
Tyler Kent, diplomático de la embajada USA en Londres, transmitió en pocos meses centenares de documentos secretos a Berlín.
En clave, su nombre de espía es "Mark III". Se lo han adjudicado
tomando prestado el apelativo de los carros de combate de Guderian, pero
él ni se lo imagina. Sólo sabrá al fin de la guerra que su ficha
personal era custodiada por el almirante Canaris en la verdosa caja
fuerte del "Cubil de zorro", la guarida de la Abwehr en Berlín.
En el servicio secreto alemán muy pocos conocen su verdadero nombre:
Tyler Kent, de treinta y cuatro años, soltero, nacido en Manchuria y
residente en Milwaukee (Wisconsin), ciudadano americano, hijo de un
diplomático y funcionario de cifra de la embajada de Estados Unidos en
Londres.
La carrera de espía de Tyler Kent empieza y termina en uno de los
momentos más delicados de la segunda guerra mundial, en los nueve meses
entre septiembre de 1939 (inicio del conflicto en Europa) y mayo de 1940
(víspera de la "Batalla de Inglaterra"). Su observatorio es uno de los
mejores. Todos los documentos que a través del embajador americano
Joseph Kennedy, padre del futuro presidente, se intercambian Churchill y
Roosevelt en este periodo crucial, pasan bajo sus ojos para ser
cifrados o transcritos, y bajo el objetivo de su Kodak de bolsillo.
Desde el momento en que Inglaterra y Francia han entrado en guerra
con Alemania, el primer ministro inglés y el presidente de los Estados
Unidos han comenzado una abundante e interesantísima correspondencia que
hasta hoy no ha sido completamente conocida. El estadista inglés, que
ve a los ejércitos alemanes aproximarse con rapidez al Canal, y a las
naciones menores caer una tras otra bajo el tacón de Hitler, pide con
insistencia a los Estados Unidos no sólo una ayuda inmediata y temporal,
sino un compromiso de alianza militar para el futuro. Roosevelt está
dudoso y trata de evitar una unión concreta. Por el momento propone que
Inglaterra resista, y que aguante cuanto pueda en Francia en la "Línea
Maginot". Se reserva el influir sobre la opinión pública de su país. Las
copias de estas cartas reservadísimas, que Tyler Kent fotografía en el
secreto de su despacho de la embajada y hace llegar a Berlín, convencen a
Hitler de que Inglaterra ya está aislada y que, derrotadas Francia,
Bélgica y Holanda, aquélla no podrá poner sus esperanzas de
supervivencia más que en la ayuda de la Unión Soviética. Una
intervención militar de Estados Unidos ni se toma en consideración.
En abril de 1940, cuando los alemanes invaden Dinamarca y
desembarcan fulminantes en Noruega, el embajador Kennedy convoca en
Londres una reunión de sus "attachés" y llega a la conclusión de que "Inglaterra perderá la guerra".
El servicio secreto de Canaris tiene inmediato conocimiento de ello,
junto con la copia de un largo telegrama cifrado en el que Kennedy
expone a Cordell Hull, secretario americano de Estado, "un sombrío cuadro de la imprevisión e ineficacia del gobierno británico".
Los aislacionistas toman fuerza en los Estados Unidos. Los sondeos
Gallup realizados a principios de mayo revelan que sólo el 7 por 100 de
los americanos favorece el participar en el conflicto al lado de
Inglaterra; después de la caída de Francia sólo un 35 por 100 de los
americanos —siempre según la misma encuesta estadística— pronostica una
victoria inglesa.
El 15 de mayo de 1940, Winston Churchill confía al embajador Kennedy que se prevé para dentro de un mes el ataque alemán a Inglaterra".
El mismo día el primer ministro solicita a Roosevelt que envíe pronto
toda la ayuda posible, y la misma tarde Kennedy escribe a Hull que "no
mande nada". Berlín también es informado puntualmente de esto. El 18 de
mayo, siete divisiones acorazadas alemanas, llegadas a cien kilómetros
de la costa del Canal y conquistando Abbeville en las bocas del Somme,
cogen en la trampa a belgas, franceses y al cuerpo expedicionario
inglés. Es la víspera de lo que parece la victoria final. El general
Jodl escribe en su diario: "El Führer está fuera de si de alegría".
