jueves, 28 de mayo de 2015

Desmintiendo a un farsante y develando un bello secreto




Revisando un artículo aparecido en el blog de Emilio Ichikawa el 9 de marzo de 2011, bajo la firma del traidor y mentiroso ex teniente coronel JuanReynaldo Sánchez, titulado “La extraña muerte de un escolta de Fidel Castro”, puedo confirmar que este individuo falseó la vida y muerte de mi compañero Ransés Calderío, con el que estuve involucrado en varias tareas asignadas a mí por la contrainteligencia cubana.

El aludido traidorzuelo –buscador de fama en Miami a costa de denigrar la figura del Comandante en Jefe Fidel Castro-, mintió descaradamente al sugerir varios hechos plagados de falsedades:

● Que Ransés, a raíz de establecer una relación amorosa con la hija del compañero Raúl, Mariela, provocó “indignación” en Fidel y en su esposa, al extremo de que fue separado de la Seguridad Personal por estas razones.

Lo cierto es que, tanto Ransés como Mariela, mantuvieron una relación amorosa y estable, fruto de la cual nacieron dos hijas. El detractor omite este hecho en su artículo tratando de vender la idea de un “affaire” temporal entre los mismos. Esta relación fue aceptada por la familia y, como era obvio, Ransés fue trasladado hacia la contrainteligencia, ya que su misión como primer fusilero de la escolta de Fidel así lo ameritaba.

Ransés era un joven revolucionario, lleno de amor a la vida y a la Revolución, dispuesto a asumir las tareas más difíciles. Contaba, por supuesto, con las cualidades para cumplir con eficacia la misión de defender la vida de Fidel ante cualquier situación por complicada y difícil que la misma fuera.

● La segunda mentira de Reynaldo Sánchez fue decir que, y lo cito textualmente, “atendiendo algunas de las empresas económicas que en esos momentos ya tenía el Ministerio de las Fuerzas Armadas”.

Ransés, cuyo seudónimo era Frank, fue un oficial operativo de la contrainteligencia, entregado de lleno a las tareas de enfrentamiento al enemigo. Por esta razón pasó a ser uno de mis oficiales a partir de 1993 y cumplimos varias misiones en mi condición de colaborador secreto de la CI.

● La muerte de Ransés se produjo, efectivamente, como resultado de un accidente durante la detención de una persona peligrosa y descontrolada, pero nunca fue enviado a cumplir esta tarea por parte de autoridad alguna. La muerte no se produjo tampoco dentro de un apartamento sino en un carro en movimiento, en medio de un forcejeo y como resultado de un disparo que se le escapó a uno de nuestros compañeros, el cual lamenta lo sucedido hasta el día de hoy.

La manipulada idea de que Ransés fue asesinado por indicaciones de los dirigentes de nuestra patria es una burda, malsana y falaz mentira.

● La alusión de que la noticia de la muerte de Ransés Calderio “nos estremeció a todos” no cuenta ni es válida para un personaje falsario como Reynaldo. Dolió, es cierto, pero para sus genuinos hermanos de lucha.

Miente el traidor al decir “cuando nos dieron el informe de la C.I. referente a la extraña muerte de nuestro antiguo compañero, todos sin excepción nos preguntamos si la mano de Raúl Castro no estaba detrás de los acontecimientos. Ninguna de las dos familias quería este romance, ni el individuo era tan peligroso como lo pintaron. A buen entendedor pocas palabras.”  Sus compañeros evaluamos exhaustivamente los hechos y se llegó a la conclusión de que fue un fatal accidente, provocado por circunstancias fuera de control y por la decisión personal de Ransés de sumarse a este operativo.

En mi libro “Confesiones de Fraile: una historia real de terrorismo”, publicado por la Editorial Capitán San Luis, en el 2002, en versión en español, y posteriormente en inglés e italiano, se hace alusión a la historia de Frank como oficial de la contrainteligencia, desmintiendo la versión del mentiroso de oficio Reynaldo Sánchez.  Si este sujeto hubiera leído mi libro hubiera conocido realmente cómo era Ransés y cómo murió. Con este libro obtuve el Primer Premio de Testimonio en el Concurso Aniversario de la Revolución 2000

Reproduzco a mis lectores algunos pasajes que dan una imagen sobre cómo fue Ransés en realidad:

“Según la leyenda creada, el grupo que yo reuniría lo integraría un conocido mío (apodado Bichicho) que vivía en Santa Fe y contaba con una embarcación pequeña dedicada a la pesca la cual podría servir para recoger los medios explosivos en alta mar. Igualmente, mantendría amistad con un ex coronel de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ya jubilado, con experiencia en diversas misiones internacionalistas y especializado en tareas de zapador. El coronel se llamaba Rodolfo y, en esos momentos, se encontraba francamente muy descontento porque lo habían “separado” de las fuerzas armadas por causa de que su mujer mantenía relaciones con su familia en los Estados Unidos. Rodolfo sería otro potencial integrante de mi célula. Su participación era fundamental, pues acumulaba una vasta experiencia en el manejo de explosivos y estaba dispuesto a involucrarse en cualquier actividad de sabotaje.

