinan por la fuerza bruta y la imposición de sus privilegios y creencias ideológicas retrogradas.

viernes, 19 de junio de 2015

Hace 61 años la CIA derrocó en Guatemala gobierno de Arbenz




Hace 61 años la Agencia Central de Inteligencia (CIA, en inglés) del gobierno estadounidense articuló un plan junto a la empresa United Fruit Company (Ufco) para derrocar al entonces presidente electo de Guatemala, Jacobo Arbenz, quien promovía políticas progresistas en detrimento de los intereses económicos de la frutera imperialista.

viernes, 31 de octubre de 2014

Golpe militar en Burkina Faso

Blaise Campaoré


Un representante oficial del Ejército de Burkina Faso declaró que el presidente del país, Blaise Campaoré, ya no ejerce sus funciones.

"Campaoré ya no se encuentra en el poder", citó la AFP las palabras que el coronel Boureima Farta dijo a los miles de manifestantes que se congregaron frente al cuartel general de las Fuerzas Armadas.

El presidente Compaoré estuvo 27 años a cargo del país. En Uagadugú hubo multitudinarias protestas y manifestaciones en contra del plan del presidente de cambiar la Constitución.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Rice: EEUU pretende un cambio de gobierno en Siria

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Washington pretende derrocar al presidente de Siria, Bashar al-Asad, aseguró el domingo la Consejera de Seguridad Nacional de EE.UU., Susan Rice.

“La postura de Estados Unidos ha sido y sigue siendo muy clara, y esta es que Al-Asad tiene que abandonar el cargo”, aseveró Rice en una entrevista con la cadena televisiva estadounidense CNN.

El mandatario sirio “ha utilizado la violencia en su propio país y se ha extendido por toda la región. Así que nuestra opinión es que no hay un futuro viable para una Siria dirigida por Al-Asad”, declaró la funcionaria estadounidense.

Susan Rice respondía así a la pregunta del presentador de la CNN Farid Zakaria sobre cómo la Casa Blanca pretende colaborar con el jefe del Estado sirio en la destrucción de armas químicas del país árabe y a su vez retirarlo del poder.

La titular norteamericana criticó, por su parte, la reciente resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSNU) para la solución pacífica del conflicto en Siria, pues en el documento aprobado "no se menciona a Al-Asad como persona”, sino que se abordan las “obligaciones del Gobierno sirio” para cumplir los compromisos.

Rice confirmó que la posible acción militar unilateral contra este país árabe sigue sobre la mesa y recordó que el presidente de EE.UU., Barack Obama, ordenó al Ejército estadounidense que esté listo para la acción. La exembajadora estadounidense ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU) destacó que “el presidente tiene derecho a usar la fuerza militar”, si es necesario, a fin de salvaguardar presuntos intereses de seguridad nacional de Estados Unidos.

Cabe recordar que el pasado viernes, el CSNU aprobó por unanimidad la resolución acordada el pasado 14 de septiembre por Moscú y Washington para eliminar el arsenal de armas químicas de Siria tras días de intensas y largas negociaciones en torno al capítulo 7 de la Carta de la ONU, que regula el uso de la fuerza militar. 

HispanTV

martes, 9 de julio de 2013

¿La caída de Morsi anuncia el ocaso de la Hermandad Musulmana?

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De los 84 millones de egipcios, 33 millones salieron  las calles para festejar el golpe de Estado militar.
                                                                                                 
