¿Cómo pensamos los agentes de la seguridad cubana?
¿Cuáles son nuestras más íntimas motivaciones? ¿Qué precios pagamos?
Al cumplirse mañana un aniversario más de nuestros
Órganos de la Seguridad del Estado, traigo a mis lectores un breve resumen de
mis motivos, vivencias y el sano orgullo de haber cumplido con mi deber
solidario hacia Cuba en la hermosa trinchera del anonimato.
Esa ha sido mi vida. La que no cambiaré, ni renunciaré
a ella. Ese es mi premio y mi sacrificio. Mi orgullo, mi dolor y la llama que
me mantiene la esperanza.
Mañana estaré junto a los míos, celebrado la vida y
apostando por ella.
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| En Holguín, con mis hermanos de Razones de Cuba y otros combatientes del MINIT |
El locutor leyó,
con evidente emoción, la orden del Comandante en Jefe mediante la cual se
condecoraba a cuatro agentes de la Seguridad con la Orden “Eliseo Reyes”, de
Primer Grado. Entre ellos, estaba yo. Se me colocó en mi pecho la honrosa
distinción. Después, Raúl se acercó a mí y me abrazó. Una oleada de confundidas
emociones me invadió el pecho y sólo atiné a murmurar:
— ¡Cumplí con mi
deber!
| 26 de marzo de 1999, con Raúl y otros agentes de la seguridad |
A veces, miro mi vida y recuerdo las cosas pasadas. Entonces pienso que he sido realmente afortunado. La vida me colocó no sólo donde quise estar, sino precisamente en el lugar en que he sido más útil. Tal vez sea eso lo más valioso. ¿No es acaso éste un justo premio recibido luego de procesar recuerdos de los que no puedo —ni quiero— deshacerme definitivamente? Recuerdos que siempre me acompañarán, para enorgullecerme desde luego. Porque la fortuna del hombre está en eso: en mirar hacia atrás y confirmar que son menos las cosas de las que tendrá que avergonzarse y mayores, aún mucho mayores, las satisfacciones alcanzadas por lo realizado día tras día en largos años de existencia plena.




