jueves, 25 de febrero de 2016

Una vieja deuda de la CIA con Cuba: La voladura de La Coubre


En unos días, el 4 de marzo, se cumplirá el 56 aniversario de la voladura del vapor francés La Coubre en el puerto de La Habana, el cual provocó la muerte a 101 personas, entre ellas la de seis marinos franceses. Pruebas contundentes involucran a la CIA en este hecho. Este capítulo triste refuerza el reclamo de Cuba por ser indemnizada por la política de hostilidad ejecutada por EEUU contra sus ciudadanos. A la par, pone sobre el tapete –en el nuevo contexto de la relaciones entre ambas naciones– la necesidad no solo de la reparación histórica sino también que EEUU desclasifique aquellos documentos que sacarían a la luz la verdad sobre este crimen monstruoso.

En los archivos más secretos de la CIA descansan, olvidados y empolvados valiosos documentos que merecen hoy ser develados de una vez por todas a la opinión pública. Quienes nos acusaron durante décadas de patrocinar el terrorismo, tienen la obligación moral de reconocer que su tejado también ha sido de vidrio.

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La misteriosa explosión del buque francés La Coubre, ocurrida el 4 de marzo de 1960, sigue siendo aún un misterio, no porque no se conozcan las causas que la provocaron y quiénes tuvieron que ver en el criminal hecho, específicamente elementos organizados y dirigidos por la Central de Inteligencia de los Estados Unidos de América, sino por el sospechoso comportamiento de las autoridades norteamericanas de negarse a desclasificar la información que posee sobre el mismo. Ese mutismo oficial se ha mantenido durante casi cinco décadas, junto a una reticencia  férrea a desclasificar las informaciones relacionadas con el caso, tal como pudo comprobarse apenas hace unos días, cuando los propios Archivos Nacionales de Seguridad pertenecientes a la Universidad George Washington, reconocieron la imposibilidad de acceder a información federal al respecto.

La participación de la CIA en el atentado al vapor La Coubre está sustentada por evidencias y sospechosas declaraciones públicas de varios contrarrevolucionarios de origen cubano y otros funcionarios, servidores de la Agencia, quienes han reconocido la disposición norteamericana de evitar que la naciente Revolución Cubana adquiriera armas y otros medios defensivos, precisamente cuando la administración de Ike Eisenhower preparaba una sistemática agresión contra la Isla, que sería  retomada sin escrúpulos por su sucesor John F. Kennedy. 

Por otra parte, la CIA se encargó de abastecer a los nacientes grupúsculos terroristas contrarrevolucionarios con cantidades incontables de armas y explosivos, a la par que se encomendó directamente de la preparación de teams de infiltración en varios campamentos y centros militares estadounidenses, así como en el adiestramiento de expertos en atentados y explosivos dentro de la masa seleccionada de lumpen, sicarios, batistianos y burgueses desplazados por la Revolución, que huyeron en desbandada hacia EE UU luego del triunfo del primero de enero de 1959.

De todos estos hechos terroristas, la explosión del vapor La Coubre fue, sin lugar a dudas, el más significativo por sus penosas consecuencias: el vil asesinato de 101 personas, entre ellos seis marinos franceses, (el primer teniente François Artola, el timonel Jean Buron y los marineros Lucien Aloi, André Picard, Jean Gendron y Alain Moura), así como más de 200 heridos y lesionados, sin contar los daños materiales sufridos.

El crimen apunta hacia la CIA.

Tal como ocurriría con el brutal atentado a una aeronave de Cubana de Aviación, acaecido el 6 de octubre de 1976, la administración norteamericana de turno y  las subsiguientes, trataron de camuflar la verdad comprometedora. Informes amarillentos y envejecidos por el tiempo descansan en alguna oficina de la CIA, bajo la tutela permanente de sus oficiales y directores. Sin embargo, estudiosos y expertos en el tema del terrorismo han logrado armar sólidas hipótesis que señalan con dedo acusador a la Agencia y a sus empleados contrarrevolucionarios de origen cubano radicados en esa nación. Gracias a ello, existen hoy varios hechos que levantan suspicacias sobre el rol de Estados Unidos y sus agencias en el sabotaje.

1)  El primero de ellos es que la administración norteamericana de Eisenhower estaba plenamente dedicada a desarrollar la más agresiva guerra sucia contra Cuba, encargando a la CIA, con Allan W. Dulles a la cabeza para cumplir tal cometido. Dulles encargó de estos planes a Joseph Caldwell King (J.C. King), quien era en ese entonces Jefe de la División del Hemisferio Occidental de la CIA y ya había comunicado a su Director, el 11 de diciembre de 1959, la “peligrosidad” de Cuba para EE UU y recomendó, a la vez, la realización de planes para la eliminación física de Fidel Castro y otros dirigentes cubanos.