Al cabo de 5 días de manifestaciones multitudinarias que exigían la partida del presidente Morsi, el ejército egipcio destituyó al mandatario y designó al presidente de la Corte Constitucional para asumir la jefatura del Estado hasta la convocación de nuevas elecciones.
Para entender la importancia del acontecimiento se hace necesario resituarlo en su contexto.
Una ola de agitación política se extendió por una parte del continente africano, y posteriormente por el mundo árabe, a partir de la mitad de diciembre de 2010. Túnez y Egipto eran los países más sacudidos. El fenómeno se explica primeramente por causas de fondo: un cambio generacional y una crisis alimentaria. Si bien el aspecto demográfico escapa al control humano, el aspecto económico fue ampliamente provocado con pleno conocimiento de causa, primero en 2007-2008 y después en 2010.
En Túnez y Egipto, Estados Unidos había preparado el «cambio de guardia» con nuevos líderes listos a prestar servicio reemplazando a los ya devaluados. El Departamento de Estado había formado jóvenes «revolucionarios» como reemplazo del poder establecido. Así que cuando Washington comprobó que sus aliados se quedaban sin alternativas ante la calle, les ordenó dejar el lugar a la oposición ya prefabricada. No fue la calle sino Estados Unidos quien expulsó del poder a Ben Ali y al general Hosni Mubarak. Y fue también Estados Unidos quien los reemplazó por la Hermandad Musulmana. Esto último parece menos evidente en la medida en que se organizaron elecciones, tanto en Túnez como en Egipto. Pero la realización de elecciones no siempre es prueba de sinceridad y democracia. Un estudio minucioso demuestra que todo estaba arreglado.
No cabe duda de que Washington había previsto los acontecimientos y que incluso los guió, aunque algo parecido haya podido suceder en otros países, como en Senegal o Costa de Marfil.
Y precisamente se producen entonces disturbios en Costa de Marfil, en ocasión de la elección presidencial. Pero esos hechos nada tienen que ver en la imaginación colectiva con la llamada «primavera árabe» y se terminan con una intervención militar francesa bajo mandato de la ONU.
Ya instalada la inestabilidad en Túnez y Egipto, Francia y Reino Unido dieron inicio al movimiento de desestabilización contra Libia y Siria, conforme a lo previsto en el Tratado de Lancaster House. Aunque realmente se produjeron en esos últimos países algunas micro-manifestaciones en demanda de democracia, lo cierto es que los medios de prensa occidentales se encargaron de exagerar su envergadura mientras que fuerzas especiales occidentales se ocupaban de organizar disturbios con el respaldo de cabecillas takfiristas.
Recurriendo a constantes manipulaciones, la operación de Costa de Marfil fue excluida de la «primavera árabe» (no hay árabes en ese país, donde un tercio de la población es musulmana) mientras que Libia y Siria sí eran incluidas en ella (cuando en realidad se trata de operaciones de carácter colonial). Ese verdadero acto de prestidigitación se concretó de manera relativamente fácil en la medida en que también se registraban manifestaciones en Yemen y Bahréin, donde las condiciones estructurales son muy diferentes. Al principio, los comentaristas occidentales les encajaron la etiqueta de «primavera árabe», pero después se arreglaron para excluirlas de ella porque las situaciones son muy poco comparables.
En definitiva, lo que caracteriza a la «primavera árabe» (Túnez, Egipto, Libia y Siria) no es la inestabilidad ni la cultura sino la solución preconcebida por las potencias occidentales: el acceso de la Hermandad Musulmana al poder.