Por último, el grupo estaría integrado por El Kamikaze, un joven oficial del MININT, también “decepcionado” de la Revolución y dispuesto a jugarse el todo por el todo, siempre que se le garantizara su posterior salida a los Estados Unidos.

Todos los posibles miembros de la futura célula terrorista —que funcionaría en Cuba bajo mi mando— lo hacían con el objetivo declarado de emigrar a los Estados Unidos y disponer allá de dinero suficiente para establecerse. En ellos, unánimemente, había “resentimiento” hacia el proceso revolucionario y mucha frustración acumulada. Eran, sin duda, luchadores anti-castristas y encajaban estupendamente dentro de los propósitos del Frente Nacional Cubano.

Un rol especial en este trabajo estaría a cargo del joven Ramsés Calderío

Otero, nacido en Marianao el 20 de julio de 1961, el oficial Frank de la Seguridad cubana, quien tendría la responsabilidad de mi protección y entrenamiento.

Dueño de una larga experiencia adquirida en Seguridad Personal, aquel joven cumpliría el rol del Kamikaze, bajo el disfraz de ser un individuo capaz de participar en acciones contra el gobierno cubano a cambio de obtener permiso para entrar en territorio norteamericano. Lamentablemente Frank murió y tuve prohibido visitar su tumba durante años.”  (Página 37)

“No habían transcurrido dos días, cuando una mañana de abril salí hacia Matanzas acompañado por los tres oficiales del DSE que atendían mi caso.

Tomando todas las medidas necesarias, nos dedicamos a realizar las filmaciones de diversos objetivos ubicados en el balneario de Varadero y en Matanzas. Unas veces, simulando un ponche de un neumático del carro; otras, argumentando un diferente motivo, fuimos realizando los marcajes con el GPS. La noche nos sorprendió en Varadero —realmente agotados— con la convicción de que nadie se percató de la actividad de “inteligencia” que habíamos ejecutado.

Luego de hospedarnos y cenar, nos sentamos a contemplar las estrellas. Éstas aparecían en el cielo con todo su esplendor. Así ocurre en las despejadas noches cubanas del mes de abril.

Mientras Jacinto y Hugo dormitaban en su asiento, Frank parecía buscar en el firmamento algo que se le había perdido. Luego de suspirar, me comentó con una indefinida tristeza en la voz:

—Tus amigos son del carajo. Prácticamente, te quieren convertir en un
terrorista.

—No me cabe duda —asentí.

— ¿Te imaginas la catadura moral de esta gente? La vida para ellos no vale nada. La vida de los demás, desde luego.

—Es así —coincidí.

—Monstruos como ésos no merecen vivir —sentenció.

—Nuestra tarea es combatirlos, Frank. Tal vez con eso lleguemos a impedir que causen más daño a gente inocente. La vida nos ha puesto en esa trinchera y, no te quepa duda, es motivo de orgullo para nosotros.

Frank permaneció un breve rato en silencio. Luego, preguntó:

—Percy, ¿alguna vez has sentido miedo?

—Muchas veces —le confesé—. Soy un hombre que frecuentemente siente miedo. Cada vez que viajo a Miami siento miedo. Aunque no lo creas, siento mucho temor. Pero la cosa no radica allí. Yo sé muy bien, siempre lo supe, el peligro que asumo. Cuando temo realmente por mi vida, sin embargo, pienso en mis padres, en mi familia y en ustedes. Entonces, me pregunto, qué pensarían si me rajo ante el enemigo. Si les fallo, no tendría cara para pararme delante de todos. Eso me reconforta, Frank, y me infunde valor cuando lo pierdo.

Frank me escuchó en silencio. Hoy estoy seguro —sin temor a equivocarme—, que pensaba como yo. Había vencido desde hacía mucho tiempo sus propios miedos. Siendo casi un niño se entregó a la lucha, buscando los sitios y las circunstancias más difíciles. Tal vez tuvo temores, es cierto, pero nunca los demostró a los demás. Fue de esos hombres especiales capaces de hacernos olvidar nuestras propias flaquezas. Él nos inspiraba a dar más de nosotros en el combate diario.

— ¿Qué tú sientes, además de miedo, Percy, al estar cerca de esos tipos?—preguntó con evidente interés.

—Imagínate, resulta difícil ocultar el odio hacia ellos —respondí—. De repente, y ocurre así, te ves junto a estos tipos hablando de matar a Fidel, de poner bombas y otro tipo de actos despreciables. Entonces, uno tiene que acopiar mucha paciencia para no apretarles el cuello. Por eso es importante estar preparado. A diferencia del soldado que combate en una batalla y no ve el rostro a sus enemigos, el agente tiene que convivir con ellos. Debe, incluso, sentir como ellos. Y esto exige una incalculable dosis de control. Si uno se sale de sus cabales, pone en peligro su vida y todo el trabajo realizado.