Por instrucciones directas de Dulles, el coronel CIA J.C. King, estableció contactos directos con numerosos contrarrevolucionarios proclives a participar en acciones violentas contra Cuba, ayudado por Howard Hunt, sobre todo con aquellos directamente vinculados a la recientemente derrocada dictadura de Fulgencio Batista, entre los que se destacaron Rolando Masferrer, Manuel Artime Buesa, líder del  Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR);  José Ignacio Rasco, jefe del Movimiento Demócrata Cristiano (MDC), Aureliano Sánchez Arango, jefe de la triple A; Manuel “Tony” Varona, jefe de la Organización Auténtica;  Eladio del Valle; Justo Carrillo Hernández de la Organización Montecristi; así como una variada gama de políticos y esbirros.

Everett Howard Hunt, quien falleció el 23 de enero de 2007, fue un activo oficial CIA de tenebroso historial, quien se unió a la CIA en 1949 en la División de Actividades Especiales. Fue jefe de la estación CIA en México en 1950. Fue uno de los co-autores del Plan PBSUCCESS, destinado a derrocar al gobierno democrático de Jacobo Árbenz Guzmán en Guatemala en 1954. Posteriormente serviría a la Agencia en Japón y Uruguay.

Como organizador de los planes contrarrevolucionarios contra Cuba, se le relaciona con numerosas acciones terroristas, entre ellas la voladura del Vapor La Coubre, así como con la frustrada invasión de Playa Girón, cuyo fracaso marcó su declive dentro de la CIA. Sin embargo, Allan W. Dulles le extendió la mano y lo convirtió en su ayudante personal hasta la jubilación de éste. La suerte de Hunt lo llevaría posteriormente a servir directamente bajo las órdenes del ex presidente Richard Nixon, involucrándose en el sonado caso Watergate que le costó una condena de 33 meses de prisión por los delitos de robo, conspiración y encubrimiento.

Otro de los autores intelectuales de la voladura del vapor La Coubre, Joseph Caldwell King, llegó a escalar rápidamente en la CIA gracias a su pasado y varias influencias. Se graduó en la Academia Militar de EE.UU. en West Point en 1923 y laboró para poderosos monopolios vinculados a Nelson Rockefeller y para la firma Johnson & Johnson. Luego de su ingreso a la CIA, operó en varias naciones latinoamericanas como Argentina (1941-1945) y en Guatemala (1952-1953), involucrándose posteriormente en el golpe de estado contra el presidente brasileño Joao Goulart en 1964. En 1967 se retiró de la CIA, dejando el cargo de Jefe de la División del Hemisferio Occidental, regresando luego como consultor de la misma y haciéndose cargo de empresas fachadas de la Agencia.

Este organizador de contrarrevolucionarios, involucrado hasta los tuétanos en los planes terroristas contra Cuba, algunas veces usando el seudónimo de Oliver G. Galbond, falleció en enero de 1977.

 Estimulado por el resultado obtenido con la voladura del vapor francés La Coubre, el vicepresidente Richard Nixon ordenó a Allan Dulles implementar la llamada Operación 40, sobre la base de una orden presidencial de Eisenhower emitida a tal efecto el 17 de marzo de 1960, apenas 13 días después del atentado. Esta operación tenía como misión organizar, entrenar y equipar a contrarrevolucionarios de origen cubano. Previamente, en una ultra secreta reunión dirigida por Joseph Caldwell King, realizada el 9 de marzo de 1960, se abrían las puertas a esta famosa Operación 40, mediante la creación de un grupo de trabajo denominado con las siglas WH-4, a través del cual se implementaría el Plan de Operaciones Encubiertas para Cuba.

Aunque el vasto plan de subversión y terrorismo legalizado por la CIA abarcaba operaciones ultra secretas no limitadas solo a Cuba, ésta fue su centro principal de dirección, involucrando tanto a contrarrevolucionarios de origen cubano como a oficiales de la CIA de origen norteamericano.

Entre los más relevantes miembros de la Operación 40 se encontraban Félix Rodríguez Mendigutía, Luis Posada Carriles, Orlando Bosch, Rafael “Chi Chi” Quintero, Virgilio Paz Romero, Pedro Luis Diaz Lanz, Antonio Veciana Blanch, los hermanos Guillermo e Ignacio Novo Sampoll, José Dionisio Suárez Esquivel, José Basulto León, Pedro Luis Díaz Lanz, José Miguel Battle, Gaspar Jiménez Escobedo, Ricardo Morales Navarrete, Eugenio Rolando Martínez, Rolando Masferrer Rojas, Pedro Crispín Remón Rodríguez, Antonio Cuesta del Valle, Herminio Díaz García, Manuel Artime Buesa, Eduardo Arocena Pérez, Jorge Mas Canosa, Alberto Blanco Romariz, Jorge Robreño, Juan Manuel Salvat Roque, Andrés Nazario Sargent, Virgilio González, José Joaquín Sanjenis, Manuel Rodríguez Orcarberro, Alvin Ross Díaz, Eladio Ceferino del Valle y  otros muchos, hasta alcanzar la cifra de 86  operativos y oficiales.