Esta organización secreta, supuestamente antiimperialista, siempre ha estado bajo el control político de Londres. Estaba representada en el equipo de Hillary Clinton a través de la señora Huma Abedin, la esposa del dimitente congresista sionista Anthony Weiner. La madre Huma Abedin –Saleha Abedin– dirige la rama femenina mundial de la Hermandad Musulmana. Por su parte, Qatar ha garantizado el financiamiento de las operaciones, ¡más de 15 000 millones de dólares al año!, y la cobertura mediática de la cofradía, de la que se ha hecho cargo el canal Al-Jazzera desde fines de 2005. Para terminar, Turquía ha puesto el know how político proporcionando una serie de consejeros en comunicación.
La Hermandad Musulmana es en el islam lo mismo que los trotskistas en Occidente: un grupo de golpistas que trabajan para intereses extranjeros en nombre de un ideal que siempre se pospone. Después de haberse embarcado en innumerables tentativas golpistas en la mayoría de los países árabes a lo largo de todo el siglo XX, la Hermandad Musulmana fue la primera sorprendida ante su propia «victoria» de 2011. El problema es que, fuera de las instrucciones de los anglosajones, la cofradía no disponía en realidad de ningún programa de gobierno. Y se aferró a las consignas islamistas: «La solución es el Corán», «No necesitamos constitución, tenemos la charia» y otras por el estilo.
En Egipto, al igual que en Túnez y Libia, el gobierno de la Hermandad Musulmana abrió la economía nacional al capitalismo liberal. Confirmó además su complicidad con Israel a costa de los palestinos. Y trató de imponer, en nombre del Corán, un orden moral que nunca ha existido en ese libro.
Las privatizaciones de la economía egipcia al mejor estilo de la señora Thatcher debían alcanzar su punto culminante con la venta del Canal de Suez, joya del país y esencial fuente de sus ingresos, que sería vendido a Qatar. Ante la resistencia de la sociedad egipcia, Doha financió un movimiento separatista en la región del Canal, siguiendo el modelo ya establecido por Estados Unidos en Centroamérica cuando fomentó en Colombia el movimiento separatista que dio lugar a la independencia de Panamá.
Pero la sociedad no soportó ese tratamiento sin anestesia. Como escribí hace 3 semanas en esta misma columna, los egipcios abrieron los ojos al ver la sublevación de los turcos contra el Hermano Erdogan. Y la sociedad egipcia se rebeló, lanzando incluso un ultimátum al presidente Morsi. Después de verificar telefónicamente, con el secretario estadounidense de Defensa Chuck Hagel, que Estados Unidos no tenía intenciones de tratar de salvar al agente Morsi, el general al-Sisi anunció su destitución.
Este último punto merece una explicación: En lo que fue su penúltimo discurso a la nación, Mohamed Morsi se presentó como un «sabio». El hombre es ingeniero espacial, hizo carrera en Estados Unidos, obtuvo la nacionalidad estadounidense, trabajó en la NASA y dispone de una acreditación estadounidense de acceso a información clasificada. Sin embargo, si bien el Pentágono abandonó a Morsi, el que sí lo respaldó –hasta el momento de su arresto– fue el Departamento de Estado, a través de la embajadora estadounidense en El Cairo, de los voceros Patrick Ventrell y Jan Psaki, e incluso del propio secretario de Estado John Kerry. Esta incoherencia ilustra la confusión que reina en Washington: por un lado, el sentido común implica que no es posible intervenir, mientras que por el otro lado sus vínculos con la Hermandad Musulmana son tan estrechos que dejan a Washington sin solución de repuesto.
La caída de Morsi marca el fin del predominio de la Hermandad Musulmana en el mundo árabe, sobre todo teniendo en cuenta que el ejército anunció su destitución rodeándose de las fuerzas vivas de la sociedad, incluyendo a los «sabios» de la universidad al-Azhar.
El fracaso de Morsi es un duro golpe para Occidente y sus aliados, Qatar y Turquía. Ahora podemos preguntarnos con toda lógica si no marca el fin de la «primavera árabe» y deja entrever además la posibilidad de nuevos virajes en Túnez, en Libia y, por supuesto, en Siria.

