domingo, 24 de mayo de 2015

Iintervencionismo gringo vuelve a Centroamérica

El despliegue de 200 marines estadounidenses a Honduras y a otros 90 a Guatemala, El Salvador y Belize puede ser la reacción del Pentágono a la creciente influencia de Rusia en América Latina.

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El anuncio del Pentágono de que va a enviar a 200 marines a Honduras y a otros 90 más a Guatemala, El Salvador y Belize ha disparado las alarmas en la región. Con el pretexto de que llevarán a cabo una "misión humanitaria" de cara a la próxima temporada de huracanes, el Departamento de Defensa solicitó permiso al Gobierno hondureño para desplegar un nuevo contingente militar, el más importante que se realiza en Centroamérica desde hace 30 años. ¿Acaso vuelve Estados Unidos al intervencionismo de antaño?

Los efectivos se instalarán en la base aérea de Soto Cano, también conocida por los hondureños como Palmerola, donde ya trabajan 500 soldados norteamericanos de manera permanente en operaciones antidrogas. Los marines contarán al menos con cuatro helicópteros Sikorsky CH-53 Sea Stallion, capaces de repostar en pleno vuelo y de transportar material pesado. El nombre clave de la nueva unidad es la Fuerza de Tarea de Propósito Especial Aire-Tierra de Marines-Sur.

La base de Palmerola, situada a unos 75 kilómetros al noroeste de Tegucigalpa, representa una de las plazas fuertes históricas del Pentágono en Centroamérica, dadas sus excelentes características. Tiene la pista de aterrizaje más larga de la zona, lo que la posibilita para acoger aviones de gran peso y dimensiones. De ahí la intención del Gobierno del presidente Juan Orlando Hernández de convertir las instalaciones ya existentes en el futuro aeropuerto internacional, con la participación inversora de España, entre otros países.

Otro detalle no menos interesante: según ha admitido el exjefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Honduras, el general retirado Romeo Vásquez Velásquez, los norteamericanos no pagan alquiler por el uso de los barracones, a diferencia de lo que ocurre en Europa.

Palmerola se hizo tristemente famosa en la pasada década de los 80, cuando el teniente coronel de los Marines, Oliver North, la utilizaba como base de retaguardia para apoyar clandestinamente y a través de la CIA a la Contra nicaragüense que combatía con las armas a la revolución sandinista. Ahora se ha convertido en un centro de adiestramiento militar y la plataforma idónea desde la que despegan los vuelos de reconocimiento de las tropas del Comando Sur de las Fuerzas Armadas de EEUU en su búsqueda de traficantes y alijos de drogas.

A ningún estudiante de relaciones internacionales tampoco se le escapará el hecho de que en Honduras hubo no hace mucho —concretamente en 2009- un golpe de Estado con toques kafkianos que supuso el derrocamiento del presidente Manuel Zelaya, acusado de violar la Constitución. Y también hemos sabido, gracias a su segundo libro de memorias —curiosamente titulado Decisiones Difíciles-, que la entonces secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton movió sus contactos regionales para que Zelaya, abierto simpatizante del chavismo, no volviera al poder.

La combinación de todos estos ingredientes ha terminado produciendo un cóctel de sabor amargo. Lógico parece pues que se haya levantado la sospecha del intervencionismo, avalada por años de operaciones encubiertas o visibles.

Las autoridades estadounidenses juran por activa y por pasiva que no se trata de una intervención de los infantes de Marina, sino de una misión militar eminentemente humanitaria, cuyos objetivos pasarían por entrenar a sus homólogos hondureños, en primera instancia; en segundo lugar, participarían en la respuesta a emergencias nacionales como inundaciones ocasionadas por huracanes como el Mitch; y por último, colaborarían en proyectos en áreas remotas, construyendo  casas y escuelas.

"No es un aumento de tropas de Estados Unidos, ni mucho menos", ha dicho el embajador norteamericano James Nealon, prometiendo que sólo estarán allí por un periodo de tiempo "muy corto", concretamente de junio a noviembre.

Desde el Pentágono insisten en que casi todos los marines que serán desplegados en la base de Palmerola son ingenieros de formación. "Hasta su comandante lo es", añaden. Pero como bien apunta un analista de la BBC, "puede que sean ingenieros que llegan a Honduras para rehabilitar escuelas y carreteras, pero también son soldados de Estados Unidos en tierra latinoamericana y eso toca las sensibilidades de no pocos".  Y cabe añadir que no son simples soldados, sino infantes de Marina, entrenados para entrar en combate en cualquier momento.

Por si todo esto fuera poco, la misión ha sido una iniciativa de Washington, no una petición hondureña.

¿Qué interés particular tiene entonces la Casa Blanca en Honduras? El despliegue puede ser la reacción del Pentágono a la creciente influencia de Rusia en la región, estima con acierto el consultor  estadounidense Douglas Farah, especializado en América Central.

Nicaragua es un fiel aliado histórico del Kremlin, con Daniel Ortega al frente, y El Salvador está "rusificando" poco a poco su armamento de la mano del presidente Sebastián Sánchez Cerén, también de izquierdas y exguerrillero de Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, considera Farah, un excorresponsal de The Washington Post que ahora preside una consultora centrada en temas de seguridad nacional.

No obstante, Farah se equivoca cuando cree que la presencia de los marines ya no levanta ampollas como antes entre la población de la región, que ya no se les asocia con aquellas tropas extranjeras invasoras que apuntalaban regímenes corruptos o neoliberales. "La Guerra Fría ha terminado probablemente hace mucho", sentencia. Craso error de cálculo. La Guerra Fría está regresando. Y también a esta parte del globo.

La auténtica preocupación de Estados Unidos no es mitigar los efectos de los desastres naturales en Centroamérica sino controlar desde muy cerca el inestable contexto social e institucional que atraviesa esa región, donde se entremezclan la violencia, el narcotráfico y la corrupción sobre una base de pobreza y marginación que no termina de cesar.

Otras voces van mucho más lejos en su análisis. Así, el profesor James Petras considera que el despliegue de los marines significa "una amenaza a la política democrática e independiente que ha sido clave en Latinoamérica en los últimos 15 años". El Pentágono cree que ahora puede aprovecharse de  "ciertos cambios" ocurridos en  la región, "esencialmente la caída del precio del petróleo y de las materias primas", sostiene el sociólogo. "Piensan que los gobiernos progresistas en Latinoamérica son más vulnerables en este momento, en la posibilidad de cierto descontento social que pueden explotar  mediante algún títere político y regresar al intervencionismo y a la clase de política que trajo las dictaduras y derrocó a la democracia".

Lo ideal sería, como propuso el secretario general de Unasur, el colombiano Ernesto Samper, en la última Cumbre de las Américas, que no hubiera bases militares norteamericanas en Latinoamérica, algo que “pertenece a la época de la Guerra Fría”.

Por desgracia, a día de hoy, eso suena utópico.

Francisco Herranz

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