La tarde de este trágico día dos agentes del "Intelligence Service"
detienen a Tyler Kent, alias "Mark III", acusándole de espionaje en
favor de Alemania.
Joven y apuesto, brillante y simpático, rico, culto, poliglota,
diplomado en Princeton y la Sorbona, Tyler Kent es diplomático desde los
veinticuatro años, gracias especialmente a la influyente ayuda de su
padre. Llegado a Inglaterra a principios de 1939, se ha alojado en una
agradable casita de Londres, en el barrio de Kensington, y ha entrado
pronto en la buena sociedad. Los circuios mundanos se lo disputan, pero
pronto más que de su fama de excelente jugador de golf y tenis se habla
de sus singulares ideas sociales y políticas que pueden resumirse en dos
conceptos tajantes: la guerra que asola Europa no es asunto de América
(y en esto concuerda plenamente con Kennedy, su embajador) y la culpa de
todo cuanto sucede en el mundo es de la "Internacional judía".
En el proceso, Tyler Kent dirá que no tomó un solo marco del
servicio secreto alemán (y se le podía creer), pero sostendrá haberse
portado como buen patriota americano para que el Congreso y el pueblo de
los Estados Unidos conocieran los compromisos secretos que Roosevelt, "el judío Roosevelt", tenía con Churchill.
Uno de los tres hombres de Canaris que operan en Inglaterra
(Glanding, Williams y Womack) no tarda en poner al corriente a Berlín de
la posibilidad de aproximarse a Tyler Kent, que ya frecuenta los
círculos fascistas de Londres y está en íntimo contacto con el capitán
Archibaid Ramsey, representante de la extrema derecha. En verano del
mismo año la Abwehr decide poner un agente tras la pista del joven
diplomático. La elección de Canaris recae en una mujer que trabaja para
los alemanes desde 1936. Es la baronesa Anna Wolkoff, de treinta y ocho
años, bellísima, hija de un ex almirante de la marina imperial del zar,
emigrada años antes a Inglaterra y famosa en Londres porque lleva por
todas partes un gato con collar de oro macizo. El encuentro, preparado
con todo cuidado, ocurre en Surrey durante un "weekend". Tyler se
enamora inmediatamente de la aristócrata, y la ve en el teatro, el golf y
en casa de amigos comunes. Ambos son amantes en el verano de 1939.
Además de la pasión, les unen las mismas ideas sobre los judíos, los
comunistas y las naciones capitalistas. El Intelligence Service no
sospecha. En el MI-5 (sección de contraespionaje) hay una carpeta sobre
Anna Wolkoff, pero sólo como emigrada.
Anna Wolkoff, sin conocimiento del americano, es amiga íntima desde
hace tiempo de un agregado de la embajada italiana en Londres. De
acuerdo con él y mediante la valija diplomática —que viaja
tranquilamente, porque Mussolini está aún fuera de la guerra—, envía
ella de Inglaterra a Roma comunicaciones, noticias y fotocopias de
documentos que llegan regularmente a manos del embajador alemán, y de
allí a Berlín. Y a través de este "canal" Alemania, poco después de la
agresión a Polonia, podrá conocer con absoluta precisión las fuerzas del
ejército británico, la distribución de los efectivos, las reservas de
combustible y municiones, los planes defensivos y ofensivos (en
Nuremberg, el almirante Raeder, el mariscal de campo Keitel y el general
Jodl declararán que su estrategia, desde el ataque a Francia hasta
Dunkerque, se basó en las informaciones llegadas de "Mark III"). La
baronesa Wolkoff emplea pocas semanas en convencer a Kent de que sea
también espía. Divulgar las relaciones de Churchill y Roosevelt servirá a
importantes personajes entregados a la reconciliación de los pueblos,
para llegar antes al logro de la paz. "Creía que dependía de mí —diría el joven diplomático en el proceso— el éxito de una misión extraordinaria e importantísima: abreviar la duración de la guerra".