Thierry Meyssan 

 http://www.voltairenet.org/article179305.html

 

domingo, 30 de diciembre de 2012

Batista: el derrumbe

El café con leche ha tenido siempre un papel de importancia en la vida política cubana. Se hace presente en los momentos más insospechados. En enero de 1934, cuando se discutía en Columbia la destitución del presidente Grau, el coronel Batista suspendió la reunión e invitó a los reunidos a tomarse un café con leche en su casa del campamento militar. Antonio Guiteras, ministro de Gobernación en el Gobierno de los Cien Días, cada vez que los problemas lo agobiaban, caminaba hasta el hotel Saratoga y, en el restaurante de esa instalación hotelera, se disipaba ante una taza de café con leche. El político Eduardo R. Chibás siempre que se batía a duelo, y lo hizo en nueve ocasiones, acudía al restaurante Kasalta, a la entrada de Miramar, y pedía café con leche doble con una ración reforzada de pan con mantequilla. Lo último que hizo el dictador Fulgencio Batista, en la madrugada del 1ro. de enero de 1959, antes de salir de la casa presidencial de Columbia para un viaje sin regreso, fue ordenar que le sirvieran una taza de café con leche. Horas antes había enviado a un oficial de su confianza a que visitara a Leocadia y preguntara a la célebre espiritista de la calle San Beatriz, en Arroyo Apolo, si debía retener el poder o irse al exterior. La mujer, que en ese momento cenaba en compañía de los suyos, abandonó la mesa y salió al encuentro del visitante. «Que se vaya…», le dijo. Y de manera tajante añadió: «Dígale al General que no espere más».
En realidad, a esa hora no necesitaba el dictador de consejo espiritual alguno para enrumbar su conducta. El Oriente de la Isla estaba casi totalmente controlado por el Ejército Rebelde, Fidel se proponía el ataque a Santiago de Cuba, sometido ya a un cerco elástico, y en la región central los comandantes Che Guevara y Camilo Cienfuegos mantenían la iniciativa.
La cosa no iba mejor en las propias filas batistianas. Ya para entonces, el mayor general Eulogio Cantillo Porras, jefe de operaciones antiguerrilleras, se había comprometido con el Comandante en Jefe a encabezar, el 31 de diciembre, un pronunciamiento militar en el cuartel Moncada y exigir desde allí la renuncia del Gobierno y la captura de Batista y los grandes culpables. No cumplió nada de lo pactado y se arrepintió, en el mismo día en que debía estallar el complot, de llevar a finales la conspiración contra Batista que involucraba asimismo a otros altos oficiales. En ese momento había por lo menos tres conspiraciones dentro del Ejército. En total connivencia con el dictador, Cantillo aceptó la propuesta de un golpe militar contra Batista preparado por el mismo Batista, que lo dejaría como dueño del poder. Debía ocurrir el 6 de enero de 1959. Los acontecimientos se precipitaron.

Llamada desde Kuquine

Batista comenzó a preparar su fuga en la noche del 22 de diciembre de 1958, cuando pidió al general Francisco H. Tabernilla Palmero, «Silito», jefe de la división de infantería Alejandro Rodríguez, destacada en la Ciudad Militar de Columbia —el pollo del arroz con pollo del Ejército cubano— y al mismo tiempo su secretario militar, que averiguase con su hermano Carlos, jefe de la Fuerza Aérea, cuántos puestos habría disponibles en los aviones «en caso de que tengamos que irnos». Tres aviones con 108 asientos, respondió el coronel Carlos Tabernilla y Batista le ordenó entonces a Carlos que a partir de ese momento tuviera los aviones y sus tripulaciones preparados durante las 24 horas del día. Enseguida dictó a «Silito» los nombres de los que se irían en cada uno de los aparatos y la cantidad de familiares o allegados que podrían acompañarlos. El ayudante apuntó los nombres en pequeñas hojitas de papel violeta —una por avión— y luego mecanografió la lista. Batista le pidió que no archivara el documento, sino que lo mantuviera en sus bolsillos y, sobre todo, que no comentara el asunto con nadie. En atención a esa orden, dice el general «Silito» en sus memorias, no reveló lo que se tramaba ni siquiera a su padre, el mayor general Francisco Tabernilla, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas.
El 31 de diciembre, a las cinco de la tarde, uno de los empleados del Club de Oficiales de Columbia avisó a «Silito»  que lo llamaban por teléfono. Batista en persona, algo inusual, le hablaba desde Kuquine, su finca de recreo en El Guatao. Preguntaba si el general Cantillo había regresado ya de Santiago de Cuba. Encargó a «Silito» que lo contactara no más volviera y le dijera que quería verlo en la finca a las 8:30 de esa noche. «Silito» y Cantillo conversaron sobre las seis de la tarde. No, Cantillo no podría encontrarse con el Presidente a la hora indicada, pues era su aniversario de bodas y lo celebraría con una comida familiar. Avisado, Batista cambió la hora; lo recibiría a las 10:30 en el lugar señalado. «Silito», en cambio, debía presentarse de inmediato en Kuquine. Allí estaban ya Gonzalo Güell, ministro de Estado (Relaciones Exteriores), y Andrés Domingo, secretario de la Presidencia y cúmbila y testaferro del dictador. Recibió el ayudante la orden de informar a los incluidos en la lista del 22 que, con el propósito de esperar el año, deberían hacerse presentes sobre las 11 de la noche en la casa presidencial de la Ciudad Militar. Los edecanes militares de guardia ayudarían en las llamadas a «Silito», que se comunicaría además con su hermano Carlos para decirle que esa noche era la de la partida. Un inconveniente fue solucionado a tiempo. El jefe de la Fuerza Aérea había dado permiso a los pilotos para que esperasen el Año Nuevo con sus familias.
Cantillo llegó tarde a la cita. Conversó en privado con Batista durante 15 minutos. Al finalizar la reunión, el dictador pidió a «Silito» que traspasara a Cantillo la jefatura de la división de infantería e impusiera del cambio de mando a todas las unidades destacadas en Columbia. Pidió a ambos que lo esperasen en la casa presidencial, y advirtió a Cantillo que no pusiera en libertad al coronel Ramón Barquín y sus compañeros presos, por conspiradores, desde 1956.