Los oficiales CIA y otros mercenarios estadounidenses, involucrados en el andamiaje subversivo y desestabilizador, incluían a William Harvey, Theodore Shackley, Thomas Clines, Porter Goss, Gerry Hemming, E. Howard Hunt, David Sánchez Morales, Carl E. Jenkins, Bernard L. Barker, John Roselli, Barry Seal, Edwin Wilson, Bernard Barker, Frank Sturgis (Frank Fiorini), Tosh Plumlee, y William C. Bishop (David Atlee Philips), quienes pasaron a dirigir la actividad terrorista y subversiva del grupo.

Cualquiera de ellos, tanto los operativos CIA y sus oficiales, pudieron participar en la colocación de la carga explosiva dentro de La Coubre cuando la misma tocó puerto norteamericano antes de llegar al puerto habanero. Se conoce con precisión que La Coubre hizo escala en el puerto de Everglades, donde dejó una carga con destino a Miami y que en ese lugar abordarían otras personas norteamericanas para continuar  rumbo a Cuba y arribar el 2 de marzo. Sin embargo, debido al mal tiempo, La Coubre permaneció en puerto estadounidense dos días más de lo esperado, ocasión en que colocaron los explosivos, según una de las hipótesis más posibles y creíbles.

2) Otra posible hipótesis es la que involucró a tres norteamericanos en el atentado al vapor francés La Coubre, y que coloca igualmente a la CIA y a uno de sus grupos especiales como autores materiales del hecho terrorista.

La presencia de un norteamericano, uno de los únicos dos pasajeros en el navío, nombrado Donald Lee Chapman, quien desembarcó en Miami de forma dudosa y apresurada, puesto que se dirigía a Arkansas, antes de que el barco partiera hacia la Habana, levanta la sospecha de que fue él quien colocó los explosivos. Ausente del navío durante un tiempo, retornó al mismo y continuó viaje a la Habana.

Sin embargo, La Coubre había tocado anteriormente otro puerto norteamericano, el de  Newport News, Norfolk, Virginia, donde recibió el 18 de enero de 1960, apenas 44 días de anterioridad, una reparación en una de sus bodegas en el muelle 8 de dicho centro portuario. Fue allí, precisamente allí, donde se colocaron los explosivos que detonaron en día 4 de marzo.

 Volviendo al supuesto fotógrafo, Donald Lee Chapman, sospechoso de haber participado o de conocer a los autores del hecho, éste fue capturado de inmediato en la misma zona del desastre, pero La Embajada norteamericana en La Habana intercedió ante las autoridades para que Chapman fuera liberado. Otras presiones partieron desde EE UU, cuando dos congresistas del estado de Nebraska, de donde era originario, presionaron al Departamento de Estado con vistas a que Cuba le liberara. Nunca más se supo de él, lo que hace presuponer que podría ser otra persona con una falsa identidad.

El otro sospechoso fue Jack Lee Evans, un norteamericano que arribó a Cuba en los primeros días de la Revolución y quien había participado en la guerra de Corea,  convirtiéndose  sorpresivamente en colaborador y supuesto guardaespaldas del agente de CIA William Alexander Morgan Ruderth, quien en 1958 se incorporó al II Frente del Escambray, dirigido por Eloy Gutiérrez Menoyo.  Evans, sin pensarlo dos veces, salió precipitadamente de Cuba hacia Miami, el 5 de marzo de 1960, con el supuesto encargo de su jefe de comprar semillas de algodón y maquinaria agrícola. Ya en Miami, especuló sobre los supuestos autores del atentado al vapor francés, empleando contradictorios y dudosos argumentos.

El diario The Miami Herald, en un artículo del 7 de marzo de 1960, recogió declaraciones de Evans en que éste acusa a un desconocido trabajador portuario cubano de colocar seis cartuchos de dinamita dentro del barco, durante las operaciones de descarga.

Por otra parte, existe la hipótesis de que fue el propio Evans quien colocó medios incendiarios dentro del barco por órdenes de William Morgan, para sabotear el navío francés. Evans dijo haber visitado al vapor siniestrado en unión del traidor comandante del Ejército Rebelde varias horas antes de las explosiones, lo que fue negado por su jefe.