Apartándome de mi oficial, a quien dejé sentado en la terraza, caminé hacia la playa. Mientras caminaba descalzo por la arena recordé la proposición de Pepe Hernández en lo referido a pasar el polígrafo. Desde luego, acepté de inmediato; no me quedaba otro remedio. De haberme negado, habrían sospechado de mí. Fue un momento crucial: tenía que arriesgarme.

Hoy pienso que hubiese pasado la prueba con éxito. Todo dependía, en esos momentos, del grado de interiorización de mi leyenda. Creo que estaba sicológicamente preparado. De todas formas, luego de conocer que recibiría entrenamiento, respiré aliviado.

Cuando regresé, Frank permanecía en el mismo lugar. Al contemplarlo así, como si soñara con un mundo prometedor, supe que entre ambos existían muchas diferencias en cuanto apariencia física. Sin embargo, algo más poderoso nos unía. No importaba que él fuera un hombre joven y musculoso, curtido en la acción, mientras yo era pequeño y con una leve tendencia a la obesidad. Más allá de las apariencias físicas y la edad, algo nos igualaba.

— ¿Y tú, Frank, por qué te metiste en esto? —le pregunté.

—Por romanticismo revolucionario —respondió—. Te tengo que aclarar estos términos. Fui educado en una familia de revolucionarios. Recibí una educación vinculada a esas ideas y quise marchar a los lugares que me exigían mayores sacrificios. Creo que un hombre debe estar allí donde el sacrificio es mayor. ¿De qué sirve decir que uno es un comunista si lo hace desde la comodidad? A veces te envidio sinceramente. Es una lástima que yo no pueda ocupar tu lugar. Te lo digo con sana envidia: no es porque uno, simplemente, desea ser un héroe. Yo vivo con los pies en la tierra; con plena certeza y convicción. Sin embargo, me gusta soñar con entregas mayores a la causa. Por eso, aunque sé que mi labor es útil, siento envidia por ustedes los agentes, los que están más cerca de nuestros enemigos.

—Te entiendo, Frank —le dije—. Creo que ustedes asumen tareas importantes para la Revolución. Incluso, sin oficiales capaces no habrá nunca buenos agentes. Y siendo tan jóvenes, casi niños, ostentan una gran responsabilidad. Pero la certeza de que nuestra causa es invencible radica en eso: en contar con la juventud. Nuestros enemigos han envejecido en su intento de derrotarnos. Y hay algo evidente: la Seguridad cubana se ha nutrido de hombres jóvenes y éstos luchan con la misma fidelidad y eficacia que sus antecesores.

—Es cierto —afirmó.

—No puedes imaginarte cuál es la importancia de tu trabajo —continué—Todo lo que yo hago, y lo que hacen otros agentes, depende de la dirección de ustedes. Mi trabajo tiene un halo de misterio y romanticismo; llega a ser, incluso, hermoso. Pero eso no implica que yo solo lo haga todo. La verdad es otra. Un agente representa los ojos y los oídos de sus oficiales; sin embargo, ¿de qué sirve esto sin una dirección, sin una orientación? ¿Te das cuenta? Ustedes, los oficiales, y nosotros, los agentes, hacemos un trabajo hermoso y útil a la vez.

—Tienes razón —concedió Frank—. Lo que ocurre es que, a veces, se piensa que la vida es muy corta. Tan breve, que uno no puede dar todo lo que quisiera...

—No te preocupes —lo interrumpí—. Vas a vivir mucho tiempo para servir a nuestra gente. Ya quisiera yo tener tu edad, tu fuerza y tu juventud. Si así fuera, dispusiese de tiempo para hacer las cosas mejor. A veces me siento cansado y creo que la causa son los años. Bueno, Frank, creo que ya hemos chachareado bastante. Lo mejor es irnos a acostar. Para mañana nos queda el resto de la “pincha”.

Los dos nos retiramos a las habitaciones bien entrada la noche. Ninguno podía imaginar que realmente sería una de las pocas oportunidades que tendríamos para conversar sobre temas tan íntimos. No mucho después, en la flor de su vida, Frank murió en una acción.

Nunca dudé que fuera un héroe. Pero un tipo especial de héroe. Tal vez de los más sobresalientes. Ésos que alcanzan, con sus actos cotidianos, la dimensión más alta de heroísmo. Fue de los que quedan sembrados, para siempre, en la memoria y el recuerdo de sus compañeros. No por extraordinarios; quizá, simplemente, por ser, de manera callada y sin pedir reconocimientos, los creadores de una hermosa obra. Toda su vida fue una estrella fugaz que pasó por nosotros, iluminándonos con su luz propia y peculiar.” (Paginas de 100 a la 102)

Esa es la única verdad sobre Ransés Calderio, amigo lector. Lo otro es un embuste de alguien que nunca alcanzó la dimensión de un héroe para su gente.

Percy Francisco Alvarado Godoy

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