La mejor actuación

Lo que sigue es confuso y ha sido contado de diferentes maneras según el papel que le tocara desempeñar al testimoniante. Papo Batista, el hijo mayor del dictador, decía que no cabía hablar de fuga para aludir a los sucesos de la madrugada del 1ro. de enero de 1959, sino de una salida ordenada, garantizada en todo momento por el general Cantillo. De opinión similar era el general Roberto Fernández Miranda, jefe del Departamento Militar de la Cabaña y cuñadísimo de Batista. Dice Fernández Miranda en sus memorias que no pensaba acudir esa noche a la casa presidencial, pero que su cuñado se lo pidió, y que para indicarle que todo estaba en orden le dijo que «Ramirito se encontraba bien…»; contraseña que utilizaban entre sí para indicar que no había motivos de alarma. El recuerdo discordante lo ofrece Anselmo Alliegro, hasta ese momento presidente del Senado. Llamado por Batista, entró al despacho presidencial y vio al dictador sudado y nervioso. Frente a él, todo el generalato. Exclamó al verlo: «Qué le parece, Alliegro… Estos señores me han dado un golpe de Estado». No nos llamemos a engaño, sin embargo. Gran simulador, Batista estaba escenificando la que tal vez fue la mejor actuación de su vida.
El dictador llegó a Columbia poco antes de las 12. Ya en la casa presidencial pidió a su hijo Jorge, de 16 años de edad, que despertara a sus hermanos y se preparasen para un viaje al exterior. Enseguida saludó a las señoras que conversaban con la Primera Dama e hizo apartes con algunos de los invitados. A las 12, con una copa de champán en alto, felicitó a los presentes. El ambiente no estaba para fiesta y muchos, con pretexto o sin él, se retiraron. El coronel Irenaldo García Báez, segundo jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) y fiel del todo a Batista, se acercó a saludarlo. Lo notó un tanto extraño. «“Silito” —le dijo Batista— tiene órdenes para ti. Cúmplelas al pie de la letra».