El 2 de octubre de 1939, un mes después del comienzo del conflicto
en Europa, "Mark III" transmite a Berlín, a través de Anna Wolkoff y la
valija diplomática italiana Londres-Roma, el resumen de un informe
inglés sobre la posibilidad de ocupar preventivamente Noruega para
impedir un ataque alemán.
Durante todo el otoño invierno de 1939 y la primavera de 1940, Tyler
Kent transmite a la Abwehr cerca de mil quinientos documentos secretos;
más de 200 reflejan un vasto y fiel cuadro de las relaciones políticas
entre el gobierno inglés y el de Estados Unidos. En la embajada
americana ninguno sospecha de él, y el joven diplomático puede así
llevarse a casa carpetas reservadas enteras, con el pretexto de "trabajo
extraordinario".
Hoy es evidente que, por un motivo u otro, no todas las cartas entre
Churchill y Roosevelt pasaron por sus manos; y si cayeron en ellas, no
las valoró en toda su importancia. Los mismos alemanes no supieron
servirse a fondo de esas misivas. De otro modo, publicadas oportunamente
habrían conseguido el propósito querido por Kent: dar un impulso
fortísimo y renovado al aislacionismo americano y quizá inducir al "no" a
los electores ante la nueva candidatura de Roosevelt a la Casa Blanca.
De todos modos, durante nueve meses, Tyler Kent continúa tranquilo
su actividad de espía. Gracias a él, la Abwehr se hace con el entero
código americano, y durante todo este periodo los alemanes pueden
descifrar todo los mensajes cambiados entre el departamento de Estado de
Washington y sus embajadas por el mundo. Pero según fuentes inglesas,
en esta época en Inglaterra el servicio secreto alemán es
"extremadamente ineficaz" porque desde 1935 los nazis han depurado a
varios de sus agentes, desviados ideológicamente, perdiendo así muchos
elementos clave.
Esto explica, al menos en parte, la ingenuidad de Kent y de su
cómplice y amante. Los microfilms de los documentos fotografiados a
escondidas por el diplomático, son entregados por él, para revelado y
copias, a un fotógrafo de Fleet Street, haciéndole creer que se trata de
un encargo oficial confiado por la embajada americana.
El rastro que lleva al descubrimiento y captura de "Mark III" lo
proporciona involuntariamente su misma cómplice. Es la primavera de
1940; los ejércitos alemanes avanzan sobre París y hay quien piensa que
la invasión de Inglaterra está próxima y que una "quinta columna"
alemana opera ya en el país para favorecer el desembarco alemán en la
isla. En Inglaterra piden de muchos sitios, como medida de seguridad, la
detención e internamiento de dos conocidos extremistas de derecha, el
jefe de los fascistas ingleses, sir Oswald Mosley, y el capitán Ramsay,
miembro del Parlamento. No se llevan a cabo, pero uno y otro son
sometidos a investigación. Resulta así que, durante cierto tiempo, la
"British Unión", fundada por Mosley, ha tenido entre sus afiliados a
Anna Wolkoff.
Un comandante del Intelligence Service es encargado de las
pesquisas. Su informe, con fecha 11 de abril, se limita a referir que la
baronesa visita asiduamente al diplomático Tyler Kent, agregado al
servicio de cifra de la embajada americana, que profesa ideas
anticomunistas y antijudías y es un defensor de las teorías racistas del
"filósofo" nazi Rosenberg. Parece que la primera decisión del servicio
secreto es abandonar inmediatamente la investigación. "No es el momento adecuado para tener problemas con los Estados Unidos", diría un representante del gobierno.
Las pesquisas prosiguen, pero sólo sobre Anna Wolkoff, porque Tyler
Kent sigue pareciendo fuera de toda sospecha. La noche del 2 de mayo los
agentes británicos realizan un registro, absolutamente ilegal, en casa
de la baronesa rusa, que está pasando el "weekend" en un castillo de
Escocia con su amigo diplomático. Los agentes no encuentran nada
comprometedor. Pero al día siguiente, 3 de mayo, la casualidad favorece a
los investigadores. Tyler Kent y Anna Wolkoff, recién vueltos a
Londres, son descubiertos en un bar con un joven de pelo rojo
identificado luego como fotógrafo, un tal Stephen. Desde este momento
todo resulta facilísimo, gracias a la misma ingenuidad de los dos
espías. Aquella tarde el fotógrafo recibe la inesperada visita del
comandante del Intelligence Service.