Por su parte, William Alexander Morgan, natural de  Cleveland, Ohio, con un oscuro historial de aventurero y desmovilizado hacía algunos años del US Army, fue  fusilado en Cuba, el 11 de marzo de 1961, casi un año después del sabotaje a La Coubre, por su participación en actividades y conspiraciones contrarrevolucionarias, así como por su probada pertenencia a la CIA. 

Otros hechos enrarecieron el esclarecimiento de los hechos pero, a la vez, incriminaban a las autoridades norteamericanas en el sabotaje: uno de ellos fue la inexistencia de comunicaciones oficiales entre la embajada norteamericana y el Departamento de Estado en esos días, así como que Cuba nunca tuvo acceso a los reportes de los buzos norteamericanos, contratados por la naviera francesa, para reflotar la embarcación siniestrada.

El vapor La Coubre: su viaje hacia la muerte

El vapor La Coubre había cargado diversas armas, explosivos y disímiles municiones en el puerto de Amberes, en Bélgica, con destino a Cuba, luego de haber tocado con anterioridad los puertos de Hamburgo y Bremen con igual propósito. En total había recogido más de 3 mil bultos de explosivos diversos, medio millar de cajas de granadas y casi mil cajas de municiones. Completaría su carga en Amberes, luego de que el gobierno belga hiciera caso omiso a las presiones norteamericanas por impedir el envío. Esto ocurría a mediados del mes de febrero de 1960, cuando la Coubre transportaba 4310 toneladas de cargamento bruto, entre ellas 76 toneladas de armas, municiones y explosivos con destino a Cuba.

Al punto haría una escala en el puerto de Los Everglades, en la Florida.

Ni los miembros de la tripulación, ni la masa de obreros portuarios que realizarían la descarga, imaginaron que exactamente a las 3:10 de la tarde del 4 de marzo de 1960, La Coubre estallaría estruendosamente y que, treinta minutos después, sucedería una segunda explosión, cercenando ambas la vida de 101 personas.

 Luego de ser reflotada por buzos norteamericanos, quienes se llevaron las pruebas comprometedoras, La Coubre fue conducida a un dique seco. Reparada de sus daños, fue posteriormente incorporada a servicio activo por parte de la Compagnie Générale Transatlantique hasta 1972, siendo posteriormente vendida a una compañía naviera en Chipre y rebautizado con el nombre de Barbara.

Fidel en la despedida de las victimas

El golpe terrorista asestado contra la Revolución demostró que EE UU emplearía a partir de ese momento todos los medios a su alcance para derrotarla. En lugar de acobardar a los cubanos, el sabotaje a La Coubre contribuyó, paradójicamente, a la radicalización del proceso revolucionario y aglutinó aún más al pueblo cubano en torno a los líderes encabezados por Fidel.

Fue el propio Fidel quien declaró al día siguiente, durante la despedida de las víctimas de la criminal acción, quien expresó una histórica verdad: el dolor no amilanaría al pueblo, el dolor no lo haría rendirse. En tal sentido, expresó:

“Y eso ocurrió ayer. No es un invento de la fantasía; es una realidad que todo el pueblo presenció, es una realidad que hemos tenido que pagar con docenas de vidas valiosas; de hombres que cayeron cuando iban a salvar a sus compañeros, que dieron sus vidas tranquila y serenamente para salvar las vidas que estaban aprisionadas entre los hierros retorcidos de aquel barco, o entre los escombros de los edificios; de bomberos que avanzaban sin inmutarse a apagar edificaciones repletas de explosivos. Quien haya visto escenas como las de ayer, quien sepa de un pueblo tan digno y tan viril y tan generoso y tan honesto como el pueblo nuestro, tiene derecho a saber que es un pueblo que se defenderá de cualquier agresión”.

Y casi al concluir la despedida de los nuevos mártires de la Patria, Fidel lanzó la histórica sentencia que marcaría durante estas cinco décadas la resistencia de los cubanos ante sus enemigos:

“Y sin inmutarnos por las amenazas, sin inmutarnos por las maniobras, recordando que un día nosotros fuimos 12 hombres solamente y que, comparada aquella fuerza nuestra con la fuerza de la tiranía, nuestra fuerza era tan pequeña y tan insignificante, que nadie habría creído posible resistir; sin embargo, nosotros creíamos que resistíamos entonces, como creemos hoy que resistimos a cualquier agresión. Y no solo que sabremos resistir cualquier agresión, sino que sabremos vencer cualquier agresión, y que nuevamente no tendríamos otra disyuntiva que aquella con que iniciamos la lucha revolucionaria: la de la libertad o la muerte. Solo que ahora libertad quiere decir algo más todavía: libertad quiere decir Patria. Y la disyuntiva nuestra sería: ¡Patria o Muerte! [...]”

Percy Francisco Alvarado Godoy 

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