Expedientes «K»

Irenaldo no daba crédito a lo que oía. Batista se iría esa misma noche y Cantillo asumiría el mando. Tuvo que tomar asiento para reponerse. Debía destruir todo el archivo que contenía lo referente a los expedientes «K», personas que de manera encubierta trabajaban para la Policía, infiltrados en las organizaciones revolucionarias. Cuando se repuso de la noticia de la huida, volvió al salón de fiestas para conversar otra vez con Batista y convencerlo quizá de que cambiase de propósito. No pudo hablarle. Fue a su casa y se vistió de completo uniforme. Se trasladó a la sede del SIM y quemó los papeles.
Batista mientras tanto conversaba de manera individual con los jefes militares. Afirman José Luis Padrón y Luis Adrián Betancourt en su libro Batista, últimos días en el poder —una de las investigaciones más completas que existen sobre el tema—, que aunque algunos jefes militares estaban dispuestos a luchar hasta el final e incluso a morir, a esa altura la guerra estaba irremisiblemente perdida. Aun así, si Batista decidía hacer frente a los rebeldes en la capital contaría con un impresionante dispositivo bélico. Tanques de guerra, aviones, barcos… Unos 5 000 hombres se concentraban en Columbia, más de mil en La Cabaña y 1 200 en la base aérea de San Antonio de los Baños, sin contar 10 000 policías, un servicio secreto enorme y un número indeterminado de colaboradores a sueldo. «Solo escaseaba, evidentemente, una motivación para arriesgar la vida», escriben Padrón y Betancourt.
Pasaron los jefes militares al despacho presidencial y el general Cantillo asumió el papel que le asignaron de antemano. Habló de la grave situación por la que atravesaba el país y la imposibilidad de restablecer el orden, por lo que le pedía la renuncia al Presidente en nombre de los altos jefes militares. En el documento que se redactó al respecto, Batista consignó que en forma igual o parecida se habían dirigido a él representantes de la Iglesia, del azúcar y los negocios nacionales. Firmó Batista el documento con sus iniciales, como era habitual, firmaron los generales y firmó Alliegro como sustituto constitucional, porque el vicepresidente había renunciado al resultar electo alcalde de La Habana en las espurias elecciones del 3 de noviembre.
Quedaron solos «Silito» y Batista en la oficina presidencial. Pidió Batista a su ayudante que le enviase a su casa de Daytona Beach, en la Florida, todo el archivo y los cuadros que adornaban el local. Antes de salir, Batista tomó los 15 000 dólares que días antes regalara a «Silito» y que el ayudante guardaba en una de las gavetas de su escritorio.
«Silito» y los ayudantes del Presidente comunicaron la noticia de la renuncia a ministros, parlamentarios, dirigentes obreros y políticos gubernamentales en general. El coronel Orlando Piedra, jefe del Buró de Investigaciones, informó a altos oficiales de la Policía Nacional y en una caravana de más de 30 automóviles condujo a muchos de ellos al aeropuerto militar. Una escuadrilla de tanques, mandada por Cantillo, protegía el aeródromo, y no eran pocos los oficiales que habían acudido a despedir a su líder. Escribe Fernández Miranda: «A pesar de todo aún tenía mando, y la escolta de ceremonias estaba en posición de presenten armas como si el Presidente saliese de gira». Desde la escalerilla del avión gritaba Batista las últimas órdenes a Cantillo.
La gestión de Cantillo en Columbia, al frente de un Ejército totalmente desarticulado, resultó efímera. A las nueve de la noche del 1ro. de enero el coronel Ramón Barquín, recién llegado de Isla de Pinos donde cumplía prisión por la conspiración del 4 de abril de 1956, le exigió el mando de las fuerzas armadas. El día 3, el primer teniente José Ramón Fernández, que había cumplido prisión por los mismos sucesos, detenía a Cantillo en su residencia de la Ciudad Militar.
Mientras tanto Fidel, desde la ciudad de Palma Soriano y a través de las ondas de Radio Rebelde, no acataba el cese de las hostilidades, negaba reconocimiento a la junta de Columbia —tampoco reconocería a Barquín— y llamaba al pueblo a la huelga general revolucionaria que impediría que la Revolución se viera frustrada en sus propósitos, y advertía: «¡Revolución sí; golpe militar no!».

Por  Ciro Bianchi Ross

Juventud Rebelde digital

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