¿Cómo es que conoce a la baronesa Volkoff?".
'
La conozco de vista; apenas hemos cambiado diez palabras —responde Stephen—. Yo
trabajo para la embajada de Estados Unidos y ella viene a acompañar a
un diplomático americano que me trae material para revelar".
El fotógrafo no pone dificultades en mostrar la clase de trabajo que
realiza. En el cuarto oscuro tiene todavía una película con veintiocho
documentos, que ha recibido cuatro días antes de Tyler Kent.
Tres horas más tarde, el gobierno inglés es informado oficialmente de "un probable caso de espionaje a favor de Alemania",
descubierto en la embajada de Estados Unidos. El informe del
Intelligence Service es devuelto de la secretaria del primer ministro
con esta anotación: "Busquen otras pruebas. Es un caso muy grave". La palabra muy está subrayada dos veces.
Los agentes de contraespionaje deben esperar aún diez días hasta poder
entrar en la casita de Tyler Kent para otro registro, también ilegal.
Pero esta vez el botín es positivo. En un cajón del estudio del
diplomático encuentran dos llaves de la caja fuerte de la embajada, los
códigos diplomáticos más secretos, decenas de microfilms y copias de
cartas enviadas a William Joyce, el escritor inglés que bajo el nombre
de "Lord Haw Haw" habla todas las noches por los micrófonos de Radio
Berlín. La mañana del 18 de mayo, Tyler Kent es detenido al salir de su
domicilio. Anna Wolkoff es arrestada mientras se dirige en coche a
Brighton. El caso de espionaje descubierto en la embajada americana
tiene profundas repercusiones en Inglaterra y en los Estados Unidos. En
aquélla se pide una legislación más dura contra los espías y se reaviva
el temor a la "quinta columna". Más allá del océano, los círculos
aislacionistas se indignan y montan una verdadera cruzada en favor del
diplomático, víctima a su parecer de las maniobras inglesas para atraer
América a la guerra. Tyler Kent, conducido a presencia de su embajador,
confiesa todo sin pestañear.
Mucho después, Joseph Kennedy declarará que "Kent
tenia la responsabilidad de los códigos secretos del departamento de
Estado americano. Por su traición, todas nuestras comunicaciones fueron
controladas en el momento más critico, durante los días de Dunkerque y
la caída de Francia".
Los servicios diplomáticos americanos tuvieron que sustituir los
códigos, una labor que los correos especiales enviados desde Washington
necesitaron hacer en dos o tres meses, obligando así a las embajadas al
más absoluto silencio.
En julio, Tyler Kent y Anna Wolkoff son procesados en Londres bajo la acusación de espionaje. "Si América estuviera ya en guerra —declara el embajador Kennedy— habría
tratado de repatriar a Kent como traidor, pero dadas las circunstancias
debimos dejar el caso a la justicia inglesa, que fue en realidad muy
clemente".
El joven diplomático de Wisconsin debe responder sólo del episodio
del microfilm descubierto en casa del fotógrafo. Del material
comprometedor descubierto en Kensington no se dice nada en el proceso.
Anna Wolkoff, interrogada en audiencia pública, rechaza toda acusación.
Kent, que ha confesado, se lanza a una disparatada arenga contra los
judíos, los capitalistas y los comunistas. Entre la muchedumbre que se
agolpa en la sección del público está también el sorprendido fotógrafo
que creía honradamente que trabajaba para la embajada americana.
La sentencia se conoce a las pocas horas: siete años de cárcel para
Tyler Kent y diez a la baronesa Wolkoff. Ella quedará en libertad en
junio de 1946 y seguirá en Inglaterra; él, cumplida la pena en diciembre
de 1945, volverá a los Estados Unidos en enero del siguiente año. Su
primera preocupación será tratar de poner pleito al departamento de
Estado por despido ilegal, reclamando salarios y gratificaciones. No lo
logrará.